Fue cumplir treinta y tres años en el tinglado y desencadenarse todo. En mi caso, todo sigue rodando. Esto podría ser una de las muchas diferencias entre Jesucristo y yo. Que las hay.

De cuarenta y dos largos, llevo treinta y tres haciendo deporte. De ser un niño con sobrepeso, diseño incompleto en el tren superior y torpeza demostrable, a “un flaco con piernas gordas”, que es como oí definir a los corredores a mi jefa.

En treinta y tres años me ha dado tiempo a compaginar el atletismo escolar con las primeras cervezas. A quedar el último en todas las carreras que corrí durante mi primer año. He podido acumular pelos en las piernas y después en otras zonas del cuerpo.

He dado forma a dos niños que ahora tienen la edad que tenía yo cuando empecé a correr. O a aquello que fuera lo que yo hacía, básicamente ponerme colorado, bufar y parar a caminar en cada cuesta. Básicamente lo que muchos sentís ahora cuando empezáis a corretear.

Y compensa. Os puedo decir que cada rato horrible que vuestra cabeza pase y diga “no salgo a correr jamás” o “en mi vida me volvéis a ver metido en un maratón”, es un palo metido en los engranajes de vuestra vida. Pero es eso: un simple y débil palo. Los piñones de la rueda dentada que mueve la vida de un ser humano son más duros y terminan quebrando el palo. Podréis con ello.

Estos treinta y tres primaverazos me han plantado en un proyecto más; disfrutar de los meses venideros de las distancias largas, los momentos mientras anochece en plena carrera, de ese compañero de ruta que se agacha y apoya sus manos en las rodillas, de conocer a pie más trozo de planeta.

Cosa que, salvo que nos estén ocultando información, a Jesucristo no le dio tiempo a hacer.

Y luego sale como enfadado en los retratos.

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