Sube y baja. Vuelve a subir. Y baja de nuevo. No hagas pereza y aprovecha cada excusa para volver a patalear tus escaleras. O las ajenas.

Porque el trabajo de subir y bajar escalones es un complemento ideal para tu forma física. Afortunadamente uno anda siempre metido en tareas de movilización pasiva. O, cómo era aquello, el famoso descanso activo de los planes de entrenamiento. Excelentes y preparatorias tandas de cuatro pisos que, sin ascensor, me llevan cada día a mi casa o casa de mis suegros.

No hay día en que no tenga dos o tres subidas.

Son preparatorias para correr con más potencia en las piernas y glúteos (¿dónde termina una pierna y dónde empieza un buen culo?). Además pueden ser sustitutivas.

¿Te pilla a mano una buena rampa escalonada en el trabajo?

¿Has probado a evaluar tu oficina? Siempre hay que bajar a abrir a los transportistas, a por el café, a comer, a ver los de la oficina de abajo, llegar e irse cada día, visitas a clientes o al aeropuerto.

¿Viajas en transporte público? ¡Tienes la – relativa – suerte de entrenar a un buen precio y sin tener que pagar la cuota del gimnasio.

En síntesis, hay días que con las escaleras uno trota arriba y abajo – uno siempre va como las vacas bravas – alrededor de diez, doce o hasta catorce veces un corto tramo de escalones de mi trabajo.

Esta sesión de gradas es mi entrenamiento pasivo diario. Que los escalones me libran de lesiones es más que posible. No son suficientes para las grandes citas porque correr resta potencia en grupos musculares como cuádriceps, pero mantienen a tono aquiles y sóleos, nuestras auténticas bestias negras.

¿Y tú?

¿Garaje, ascensor o escaleras a pedalillo?

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