Cuatro cincuenta de la mañana. Me hago pis. Aguanto. Cinco cero cero, suena una musiquilla que Samsung define como ‘no-se-qué-chime-good-morning’ pero que a mí me recuerda algo de ninfas, bosques y cornamentas. Me despierto para, minutos después, asomar a la calle vestido de apres-ski. Bajo las prendas de invierno, las de batalla.

Los chicos de Tri Kerkus, cuyas premisas epistemológicas ya os conté el otro día, organizan… bueno, colocan una mesa de camping en el aparcamiento exterior de la M-513. En este idílico lugar en el que lucen una espléndida oscuridad y 4ºC, nos tenemos que bajar, saludar, presentarnos y salir a correr.

El paraíso de los bosques idílicos de Boadilla del Monte constituyen una reserva de encinar mediterráneo enormes. Con manchitas de pinar repoblado (he leído por ahí que en el s.XIX hay un buen esfuerzo repoblador por la nobleza del oeste de Madrid). Que, en verano, son un sitio con sombra relativa. Polvorientos en el estiaje de los arroyuelos y ahuecado gorjeo de los hijos de los padres y los padres de los hijos que juegan en el polideportivo. Hacen bien.

A las 6h32am salimos de najas. El Kerkus ha disimulado una ruta rodeando la valla, por dentro. Serán 14 kilómetros con unas cuantas vaguadas. Bastantes. Traseras de nuevos asentamientos urbanos. Tierras de verde de otoño, por el que salimos con los frontales puestos y en la cabeza dejar que vaya amaneciendo. Lo hace cuando sumamos unos diez kilómetros así que, en plena charla, me veo trasladado a un paraíso con Jose Berrio, ideólogo del invento.

Sin apenas esfuerzo corremos por badenes y llegamos a una de las señas de identidad del bosque mediterráneo. La rotonda con banderola de tamaño lona de cubrir coches. Es bueno que estemos rodeados de banderas porque las enfermedades mentales perturban mucho a la gente y se despista. Así que con unas buenas astas y unos trapos de colores uno sabe inmediatamente en qué país se encuentra, no sea que uno se encuentre con algún inmigrante hablando raro y se lleve un susto. No le veo otra explicación.

Y así, de banderolo rojo y amarillo en banderolo rojo y amarillo, vamos haciendo horas, bebiendo de las botellas, comiendo de los platos que las voluntarias nos ofrecen en la mesa del parking, y nos reimos cuando al paso por la tercera hora comienzan algunas dificultades.

Goebbels pensaría que los corredores feos y peludos estábamos afeando tan idílico bosque, donde podrían reinar las walkirias y todo eso. Los corredores pensamos que el que afea todo es el banderolo. Pero esto, claro, va en gustos.

Resultado del tinglao, 42.1km, 277m de desnivel, y un perfil parecido a cualquier serrucho.
Velahí, detrás de las banderas.

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