“El Maratón Divina Pastora Valencia 2012, que tendrá lugar el próximo 18 de noviembre, ha superado los 3.000 inscritos. Unos números que nos hacen pensar que se superará el impresionante récord de la pasada temporada donde…”, tengo que levantar obligatoriamente la vista de la pantalla y tomar aire. El aire acondicionado me devuelve una bocanada seca, nada que ver con la brisa húmeda que este mismo mes de Febrero me acompañaba en los trotes de madrugada por la ciudad del Turia.
La promoción de la web del maratón valenciano empaqueta datos y proyecciones positivas. En 2011 más de siete mil participantes acudieron a la llamada del otoño mediterráneo, salieron y llegaron rodeados de arquitectura contemporánea, de los archiconocidos proyectos de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Pero esto no fue siempre así. Antes no había burbuja inmobiliaria ni pabellones como dinosaurios. De hecho, antes esto no ocurría en otoño.
Porque Valencia era una prueba tradicionalmente se disputaba en Febrero. Pero ahora, en Febrero, las calles yacían casi desiertas de tipos aeróbicos.

Una tarde de sábado de 1985. El póster que yacía en mi cama después de la feria del corredor del Maratón de Madrid mostraba un ramillete de tipos con barba y camisetas blancas de tirante. Corrían fotografiados por los caíces y carreteras de la huerta interior de Valencia. Se corría con la luz de invierno por La Marjal, por El Saler y la Albufera, mientras la organización según recuerda Toni Lastra clamaba “por la concesión del Circuito Urbano, autorización que no llegaría hasta el noveno maratón en 1989”. Yo era un joven hijo de maratoniano popular de la escuela del running sin estiramientos, rural, mesetario. Acudía a compilar folletos y suplir la falta de edad y rodaje para acometer los maratones de verdad. Los de los calambres y de terminar andando en pos de un avituallamiento.

Valencia suplía la carencia de masa, como en realidad hacían todas las pruebas de la época salvo Madrid, con un recorrido rápido. ¿Querías hacer una marca más que decente? Ve y corre en el maratón de Valencia, o Sevilla, o Donostia. Una marca decente, en los viejos ochenta y noventa, era bajar de tres horas. Como peaje, la soledad de los corredores que, en número de mil y poco, se dispersaban por vías que simplemente los ignoraban. Eran los últimos años ochenta. España vivía ignorando el deporte al aire libre. Los informes más detallados contaban al ciudadano cómo Señor, a falta de cinco minutos para el pitido final, empataba los cuartos de final contra Bélgica para caer del Mundial 1986 en los penalties. Lemond, Roche y Delgado eran el triunvirato de las carreteras francesas. Cibonas y Jugoplástikas constituían todo lo que Europa podía mostrar al mundo en las dos canastas. Definitivamente el boom de correr había pasado de largo y tampoco la incorporación a la Comunidad Económica Europea nos iba a convertir en ‘funrunners’. Londres tenía 19.000 participantes en 1986. Esto eran diez Valencias.

¿Cómo cerrar las distancias? Para 1994 en la sede de la SD Correcaminos hay un buen ramillete de veteranos organizadores de carreras. Quizá por expertos, quizá por veteranos, se intentó dar una innovadora vuelta de tuerca con las salidas compensadas en 1995 y 1996. Según nos enteramos por las revistas de la época, la organización colocaba unos tiempos compensados, a la manera de las regatas, dando las salidas con antelación a los diferentes grupos de edad. Sin más interés que el de correr (en aquella época tenía veintitantos años y la compensación de tiempos era un reclamo para el contingente de corredores que envejecía con las pruebas), acudí en 1995 a comprobar en qué diantre se podía traducir aquello. Personalmente, por el lado de la consecución de marcas, pero también medio expulsado del calendario español y de la sensación de que estábamos viviendo ‘los años decrecientes‘.

Recordemos que en la maratón valenciana, en 1992 apenas se podían repetir los resultados de llegados a meta de 1986. Estas cifras lastrarían a Valencia hasta la edición de 2002. Madrid pasaba de 5.200 participantes en 1980 a 3.500 en 1983 y de ahí no asomaría la cabeza hasta …¡después de 1994!. El maratón estaba perdiendo participantes. Barcelona estancaba su crecimiento tras el boom de 1992 (más de 6.000) a pobres 2.700 en 1999. San Sebastián era el meeting de y para corredores rápidos que se organizaba fielmente bajo los parámetros de la federación Guipuzcoana de atletismo. Las otras alternativas provinciales habían transcurrido por el desierto del correr en la calle más como una pasión local que otra cosa: Lorca, Los Pacos – Fuengirola, hasta Valladolid organizaría en las fiestas de San Mateo un doble bucle maratoniano.

