Si existiera la posibilidad de ubicar sesenta grados longitud al oeste del cocedero del infierno, nos saldría el recorrido trazado por la organización del Gran Trail Peñalara. No aparecería el oeste de la Capital Federal argentina, no es lo mismo que sesenta grados longitud oeste tal cual. Estos son los sesenta a los que nos enfrentamos los huidos de la carnicería mayor.

Sesenta kilómetros para escapar de la prueba que salía tres horas antes con ciento quince kilómetros y casi seis mil metros de desnivel en ascenso. Reconozcamos que la cobardía, basada en el legítimo ejercicio del empirismo con nuestras propias fuerzas, pudo con las ganas de aventura. Muchos seguimos, dos días después, solicitando que la audiencia nos escuche. Sí, sesenta kilómetros dando patadas a todas las rocas de la sierra de Guadarrama son suficientes como para testificar que hemos bordeado las afueras del dominio de Satanás.

Sí. Nos confesamos débiles. Basta con sesenta. Basta con estar doce o trece horas, los menos dotados, los solidarios con los cuádriceps rotos de nuestro compañero. ¿Para qué más? ¿Hay etiqueta para el dolor de la larga distancia? Miren, yo ya tuve bastante cuando dos días antes anunciaban que en la ladera sur, por la que trepaban los participantes del Gran Trail, se alcanzarían treinta y muchos grados. Refuté la idoneidad de la propuesta al diablo: “mira, yo prometo no joderte las petunias ni pisarte los gladiolos, tu me dejas que merodee de lejos, me baje al lado de Segovia, a sus pinares, a los arroyuelos”.

No sé si funcionó. Quizá a largo plazo se me confirme si tanta inversión en llegar a acuerdos con ese personaje era una posibilidad fructífera o un campo yermo. En un principio éramos seis idólatras, media docena de enajenados. Apasionados por intentar echarle la mano al cuello a la sierra. A toda. Sin más leches. Con las dos manos atenazaríamos los Claveles, Peñalara, la falda norte, los palacios de La Granja del Real Sitio de San Ildefonso, saldríamos todo el Eresma arriba y volveríamos a cruzar la montaña. Sometíamos al mismo demonio con la presión de nuestras ganas. Quique, Luis Arroyo, Diego Lecter, Miguel Zayo, Jorge ‘presi’ y yo configurábamos un grupo de mosqueteros de la camiseta ajustada y la espalda llena de líquido, sales, vaselina, calcetines de repuesto, no era un plan de ataque. Era el plan de ataque. Y enarbolamos durante unos minutos el derecho de negociar con la bicha. Impusimos las condiciones a unos macizos que llevan millones de años esperándonos.

Los espíritus salieron cruzando el camino en forma de caballos semisalvajes. Muchos vieron caballos. No sé si alguien vio lo que yo vi. Unos fantasmas pardos cruzaron y pisotearon con sus cascos el cordón umbilical que nos mantenía atados a la negociación. La manada de corredores se agitó como queriéndose quitar bridas, elementos indeseados… y los seis nos disgregamos. Los trescientos participantes de la distancia de los sesenta kilómetros perdíamos la unidad de trabajo y de repente – en las tinieblas – se oía una sorda risa, un clic en los botones de la maquinaria del horno interno de la tierra. La gravedad nos empujaba hacia arriba. Coronábamos a todo lo alto porque ya no quedaba nada más alto.

En realidad, sí quedaba. Dos titanes habían pataleado el terreno y, fruto de su pataleta de niños de millones de años de edad, habían dejado roto y desmoronado todo el terreno de juego de los Claveles, Peñalara, y las hormigas atrevidas tenían que transitar por sus costurones graníticos e ígneos. Rocas amontonadas y reptiles tomando el sol como en el rodaje de una película de ciencia ficción, de las antiguas, en las que los muñecos de plástico pendían de hilos. De los mismos hilos pendíamos el grupo. Si alguien nos estuviera filmando pareceríamos monigotes, polichinelas, moviendo los brazos para mantener un equilibrio sobre la vida y agachándonos para sortear el garrotazo del Punch & Judy del sol, del cansancio.

Como no hay mal que cien años dure, ni negociaciones que resistan el embate del demonio, del dueño de los fondos terrestres, el sexteto decidió disolverse como el sudor por los brazos. Es posible que hayamos sacrificado un relativo éxito como escuadra. A lo peor aquello era como tirar un pegote de mantequilla a una cazuela ardiendo.

Goteando, unos y otros han ido pagando su tributo. Hemos pagado.
Nano y su compañero, anotados a última hora a la refriega del sexteto, subieron con más prisa y desaparecieron tan rápido como nos fueron presentados. Quique bregó con Jorge hasta que la rodilla de este, o su cintilla ileotibial, o quizá el destino, los separó. Miguel sostuvo sus ganas hasta que nosotros no pudimos sostenerle más, y remontó con alegría de halcón las cumbres y bajó con alegría de los animales que bajan las laderas con alegrías. Cabras, rinocerontes, elijan ustedes. Diego Lecter y yo charlamos hasta que se nos terminaron los temas y, consecuentemente, tuvimos que sacar cien temas más. Nos habían dejado solos y llegamos prácticamente bebiendo cerveza y comiendo jamón, a pesar de los dolores y los pesares. Luis, el otro, magister manchego, reinventó el cómo y el desde donde, para parar, arrancar y superar los infames arrastraderos de troncos a los que no estaba acostumbrado.

Y es que las pruebas dominadas por la exageración son una fuente constante de pequeñas partículas que gotean. Son estalactitas que dejan posar carbonato cálcico con zapatillas de trail, posturas raras y gestos de dolor. Pasarán millones de años y todavía estaremos construyendo formas extrañas y mágicas. Quizá sean nuestros sucesores los que venzan a los recorridos. A los organizadores les queda siempre, de su lado, la idea demoniaca de ‘tirar la línea por aquí o por allá’.

Se me antojan vencedores ad eternum. Total, nosotros llegamos, pagamos, nos damos un baño de dolores aromatizados y nos vamos a casa, vencidos. Sin excepciones.

Anuncios