Son las ocho de la mañana, algo pasadas. Cogemos un autobús interurbano que nos quita de esa sensación del frío de invierno. La hondonada por la que están disparadas las líneas de transporte metropolitano era antes un arroyo (ahora es Arroyo de La Vega, zona comercial y de ocio).

En algún sitio, por mucho que esperen, seguirá haciendo frío, dado que la vaguada donde se refugia su campamento tiene que estar pegado a ese arroyo.  El 90% de las aguas de desecho de las ciudades de los países en desarrollo se descarga sin tratar en ríos, lagos y cursos de aguas costeras.

Después de una charla protocolaria que consiste en un “¿Y qué hago ahora, salgo a correr directamente con dos capas o tres?”, salimos de Buitrago del Lozoya bordeando unas murallas que han visto el pasar de los siglos. Edad Media, guerras de la independencia, carlistas, aunque ahora son un proyecto turístico de primer orden. Se corre bien, tomamos un trote simpático siguiendo la vía pecuaria del viejo camino de Francia.

Hasta 440.000 españoles huyeron a Francia según un informe oficial de marzo de 1939. Ellos tuvieron que afrontar inicialmente duras condiciones de vida, que se agravaron como resultado del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Después de dos horas y media, estamos sorteando huertos como si fuéramos niños. Manu y yo hemos corrido por unos prados que encierran sendas, acanalados por huertos y por paredes de piedra amontonados a mano. Lozoyuela es un enclave conocido de la A-1 y para nosotros son ya diez kilómetros. Hasta cinco más hacemos por unas praderas que nos acogen para tener que saltar sus paredes (sí, nos hemos despistado dos o tres veces) y finalmente desechar la vertical subida al Pico de la Miel. Se ve mucha nieve y placas de hielo. Rodeamos para salir a la gasolinera de La Cabrera, llegamos a este medio maratón largo con ganas y bebiendo y comiendo. Hoy no hay coches que bajan trazando la diagonal entre Alemania y Países Bajos.

Más de un millón de personas embarcaron en 2012  en los ferrys que funcionan desde los puertos de Algeciras y Tarifa (Cádiz), Almería, Málaga y Alicante para viajar a las ciudades del norte de África. El viaje da una foto melancólica y casi siempre despreciada por los habitantes de los países por los que cruza. Según SOS Racismo, la xenofobia en los países europeos avanza atizado por las propuestas populistas de muchos partidos políticos.

Hay dos pueblecitos por los que he optado pasar. De noche no logré trazar una pista de tierra por el lado este de la A-1 y repetimos las escapatorias de la vieja carretera de Burgos. Cabanillas de la Sierra y Venturada son dos nombres ligados a la destrucción del ejército de Napoleón en la retirada de la Grande Armée en 1809. Hoy son el paso de dos corredores sin prisa. Es mediodía, cargamos agua en los pilancones de Cabanillas, Manu me viene contando su historia laboral de la zona y terminamos parando un momento a revisar calcetines y pies. Curiosamente, al lado de un potro de herrar. Treinta kilómetros, un sol pálido y unas nubes altas. Desde casa nos llaman gracias a la telefonía móvil. Todo tranquilo. Los niños guerreando y pensando en papi. Bendita rutina.

Las rutinas no existen en algunos países. A día de ayer, más de 140.000 desplazados siguen sin poder volver a casa en Mali. La amenaza, ser asesinados o sufrir los rigores del hambre y el conflicto armado. ¿Correr setenta kilómetros es épico? Desplazar a tu familia setenta kilómetros por una guerra es épico.

El Vellón es un intermezzo simpático donde paramos a rellenar los depósitos de agua. Sostenemos el ritmo de unos nueve kilómetros por hora. Hemos cruzado la elitista Cotos de Monterrey, trazado una recta por las cañadas donde se acumulan parcelas, residencias caninas, parcelas (ay, el mundo de la parcela) y llegamos definitivamente al punto del maratón. Son las dos de la tarde largas. Filípides marcó un simbolismo en los 42km y el barón de Coubertain lo expandió al mundo. Nuestra meta parcial es una mesa en mitad de la plaza de El Molar. Dan cerveza, una de torreznos, otra de croquetas de jamón, media hora en la que pararemos y comemos algo bajo la atención exclusivísima de un jovencito camarero muy homosexual.

La homofobia es una más de las fobias de una sociedad que sigue sin aceptar su propia imbecilidad. En 2012 todavía se tenían que recoger 30.000 firmas para que un cantante jamaicano no actuase en ciudades españolas. En sus temas sigue hablando de “matar maricas” o de “jamás pediré perdón a un gay”. Sólo en 2010 se registraron casi 650 asesinatos por homofobia en México.

Las articulaciones se quejan al pasar de las cinco horas. Los continuos escalones de la rampa madrileña nos van llevando hacia las tierras del Jarama. Más llanas pero con un problema. Las viejas vías históricas han sido asfaltadas y el trazado más lógico tiene dos carriles por cada sentido. Buscamos la vía más recta pero nos comemos toboganes sin final. Evitamos San Agustín de Guadalix por comodidad. Napoleón escribió en el invierno de 1808 a su hermano, desde el calor de un palacete en Buitrago, que las tropas a caballo seguían persiguiendo a los derrotados españoles camino de Madrid.

Bonaparte dormiría en Buitrago y enlazaría a caballo con sus tropas con la zona de Chamartín, casi noventa kilómetros más al sur. Nosotros vamos camino de los sesenta. Ahora caminamos todas las ascensiones, lomas, barranquitos. Nos echamos a un lado en la estrechez de las sendas escogidas para llegar a nuestro destino. Urbanizaciones que han comido el acceso de los montes públicos, vallas donde la propiedad invade el derecho de paso, idiotas en moto de cross que avasallan sin saludar.

Finalmente matrimonios con perro. Paseantes. Tenemos que estar al lado de la civilización, Manu.

El sol se pone y redondeamos los setenta y tres kilómetros en el bulevar Salvador Allende de Alcobendas. Diez horas redondas. Tendones castigados y hambre, sed y más hambre. Nosotros podemos comprar y reponer inmediatamente.

Es una situación privilegiada.

Tenemos tiempo para el ocio. Energía para gastarla corriendo durante diez horas. Muchos, no. Y no es en los países en desarrollo sino en las sociedades en deterioro. 

España se ha embarcado en la góndola de las economías suicidas. Una cantidad no determinada de ciudadanos no tienen para llegar con holgura al final del mes. Se multiplican los bancos de alimentos.

Los amigos de @drinkingrunners han lanzado la colaboración solidaria “Kilómetros por alimentos”. Una iniciativa que recoge kilos de alimentos para enviar al Banco de Alimentos de Madrid. A todos nos sobran motivos ideológicos para apoyarlas o rechazarlas. Nos sobran horas de debate. Si la solidaridad es repartir migajas. Lo del pez o la caña de pescar. Ayudar o hacer la revolución. Cómo se destina la ayuda, cómo se corrompió el sistema de primera generación de organizaciones no gubernamentales… ¡será por razones para escabullirse de ello!

Pero yo me he sumado al hashtag #kmsxalimentos. En principio, según me ha contado el amigo Pablo Sánchez, los kilómetros recorridos en carreras o aventuras serán convertidos en kilos de alimentos. La información de esta campaña, en su web.

Los primeros 73, que sirvan para algo. Hay buena gente detrás, en este caso.

Foto: DrinkingRunners.

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