Cuando los mochuelos corredores aparcamos el coche aquel sábado por la mañana de 1995 y nos dirigimos a nuestro olivo del dorsal y las piernas con olor a linimentos mentolados, comprobamos con resignación lo de siempre. Lo poco que había innovado el circuito de Valencia lo que ya conocíamos de años pasados en Madrid, sobre todo en términos de público y de espectacularidad (el circuito de maratón, no existía todavía el de velocidad, aunque la región ya se había ventilado unos buenos cuarenta millones de euros construyendo en Cheste el Ricardo Tormo). Aquella carrera seguía siendo un descosido de avenidas amplias y retornos por barrios ajenos, vacíos. Poco habían cambiado las cosas en una década, salvo que Induráin ganaba Tours y que se había terminado con el servicio militar obligatorio. Broadly speaking.

Corrimos yendo y viniendo por un Febrero luminoso, todavía. Retorcimos nuestras reservas energéticas bajo una bellísima luz que encarnaba la apoteosis sorollana mientras casi nadie aplaudía. Hicimos grandes o pequeñas marcas. Aquello de correr un maratón seguía apestando a sufrimiento y dejaba, apenas, poco espacio para los festivales humanos de las retransmisiones televisadas. Paris alcanzaba los 24.000 inscritos. Nueva York seguía rechazando cientos de miles de solicitudes. Cardenal Primado Reig era una plataforma para mí solo. Si hubiera deseado hacerlo, en el avituallamiento de Hernández Lázaro, al lado del hipermercado, pude haber hecho montoncitos de esponjas de los ciento cincuenta corredores que me precedían. Sin apreturas. Por delante, corriendo en unas tres horas, éramos pocos. Detrás, finalizando el vagón de las cuatro horas, otros cientos y el vacío.

La puesta en producción de una gran operación urbanística en el viejo cauce del Turia estaba casi completa. La transformación necesaria de la carrera de Valencia, guardada quizá en un cajón o en la mente soñadora de algún miembro de la directiva. Llegamos en una mediodía de domingo a las pistas del río, azules, bonitas. Con dos centenares de espectadores. Hasta aquí llegaban los tiempos modernos.

Blog “Cosas de esto del correl…” http://www.vsblanco.com

Con el cambio de siglo internet comenzó a barrer los segmentos del ocio del español. Se multiplicaban los foros, se conocían los hombres de la distancia mítica a golpe de ratón. La revolución de los silenciosos, los corredores que por fin hablaban y actuaban. Acudimos de nuevo en 2005 a corroborar la magia del circuito plano y de las palmeras. El contexto ha cambiado escasamente. En Blasco Ibáñez sopla el viento. La noche anterior los contenedores salían, literalmente, rodantes por la vacía calle trasera de nuestro hotel. En la calle Pavía, mirando al mar desde el Cabanyal, pasamos al trote con el grupo de las cuatro horas y somos los que estamos. La organización ha aceptado que las cosas tienen que mejorarse y algunas iniciativas particulares dan brillo y excelencia a cuentagotas en mitad de una ciudad que sigue sin amar su carrera. Correr pensando en música y en el salto atrás de la carrera es inevitable. El tango nos lo vaticinaba, mostrando la crudeza mientras bajábamos hacia unas sendas peatonales en el Turia, llenas de paseantes que dan la espalda al evento: “Que veinte años no es nada, que febril la mirada”.
Al menos teníamos la oportunidad de pasmarnos con la elegancia de los edificios del Hemisféric, el Umbracle, el Oceanoráfico o un Palacio de la Ópera de los que todavía no sabíamos nada de lo que se conocería en 2011.

En el mercado maratoniano exterior, seamos sinceros, las cosas empezaban a ponerse calientes. En Madrid se sospechaba que la organización maquillaba las cifras para presumir de más de seis y siete mil participantes. Barcelona sufria la catarsis del año 2005. Como relata Miquel Pucurull, no se cumplieron los objetivos de participación que se habían establecido para 2004, no hubo entendimiento entre el Área de Deportes del ayuntamiento y la entidad Marathon Catalunya y aquello se suspendió. Era la lucha por el volumen. Las pruebas de primera línea habían sacado de los gimnasios y los parques a miles de participantes. Diez mil, quince mil, ya eran cifras habituales y que a nadie asustaban. Las líneas de bajo coste ofrecían vuelos económicos a toda Europa. Era más barato correr un maratón en el extranjero que dos entradas de ópera en Paris. ¿Por qué Valencia seguía arrojada a los arcenes de ese circuito de grandes destinos turísticos? ¿Qué se estaba haciendo mal y en qué lado?

