No tengo especial parecido con el gran maratoniano. Me queda la ropa de calle algo más ceñida que a él y, si pusiéramos frente a frente a su maravillosa esposa y la mía, acordarían entre ambas que tengo mejor percha. Ellas son así, amores.

Pero tampoco quiero ser como él por eso. Están los chavales del 800, los saltadores de longitud, los mozos del balonmano y los seres de otra galaxia que juegan en la NBA. Si nos pusiéramos estupendos a ellos sí les queda bien la ropa mientras que, nosotros, bueno. Vamos llenando tela.

“I wanna be Chema Martínez” es más un quejido al mundo.

Braceo últimamente más, como si me hubiera fijado en las múltiples retransmisiones deportivas y estuviese quitando el aire de mi lado, como Chema. Como cuando agarra el viento con los puños y aprieta los dientes. Supongo que Chema y yo pertenecemos a los que cumplimos años (le saco unos meses, tampoco en eso le envidio) y pretendemos asirnos a cada hora de queda de nuestra juventud.

El bueno de nuestro maratoniano también se pierde las caras de esa gente que se acuesta pronto y a las seis de la mañana está abriendo  puertas de autobuses, barriendo calles o acudiendo a trabajar embutidos en bufandas, gorros, manos en los bolsillos. Querer ser como Chemita no tiene que ver con a qué hora se puede correr cuando se puede. Él es un profesional de esto de 9 a 9, y yo también, de lo mío, de 9 a 9.

No es que añore ser de los que entrenan a la luz del sol por enfáticos bosques, o tienen a su disposición todos los medios médicos para la recuperación del entrenamiento. Si somos realistas, y sé que él lo es, ambos estamos en el lado bueno del planeta. Tenemos techo, motivos de satisfacción, evitamos las guerras y ahondamos en la paz, tenemos para dar de comer a nuestra gente.

No es eso. Ni que haya editado un libro en el que desgrana sus pensamientos sobre el correr (No Pienses, Corre, del que habrá que hacer una profunda recensión tras la que, quizá, discutamos de verdad).

Aunque tengamos algún Nicolás común por medio y veamos cómo van creciendo y dan batalla y muchas veces no escogen nuestro camino. Tampoco es que quiera ser Chema por la repercusión mediática o por que levanta sonrisas a su paso.

Empiezo a descartar tantas facetas que podría preguntarse uno si tenemos algo en común. Mi aspiración.

La cosa es enrevesada pero es así:

Me gustaría que las medias de compresión me quedasen como a él.

Foto: Facebook Chema Martínez

 

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