Son las cinco y cincuenta de la madrugada y salgo de mi portal en busca de un extraño placer. Me espera un buen amigo y discurriremos de noche por sitios que nadie frecuenta. Salimos a correr a las horas más raras del país.

Pero llevo una temporada que mi raro comportamiento toma una relevancia, sin duda, absolutamente nula. Inexistente. ¿Crees que es raro salir con amigos a compartir trote nocturno con unas luces frontales en la cabeza? Pues no demasiado.

Al menos, no es muy ya que cada día se ve más gente en este hábito totalmente social, urbano y cool de practicar trail running en condiciones extremas, ideales, diría yo.

Pero volvamos al tipo. Correr a estas horas y por el campo no es raro, si me comparo con el paisano que veo pasar, de manera ritual, por la acera de enfrente a mi casa.

Él va solo. Corriendo por la acera.

Él corre con chándal y gorro y signos inequívocos de que lleva despierto y en funcionamiento un rato más que yo.

Mi comportamiento no tiene nada de heroico ni de raro comparado con su correr. Porque… ahí viene de nuevo.

Anteayer me quedé dos minutos estirando y atándome los cordones de las zapatillas. Pude comprobar que ¡da vueltas a la manzana! Está dando vueltas a su manzana, que tendrá – según wikiloc – unos cuatrocientos metros, por la acera. A las cinco y pico de la mañana. Sí señor.

¿Creías que habías leído sobre todo tipo de rarezas en el mundo del correr?

¿Conoces algún caso así de excepcional?

LPMM 002

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