No más chantajes emocionales. Madrugar para correr debería desaparecer. No es sino un viaje lisérgico al mundo de las cosas extrañas. No supone una mejora sustancial de tu tiempo del día. No se conocen pruebas fehacientes sobre que esto compense. No ganamos nada.

Paso a relatar.

He aparcado como si hubiera lanzado una piedra a sobaquillo, a mi izquierda. El último sitio de un curvón es mío. Corro a hacer unas gestiones en un bar. Sí. En un bar. ¿Es normal que las gestiones se hagan ahí? ¿Hay algo normal? Cerrando lo que se dice la gestión en sí (no escribiré “lo que viene a ser” aunque me amenacéis con el verano eterno) me paro un segundo porque estoy inmerso en mitad de, aparentemente, un suceso extraño.

Y no estoy hablando de corredores embutidos en ropa de invierno hasta las orejas y más arriba. Ni de gatos que saltan a la vía por voluntad propia y son arrollados por un tren de cercanías. Ni de un estofado que mis hijos llaman “sopa de gusanos” y que han sacado de un libro de recetas de una bruja. No. Me refiero a cosas extrañas. En puridad, estoy asistiendo a diez minutos extraídos de un viaje alucinógeno, del que inmediatamente culpo a la droga de correr cuando no hay ni luz, ni oxígeno ni ganas de nada. De madrugar, inducido por alguna lógica de ganar tiempo.

Sigo.

Exijo un rioja para entender lo que veo. El camarero me mira fijamente a los ojos con un rictus de solemne ‘yo-ya-he-pasado-por-esto-cien-veces’. Me ponen una cazuela de patatas con costilla que me lanza, me expele, metros y años atrás. A mi lado tengo, de pie sobre una fina capa de loseta liliácea, no, espera, tono albero pardo con manchurrones de pisadas, tres señores de la estética que adopta mi padre, como el tuyo; vino y trozo de queso y aceitunas. Uno se pone a cantar unas seguiriyas con un recuerdo al mismísimo Rafael Farina. Recalco aquí que esto acaba de ocurrir cuando la manecilla larga está un poco más a la derecha de la manecilla corta, que apunta a un esquinazo superior derecho del bar (donde el banderín del Rayo Vallecano). Quien no se haya criado con manecillas en los relojes y espere una explicación digital y numérica debería abandonar inmediatamente este blog.

O sea, que es la hora de comer. O de asistir, drogado, a un viaje. A goddamm good trip. El Farina de la coreana verde y las gafas de cerca sube y baja, hace que su vocecilla de pífano temblequee como un gorrión. Las patatas con costilla han dejado de importarme. Me estoy separando del suelo varios codos. Santa Teresa necesitaba apenas la concentración y su infinito amor. Yo compruebo que, con las costillas y las patatas y cierto embotamiento, consigo los mismos centímetros de elevación.

Dice el camarero que es de Navalosa. Desconozco si todo tiene un hilo y si alguien está hablando de terruños o si mis ancestros están llamándome para rendir cuentas o para divertirse. Atrae mi atención un ole tras otro, pero claro, es que es medio paisano mío. Le argumento que, ya decía yo, me sonaba la tapa de las costillas a algo familiar, a patatas revolconas. Que desciendo de apenas veinte kilómetros de su Navalosa. Bajo unos centímetros de mi levitación para escuchar que conoce a Jesús ‘el de la Avelina’, una vecina de mis abuelos. Que no eran de Navalosa sino de Muñogalindo.

¿Es esto un país o una corrala? El timbre del cantante flamenco con aspecto de presidente de comunidad de propietarios ha quedado enganchado en mi oído y el picorcillo de las patatas (la guindillita, aclaro) en una sección de mi garganta cercana al otro oído y una pesadez encorchada me llena la cabeza (esto pudiera echarse en cara al vino, que parece proceder más de Navalosa que de la Rioja).

Me queda la pregunta si es que todos nos conocemos porque todos bebemos lo mismo o porque nos comemos las mismas patatas con costilla o si, pudiera ser, alguien ha dejado abierta la ventana de la locura y por ese agujero nos estamos yendo uno tras otro. Si es así, ¿qué sentido tiene que esté dando un abrazo fraternal a un camarero con bigote de erizo y que haga súbitamente más calor en el bar?

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