Se celebraba una sesión del más absoluto término social. Más de sesenta corredores de todos los niveles quedaban a las 7 y media en las famosas Tapias auspiciadas por el arúspice Luis Lozano, virrey de la Casa de Campo de Madrid. Con lo que estiré mis investigaciones hacia una hora más. Comenzar a las 18h30 de un 12 de Julio en pleno frente de la Casa de Campo está al alcance de los más fuertes y de los que encajan cualquier tipo de modalidad running a su modalidad working & parenting. Un jueves de soltero, entonces, se me ocurre empezar a correr con 32º y sin viento a la vista. En la mano, una botija de 500cl para ir rellenando por las numerosas fuentes del bosque madrileño.
En la otra mano, cinco dedos.

Tras 10k aproximadamente, en los que intenté no subir lo más mínimo las revoluciones, se me asomó Satán. Se puso a charlar con servidor. Era por la puerta de Somosaguas. No le hice mucho caso a pesar de que procuro tener amistades, como se dice, hasta en el infierno. Yo seguí a lo mío después de un breve:
“No, si nos vemos ahora”
“No tendrás otra cosa que hacer, que venir a visitarme de nuevo”

Debía estar desocupado. Con mi botella decatloniana rellenada unas pocas veces en fuentes de agua templada, cuando no tórrida, superé los primeros diez en una hora y poco más. El objetivo era unirme al grupo tapiero en el que nos habían preparado menú fin de semana. Entre la maraña de camisetas de tirantes y de sonrientes runners, ahí estaba el maligno.
Y nos pusieron a subir cuestas.

Note below: Fotos robadas del blog de un japonés entrañable que se trabajó un reportaje a todo trapo.


No era El quien estiraba, pero seguramente hiciera que esta persona se doblase así, hasta troncharle las vértebras. En un rato se pondría de nuevo a jugar conmigo.

Se quería reencarnar en este compañero de amarillo pero no se dejó. Se puede comprobar que el Maligno estaba escurriéndome los sudores y las sales a través de la camiseta. En estos momentos andábamos con la 1h25 bajo las temperaturas amorosas del Julio de Madrid. La experiencia es un grado así que, como veterano corredor de largas distancias, le propuse un trato.
Satán se descojonó.



Mi reloj decía aquí 1h27. Mi cerebro, ‘Déjame ya de una vez tranquilo, Satanás’.
“Pues no te queda noche ni nada”, me respondió por lo bajini.
A las dos horas de trotes varios apareciron mis adorados déficits de sales. Quizá un ser más benévolo, tipo Conde Drácula, me habría sacado la sangre y me habría desplomado en mitad del secarral, perdón, del encinar matritense. Pero Belcebú es como es.

Y que Dios – quien si no – le conserve el humor y el modus operandi. Solamente así es capaz uno de llegar al punto de encuentro, donde yacían nuestros coches, absolutamente vaciado. El festival de calambres que se originó tras dos horas veinte minutos al tueste duró los treinta minutos extra de conducción por las autopistas de la zona. Así pues, decidí que hincharse de más agua podía desembocar en su victoria, la de Luzbel, por Knock Out. Y tomé la nevera.
Por el flanco superior, un cartón de gazpacho. Abajo, agua, yogur líquido, cualquier cosa que me exorcizara. Dos horas después, entrada la media noche, sé que el mismísimo Satán ordenó apagar los macroventiladores de la zona centro del país de los celtíberos. A la 01:20am apareció a consolarme con nuevas andanadas de calambres.
“Hay poca faena ahora en verano”, le espeté.
“No creas, a veces se me amontonan casos, a veces tengo que lidiar con las comuniones y bodas y esto se queda un poco parado. ¿Cómo vas de las piernas?”
“Siento decepcionarte, pero me jode más el calor que tus artes”.
“Ya dicen en facebook que eres un chulito. Hala, que reposes bien”, nos despedimos.
Sé que no se fue. Se quedó transustanciado, como ser medio divino medio maligno que es, en el éter calentorro que había por el salón. Al momento una nueva oleada de calambres, de ‘garrampas’, como decía Paco Martínez Soria, para celebrar que entraban las tres de la madrugada.

De haber conversado con el elemento en cuestión se me han quedado varias enseñanzas. La más importante es que Satán es accionista mayoritario en las empresas de chacinería. Quiere y sólo quiere y desea que comamos jamón, lomo embuchado, longanizas, fuet y butifarras. Esto sería largo de explicar pero a veces tenéis que ser sensatos y asumir que tengo razón.
Así que me piré a cenar de nuevo a la cocina. Empapado en sudor, acalambrado, desnudo y deshidratado, me atraqué medio paquete de paleta curada. Con las mismas, se fue. Espero no cruzarme con él en bastantes semanas. Si puede ser, hasta pasada la Madrid-Segovia.
¿Que no?

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