El fabuloso conversador Bandoneón, que aquí entra de vez en cuando a comentar, me contaba un día que esto de correr era la sencilla reorganización de un juego antiguo como el hombre mismo. El quién llega antes hasta ese árbol.

Ir hasta el árbol y volver fue la semilla directa de las primeras apuestas. Los más atrevidos y con menos conocimiento optaron por ir y volver dos veces, seis, diez, o alargar hasta otro árbol, hasta el monte y regresar. De sopetón se encontraron con que no había manera de disfrutar del duelo, de aquel sufrimiento casi circense.

Con cierta capacidad de predecir el fracaso del formato, los griegos decidieron circunscribir el duelo a un estadio (unos 190 metros). La longitud estándar de la carrera. Sin querer, habían inventado el atletismo de la televisión, de Pistorius y de Usain Bolt. Le habían cercenado las alas cientos de años antes de que el dinero se las terminara de eliminar.

Pero unos pocos dementes pensaban que el doble estadio, díaulo, el dólico, era someterse a correr enjaulados. Ya en el siglo XVIII ya aparecen tipos a los que el duelo aficionado, la apuesta ciega y llena de vino, les tiraba más que a vosotros una ración de tortilla con pimientos.

En el XIX se había ido mucho más lejos de lo que se imaginaría el movimiento olímpico al final del siglo posterior. Una corriente del ser humano se había ido de madre. Por diversión muchas veces, pero también por constituir el modo más eficaz y antiguo de desplazamiento. Correos personales del inca, los chasqui, lacayos franceses que hacían de correo a pie (una de la primeras carreras a pie registradas se celebró en Reims en 1592 sobre 82km), o las apuestas en los valles vascos y sus corricolaris.

¿Sabías que en 1928 se hizo la primera carrera a pie atravesando por completo Norteamérica, desde Los Angeles a Nueva York, a lo largo de 3.100 millas?

Eran los idos del más allá. Correr hasta terminar la lógica del límite humano, y seguir. Los años ochenta redefinieron el mundo del correr. Se hizo un injusto borrón y cuenta nueva de toda la historia del desplazamiento a pie. Pero la popularidad de las carreras resurgió en EEUU muy por encima de todo lo corrido y recordado. En seguida se adoptó la palabra ultramaratón como todo lo que superara la mítica distancia del maratón. Obviamente, lo ultra sonaba a extremo. Inconscientemente, se habían olvidado las distancias gigantescas que el ser humano venía recorriendo durante siglos. Tardarían años en ser investigadas de nuevo y asomaría la nueva fascinación.

Pero ultra es un prefijo latino. Es más, el esquinazo occidental de Europa venía hablando lenguaje ultramaratoniano desde siglos atrás. Ultreia asoma en los párrafos del Codex Calixtinus, el libro escrito hacia a.d. 1140 que describe las jornadas del Camino de Santiago. Era el saludo entre los peregrinos de la gran aventura de la Europa Occidental.

Y es que, desde que caminamos erguidos,  nuestra historia parece vivir de redescubrir lo sepultado por el tiempo. En este caso era repetir las largas caminatas entre los footmen del ‘go-as-you-please’ del siglo XIX. Las apuestas en la plaza de Lekumberri y su mítica legua. La París-Estrasburgo de 1926.

¿Volvíamos a inventar algo que llevaba vivo desde que el hombre posee la curiosidad de ir hasta aquel árbol y más allá?

¿Aquel árbol que se ve o, parafraseando a Maurice Herzog, al árbol que cada uno tiene en su interior?

Si alguna vez has salido a correr sin mirar el reloj o sin preocuparte de la ruta, cuéntanoslo.

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Foto: King of the Peds.

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