Repatingado con los pies en alto y diez minutos (mierda, ¡me quedan solo siete!) antes de que aterricen por casa mis bestias y su santa madre, decido colocar en la programación de wordpress una entradilla para el sábado de buena mañana (o sea, que lo leeréis el sábado).

Después de haber surcado las aguas procelosas del Manzanares, las chimeneas fogueantes de sus incineradoras y los depósitos viscosos de sus depuradoras (ETAR, creo que las llaman), de soltar las piernas y enganchar un rollo de tos perruna todo la misma noche, toca preparar psicológicamente para el próximo paseo campestre. El próximo reto, diría Kilian.

Pero no tengo nada que ver con el muchacho al que la ropa le queda holgada. Esto será un paseo (largo y duro, sí) por el campo. Más concretamente, la Carrera de Montaña Sierra de Chiva. Serán 61km excelentemente trazados por el equipo de CXM Valéncia, el club de atletismo local de Chiva y otros miembros que hayan decidido meter a los gastasuelas por las sendas que se pueden ver en este video que desmocho de youtube (autor Jordi Ramirez, trailrunner de Fondistes Penedés, si no me equivoco).

Básicamente serán subir y bajar cerros de las sierras con cuatro subidas medias y tres más gordas. Una descripción un poco rala pero que seguramente gustaría a algún pastor de allí. ¿Que por qué no me quedo en casa o salgo un rato por el parque y me tomo el aperitivo en casa? Porque lo hago también con su debida frecuencia y porque uno es un engendro de un mapa de carreteras viejo que malvivía en …. esperad.

LA OPROBIOSA HISTORIA DEL VIEJO MAPA MICHELIN

Mi padre tenía un R.5. Era un color originalmente granate. Desconozco si en 1975 existía otra gama o si la FASA catalogaba aquel burdeos mate como otra etiqueta, pero aquel errecinco era granate. Más granate que se convirtió un verano en que mi padre y su cuñado lo pintaron a rodillo y se convirtió en un utilitario granate al gotelé. Pasabas la mano y podías notar cierta rugosidad en la pintura. Pues bien. En uno de los bolsillos interiores de la guantera, según se abre la puerta hacia la derecha, estaba una guía despeluchada que mi padre había comprado con el coche.

Ni que decir tiene que el calor y el uso no impedían que me merendase las páginas de aquel mapa de carreteras Michelin en las idas, en las vueltas, en casa, en los tiempos muertos en que mi padre debía dormir una siestecilla tras cuatrocientos kilómetros, camino del veraneo, en mitad de los Monegros. Aquello tenía una grafía idéntica a lo que se ve aquí (gracias a viamichelin por mantener el formato en esta escala particular).
mich

Yo veía las carreteras, las provincias, el sombreado inocuo de las montañas, los collados más famosos del ciclismo pirenaico, los festoneados de la costa alicantina o las distancias tiradas a escuadra de la provincia de Ciudad Real. Luego levantaba la cabeza y ahí estábamos, a 80 kmh, detrás de un Seat 131 o quizá haciendo paciencia detrás de un camión en las curvas eternas de Arcos de jalón. ¿Cómo no me iba a gustar el recorrer caminos si era lo único que se veía en aquellos eternos viajes? Se veía España, España y más España. Mesones recién cerrados, casas de peón caminero, corrales arroñados y que eran comidos por la vegetación, cruces y pasos a nivel sin barrera.

Y digamos que todas mis taras vienen de ahí. Si tuviese que acudir al diván de un psicoanalista, le confesaría que corro porque quiero liberar el ethos de mi infancia por las carreteritas amarillas, mejor por las blancas, que trazaban horribles caminos vecinales semiasfaltados.

Ya me he desnudado. Os toca. Al final no he contado nada sobre la preparación entrenando con Jorge las madrugadas de Madrid, ni de lo asquerosamente flaco que me está dejando madrugar para correr ni de materiales trail ni de nada. Quiero creer que esta tendencia a divagar viene por aquel mapa de carreteras que me llevaba por las líneas rojas y luego las blancas y luego…

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