¿Te gustaría saber qué hay detrás de ese caos de micrófonos, mochilas, dorsales y tipos aparentemente despistados que suelen verse en una prueba deportiva?

Quizá (si nos quitamos de enmedio las semanas y meses previos, incluso los días anteriores con eventos tales como la entrega de dorsales) alguno tengáis curiosidad en saber en qué se tira el tiempo, el capital humano (los voluntarios) y el dinero de un presupuesto para una carrera popular. A lo mejor no tenéis curiosidad por ello pero es viernes y mis posts previos a un fin de semana suelen tener mucho tirón y fama.

Os doy el ejemplo de una prueba larga, dura de organizar y que estuvimos moldeando para que poco a poco sea un clásico. Algunos reconoceréis en las descripciones siguientes a la Madrid-Segovia por el Camino de Santiago. Podría ser cualquier otra, un maratón, una prueba breve.

06.36. Un sábado en el que la población duerme. Solo trabajan limpiadores, tenderas, personal de servicios, repartidores de crudo y sector primario. La masa dormita salvo una mínima parte, deportista, sana y moralmente intachable. O sea, vosotros. Mochila a ciegas y me inyecto el primer café. Zumbando.

07.12. Apenas 90 minutos para el cogollo de la prueba, la salida, y aparecemos las diferentes patrullas que van repartiéndose al mando de un buen jefe de logística. Es imprescindible contar con un organigrama claro. En nuestro caso la jefa de operaciones va dando órdenes. El jefe técnico mientras está a telefonazo limpio con el área de movilidad (policias locales, protección civil, etc).

08.09. La plaza está llenándose de participantes. Los conocidos y sus preguntas básicas. En muchos casos preguntáis obviedades que me gustaría fueran fruto de los nervios. En bastantes casos los participantes no leéis el reglamento. Se os disculpa por primera vez, sois españoles. Ya tocará que nos disculpeis a nosotros más adelante.

08.40. Parece que estáis todos. Recojo mi equipo de mis voluntarios, unos adolescentes scouts, majísimos. Les doy bolsas, instrucciones, y las gracias. Veo la salida y me largo pitando a recoger a un cuarto voluntario. Todo está en marcha.

09.40. Lo excepcional de esta prueba, su distancia, hace que tenga más margen para conducir hasta mi avituallamiento. Durante semanas he estado bregando con un ayuntamiento pr el que pasa la prueba. Tenemos el ok y su apoyo. Me tomo el segundo y último café. Cortado. Por inercia.

10.20. Estoy en un punto intermedio. Decenas de cajas de líquido, vallas, reunión sumarísima con los de protección civil y la policía local, a quien de nuevo hay que presentarse. Siempre da la impresión de que todo el mundo llega de nuevas y que nadie ha recibido la documentación. Me confirman la impresión en un minuto. Nadie la ha recibido.

10.50. Buscar más líquidos. Revisar el balizado del recorrido. Buena voluntad pero en unas horas tendré casi mil personas que cruzarán mi avituallamiento.

No es una pesadilla. Sucede en alguno de los eventos a los que váis. Para cubrir espaldas, viaje a una gran superficie para solventar déficit con isotónico y unas cajas de plátanos. Telefonazo a nuestro camión de reserva para que nos traiga 500 botellas de la logística propia. En apenas media hora está todo listo.

11.30. Afortunadamente el recorrido está fantásticamente marcado. La gente del botellón apenas ha arrancado cinta, pero no han movido nada. Un repaso más al trote de las zonas marcadas desde 2 días antes (antelación siempre). Todos preparados para recibir al primer corredor.

13.00. Llevamos seis horas en pie. Que los voluntarios coman. Se traen su bocata en algunos casos. En otros les pagamos cervecita y bocata de calamares. En pleno estado de alerta llegan telefonazos. Hay algún incidente de paso, un chaleco de emergencia para ayudar eventualmente a los guardias de tráfico, llega la masa de corredores

14.45. El goteo de participantes (es una prueba de 24 horas) consume las reservas poco a poco. A tirar de las reservas de la localidad y de sabiduría. Oras 300 botellas grandes listas en un rato.

16.30. Un participante lleva parado ahí mismo media hora. Lo han traído de la consulta de emergencias para mirarle un problema urinario serio. Retirado. Organizar la evacuación es costoso pero lo solventamos tranquilizándole y llamando a su esposa, también participante. Todos muestran paciencia.

18.30. Llega la oscuridad y los corredores seguís pasando por el control. Hay que ir preparando el material para colocar las luces frías y que tengáis el recorrido balizado de noche. Un biker voluntario marcha en un sentido, otro en el contrario y yo engancho el coche para optimizar el tiempo. Anochece sin llamadas del tipo ‘en tal zona no se ve y se han perdido cuatro participantes’. Todo correcto, se hacen casi las 20h.

20.00. El cierre de carrera está inmerso en la zona balizada antes de mi avituallamiento. Veo a mis chicos aguantando con una paciencia y profesionalidad tremenda. Son dieciséis años de completa madurez y no dicen ni mu. Añado: siguen enteros y sonrien. Llego de nuevo a la plaza y los patrocinadores están llevándose unas banderolas de esas modernas sobre pértigas de plástico. La noche y los participantes son más silenciosos y vamos recibiendo a los últimos. Aprovechamos dos momentos muertos para transportar los desperdicios a un contenedor. En la terraza de al lado los más relajados se toman una cerveza para encarar los segundos 50km y veo caras sonrientes. Es la mejor señal.

21.20. Cerramos el control al paso del último. Recogemos, despedimos y conducimos al punto de reunión a los voluntarios. Llamadas para dar el ok a la jefatura de carrera.

23.05. Diecisiete horas después de arrancar todo, cambio un eventual tercer café por un vino y un pincho de tortilla con el último de los voluntarios, mi cuñado, y que también lleva en pie (y en bici) la intemerata. Diversos grupos van recogiendo marcaje de la prueba, otros están todavía en los avituallamientos nocturnos, o dando de cenar a otros componentes.

Difícilmente, con esta descripción, se pueda embarcar a los potenciales voluntarios. Pero pone sobre la mesa el extraño encanto de estar detrás de la carrera.

 Obviamente hay jerifaltes y gente que saca mucho rendimiento de una carrera popular con el mero hecho de poner un logo o su cara o algo de dinero. Aunque es cada vez menos. O dar la salida. O dar apretones de manos falsos y mordaces.

Pero en cosas así se emplea una buena parte de una carrera popular. El tiempo corre. Las energías de los ayudantes son limitadas. La satisfacción es evaluable.

¿Te quejarás amargamente ahora que conoces muchos más detalles?

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Fotos: Web Madrid-Segovia.

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