Corremos. Volvemos a la comodidad de casa o del gimnasio. Antes o después de la ducha, antes o después de desayunar. Antes, me atrevo a asegurar que siempre antes, de tuitear, de volcar los datos del gps a los sistemas y las redes sociales, paso por la báscula.

Necesitamos confirmación. Hay una obsesión declarada que lleva a montoneras de cuerpos a confesarse directamente con su dios. Qué coño, Dios, con mayúsculas. Ese monoteísmo coloca a muchos deportistas, desnudos, con un nudo en el estómago, a comprobar si:

(a) correr es útil como solución al peso

(b) el peso será una incómoda interferencia al correr

Pero correr no es la solución final de la ciencia de la nutrición. Muchos son capaces de dejar de comer tal o cual cosa con tal de que los dígitos o la aguja que gira como una loca sobre fondo metálico nos alegren la jornada. El mérito de esa religiosidad es, me parece, seguir con ella cuando uno ha pasado del sedentarismo a la actividad total. Aunque tiene tanto de mérito como de inconsciencia y mucho de los errores que después se consultan a entrenadores, fisioterapeutas o a ese amigo que os escucha se sustenta en una ciega creencia: si como menos, peso menos. Estoy más fino, ergo rindo mejor y vuelo sobre mis zapatillas.

He visto de todo durante estos treinta años montado en zapatillas: corredores a dieta de caldo de verdura que creían en sus beneficios un mes antes de un maratón, corredores que no probaban el azúcar y se echaban sacarina, corredores que se purgan semana si semana no (en la que no, no pueden más y se abandonan a la bollería), algunos incluso a dieta de no-sexo. Y todo por ese minuto.

El running ayuda. Mejora. Afina. Elimina los excesos de la ‘otra vida’. Adelgaza y sobre todo machaca la caloría sin misericordia.

Claro que podéis tomaros esta opción vital con la intensidad que os apetezca. La motivación y las libertades individuales os impelen a ello. Sois libres de hacerlo. Corred porque esto, incluso, os hace más libres. No existe un precepto en la declaración universal de los derechos humanos (DUDH) sobre los patrones de alimentación (corro a comprobarlo antes de que me partáis a palos). Salvo la moción ética de que todos peleamos por alimentos en el planeta y que una cuarta parte del mismo accede de manera escasa a estos.

Me diréis que la misma OMS remarcó que casi 3 millones de personas perdieron la vida en 2012 por enfermedades directamente derivadas de sobrepeso y obesidad. Al contrario, casi 900 millones de personas viven en la subnutrición. Gente que mataría, si tuvieran energías, por desechar un bocadillo o dos pasteles de esos que miramos mal desde nuestra perspectiva de corredores.

Trotad. El artículo doce de la DUDH dice que “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada… ” y os defenderá a capa y espada ante discursos aleccionadores.

Pero recordad que, mientras repasamos la hoja excel donde anotamos la evolución de nuestro peso de combate o descargamos los datos de consumo de calorías se están escribiendo párrafos como este:

Cada día, millones de personas en el mundo ingieren tan sólo la cantidad mínima de nutrientes para mantenerse con vida. Cada noche, cuando se acuestan, no tienen la certeza de que tendrán comida suficiente al día siguiente. Esta incertidumbre acerca de cuándo comerán de nuevo se llama “inseguridad alimentaria”.

Y es que es 2013 para todo. Para la más alta tecnología al servicio del ocio y el deporte. Para la crisis alimentaria mundial. Para nuestro plan de afinar el rostro y encarar la próxima rebaja de tiempos en maratón, 10km o dos millas. Para la conciencia del reparto.

El hombre moderno sigue siendo esa especie débil de entendederas e influenciable por un espejo cóncavo deformante: su ojo.

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