¿Nos atreveríamos a desenterrar documentos y seguir los pasos de un explorador, ejército o migración de bóvidos? En las mismas condiciones originales ya sabemos que no. Pero ¿y haciendo deporte?

En realidad lo hacemos más a menudo de lo que pensamos. En la década de los ochenta se ideó la recuperación definitiva de la gran ruta cultural del occidente europeo: el Camino de Santiago. En veinte años se ha multiplicado el eco de los peregrinos contemporáneos y miles acuden a lo largo de esas vías marcadas con la hechizante flecha amarilla.

A esta gran ruta tenemos que añadir las miles de grandes expediciones que han terminado siendo un camino o una pista deportiva, una senda campestre o cualquier cosa. En Estados Unidos la interminable red de migraciones hacia el oeste no dieron solamente para libros y películas como aquella maravilla de John Steinbeck. El polvo, el camino y el sol que se ocultaba en el horizonte acompañó a pioneros y buscadores de oro y, hoy día, suponen una colección de pruebas deportivas inigualable: Western States, las cien millas de villaplomo (Leadville, donde más de un español ha ido a ver qué se sentía al cruzar el Hope Pass), el John Muir trail, o las otras tantas horas de pataleo por la 100M-HardRock.

Prácticamente en cada país de nuestro entorno los senderos de gran distancia (GR) corresponden en muchos casos con movimientos conmemorativos de rutas, de excusas para unir lugares con un patrimonio cultural específico. Es probable que en algunos casos se sigan utilizando por actividades muy compatibles con el deporte. La agricultura, la ganadería o el turismo necesitan que estos caminos sigan en uso. En España es muy conocida la red de vías pecuarias, por la que (casi siempre) podemos transitar a pie o en bicicleta sin mayores problemas.

Otro método es perderse por los libros de Historia. Lamentablemente los grandes movimientos se hacían o por una guerra o por migraciones de grupos humanos. Algunas excepciones de grandes viajeros en el Romanticismo del siglo XIX dieron preciosas rutas (además de la peregrinación religiosa Europea mencionada antes en Santiago de Compostela y sus eqiuvalentes en Portugal, Francia o Tierra Santa, entre otros).

Al lío.

Así las cosas, hace unos años me topé con la descripción de un conjunto de batallas. Tenían lugar cerca de casa. El protagonista principal era un tipo muy conocido. Era el conjunto de la expedición de 1808 de Napoleón Bonaparte por el centro de la península ibérica. Entre unos cuantos tomamos un coche y lo condujimos hasta el puerto de Somosierra, lugar donde se libró una desastrosa emboscada para los defensores, las tropas leales a la monarquía española bajo el mando del general San Juan.

Allí dejamos el coche en cuestión y corrimos (y caminamos) los casi cien kilómetros que habían seguido las tropas de Napoleón hasta Madrid, persiguiendo a los retirados.

Un amigo llevó documentación escrita y fue leyendo algunos fragmentos. De ahí pasamos a cantar coplas de ciego. Paramos a beber algún café, picar sólido, y las horas fueron cayendo mientras nos convertíamos en protagonistas de un homenaje del siglo XXI. En mayor o menor medida la ruta se completó, quedó bautizada y el mes que viene será retomada en un formato medianamente parecido.

¿Has probado alguna vez? El planeta se escribió durante siglos y sólo falta que lo rescates a tu manera.

¿Corriendo y caminando?

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