Sin talento, sin cuádriceps, sin un IMC adecuado. Así comencé yo a correr en 1980. Lo que pasa es que en los años ochenta no se medía el IMC. El Índice de Masa Corporal, esa instrumento de medida diseñado por la Organización Mundial de la Salud y que los españoles nos lo estamos tomando como potro de tortura.

Los niños de los años ochenta nos dividíamos en flacos, gordos y niños con forma sin interés científico relevante. Ser de uno u otro grupo tampoco era una incapacitación en sí misma. Todos hacíamos de todo, mucho y malo. Por dejar las cosas claras, en mi clase había un niño bautizado como gordo oficial. Luego cohabitábamos niños normales más o menos torpes; había niños hachas del balón y niños que actuábamos como el relleno de pavo de los partidos de fútbol; también había flacos nerviosos y un amigo desgarbado como hecho de goma. En mi clase estaba Daniel Piret, el Pire, hijo de belga que cayó por la periferia de los suburbios de Madrid y que se movía como una anguila.

 

 

Pero esa fue la materia prima con la que mi padre se encontró. Él había retomado la cosa de correr en los épicos años setenta tras los años en los que los profesores tiraban de manual y acudían a las pruebas escolares de la época de Franco. Mi padre se encontró con una ciudad en crecimiento y un hijo en crecimiento en todas direcciones, no mucho, pero sí un moderado algo.

La ciudad iba a toda pastilla con nuevos bloques de ladrillo. El hijo iba más bien lento. De michelín abundante y torpeza proverbial, pasé a correr en las filas del todavía existente y prolífico C.A.P. Alcobendas. Reconozcamos que fuí enrolado. Una de esas decisiones familiares a las que eres ajeno y tienes dos maneras de encararlas: de cara o de culo.

Aunque lo de correr era más un eufemismo. Yo me desplazaba cerrando la caravana deportiva infantil.

– Si el crío va a terminar así todos los días, no sé para qué lo has apuntado a esto- medió mi madre al verme reptar por una calle en cuesta. Era la carrera de las fiestas de invierno de mi ciudad. Cerraba el pelotón, aun cuando el pelotón más pelotudo era yo, rechoncho y así, digamos que mal terminado.

En la Federación provincial de atletismo deben guardar los archivos de aquel 1980. Debí quedar el último en no menos de cinco carreras. Allí no venía nadie por detrás. Como si lo estuviera viendo. A cross o carrera que me presentaba, ahí estaba Luisito. En solitario.

¿Qué os esperábais? ¿Que había mantenido esta millonada de kilómetros a base de un talento innato?

Demostré que correr puede hacerlo cualquiera. Lo que no hace cualquiera es mantenerse estoico año tras año. Un día empezó a crecer un negrísimo bigote y otro día empezaron los pelos en las piernas. Ese año ya adelantaba algunos colegas de pelotón. Otros empezaban a dejar este deporte de glamour limitado.

Conservaba amigos así que nos tomábamos el juego del atletismo como un rato de libertad. Y hablábamos de tonterías que en casa no se comentaban. Y un día superábamos unas series clasificatorias y otro día habíamos crecido diez centímetros. El vello corporal era ya una especie de cereal negro y duro.

Y con dieciséis años me inscribí en la primera carrera en ruta, siguiendo los pasos del grupo de seniors y veteranos que corrían discutiendo de fútbol y de política. Era atractivo; aquello correspondía a sus tonterías, equivalentes a las nuestras pero con más tiempo a sus espaldas. Terminaron aquellos 10km en ruta de 1986 y todo se convirtió en algo automático.

Ahora os toca confesar. ¿Cuando empezásteis a correr?

Más aún. ¿En qué momento vais a hacerlo?

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