¿Por qué el maratón no y las Voltes a Peu, pruebas festivas de menos de 10km, o las mismas San Silvestre, sí? ¿Era una conclusión válida que el corredor mediterráneo o español, en general, era más recreativo? Esto levantaba una segunda remesa de preguntas sobre si correr un maratón podría ser una actividad festiva y recreativa o una prueba para seres super entrenados.

En 2010 el ayuntamiento da la sorpresa. El mismo maremoto de la Red, la que suponía que debía haber atraído participantes, llevó a que éstos se cuestionaran todo sobre la prueba de la SD Correcaminos. Era el colmo para una organización con experiencia a nivel internacional, que veía como un enfoque más moderno y tan a mano cambiaba las cosas. Lo estaba haciendo a partir de 2010 en Barcelona, donde se alcanzaban en dos años los 10.000 inscritos y un cambio evidente de actitud. Hasta la adormilada prueba del maratón de Madrid se sacudía cierta caspa ministerial y centrípeta y asomaba a las redes sociales (sin lograr, bien es cierto, un salto hacia la aceptación total de la prueba del maratón por parte de la ciudad). Cambios, más cambios. ¿Demasiados y a destiempo?

Y es que, la maratón de Valencia 2011, prevista para el domingo 20 de esos febreros tradicionales en los calendarios del corredor ostálgico, con la parafernalia ya anunciada en las ferias de corredores de media Europa, presentada junto con figuras reconocidas del deporte, con las inscripciones abiertas hace meses, finalmente no se celebraría en la fecha prevista. Se anuncia este cambio aproximadamente a mediados de septiembre. Reservas hoteleras, billetes por medio, parece la puñalada que acabaría con la prueba. La red arde. Desconozco, mientras intento repasar mentalmente la secuencia de convocatorias, qué pensó en términos generales el corredor local. Leímos agrias críticas e incluso se organizó una alternativa, una trotada de respuesta con más de trescientos corredores en la fecha inicialmente prevista.

Clandestinas aparte, la prueba pasó a disputarse en Noviembre. La tercera o cuarta prueba en importancia de un calendario de maratones de ruta cada día más polarizado, enhebraba un nuevo plan de marketing y se empezaba a promocionar en un hueco diferente. La convocatoria de 2011 emplazó en Valencia a siete mil participantes, un vencedor al sprint en un tiempo de 2h07 y vídeos e imágenes promocionales que solamente un esfuerzo inversor e imaginativo importante podían proporcionar.

La edición de 2012 empieza con tweets y noticias prometedoras. ¿Está el renovado evento ya en marcha? El retraso acumulado en la carrera del Turia es similar al que acarrearon otros eventos. La organización ASSO, cabeza rectora del Paris-Dakar y del Maratón de Paris, ha demostrado con la prueba de Barcelona que existe un nicho. Asímismo, que no importa lo hondo que sea el bache. Hoy día Barcelona se anima un poco más a salir ese domingo de Marzo.

Es complejo aventurar cifras comparativas. Entre una y otra áreas urbanas existen dos millones de habitantes de diferencia. A favor de ambas, el clima y la disposición volcada al exterior. Una de ellas está delegada a una instancia privada con un volumen enorme de recursos. La otra pasa por sostenerse entre el modelo NYRRC, el comité tradicional organizador del mundialmente famoso maratón neoyorquino, y esa peligrosa (siempre) ‘joint venture’ con las instituciones políticas. Son dos vías de salida de un saco oscuro y en el que nadie obtiene rendimientos visibles. En su nota sobre la historia de la prueba, el escritor y corredor Toni Lastra habla de duda hamletiana. Renovarse o morir. “La decisión ya es de todos conocida; el tiempo como juez dictará la sentencia y todos debemos andar unidos para que ella sea favorable”.

En el póster de 1984, uno de los maratonianos, uno de barbas, parece sonreir. Me pregunto si es una sonrisa sardónica de la huerta. Quizá sea la risa de la recompensa, tantos años después.

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