Estaba partiendo unas lascas de queso del fondo de la nevera para añadir a unos lazos de pasta con sal y aceite de oliva y tomillo, mientras charlaba con un amigo de confesados 120kg (que son más). Y me he acordado de mi abuelo Doroteo.

El cabrero, mi abuelo materno. Mi abuelo paterno cortaba granito en una cantera de la sierra de Avila.

Hemos terminado hablando de cómo serían las calamidades físicas que soportaba a diario cualquier campesino de hace apenas sesenta años. Y cual sería el límite al que el organismo de mi difunto abuelo se acercaría con aquella vida de pastoreo y trozos de pan y queso para todo el día.

Más. Cuanto se está acomodando nuestro cuerpo con los hábitos de su hija y nieto (servidor), para que el retorno a caminar y trotar sea artificial. Y si además es durante siete o veinte horas por el campo le parece un extremo a todas luces no muy sano.

Que, posiblemente, no lo sea.

Y la pregunta que surgía es:

¿Cuánto se ha deteriorado la información genética acumulada durante casi dos millones de años de vida corredora en apenas cien años de industrialización y vida sedentaria? ¿Tan mal estamos que el cuerpo se nos ha acostumbrado en un chispazo paleontológico a no hacer nada?

Todo debate nos manda al famoso artículo de Daniel Liebermann en la revista Nature, en el monográfico llamado “Born to Run”. En él se describe que la eficiencia energética del homo erectus frente a mamíferos más rápidos o más fuertes se puede observar en una diferencia fundamental: cómo es capaz de maximizar el equilibrio erguido, enfriar el cuerpo durante el ejercicio y combinar la respiración con la sudoración desde una posición vertical desde la que, encima, se veía más lejos que a cuatro manos. Esto y el trabajo en grupo.

Pero esos primates relativamente débiles, de carrera lenta y sin más defensa que la evolución del cerebro, que habían llegado al tope físico, continuaron evolucionando y, asociados, redujeron los esfuerzos. La domesticación animal, la rueda y sobre todo el motor de explosión, inventado en 1876, supusieron la cuesta abajo hacia la sedentarización absoluta.

Hasta el punto que la medicina recomienda retomar algunos hábitos primitivos. En particular, desplarse caminando o correr como terapia. Pero ¿es que hemos perdido en 220 años de industrialización masiva nuestra capacidad guardada durante dos millones de años?

Cuando empezamos a correr el cuerpo reacciona de modo casi inmediato. Si no estamos muy anquilosados en seguida progresamos, acumulamos unos dolores que se sobrellevan, entrenamos un poquito más y en un año, quizá, estamos cercanos al rango de los desplazamientos de las tribus cazadoras. Podemos hacer de manera ocasional hasta 10 o 20 kilómetros.

No nos convertimos en bosquimanos del Kalahari, tarahumara o navajos de repente, cuyos hábitos de caza por agotamiento son conocidos y extremos. Pero sorprendentemente nuestros cuerpos responden. Y llenamos las calles con carreras populares y los caminos en carreras trial y nos calzamos la mochila y salimos a presenciar la belleza de una caminata por la montaña.

¿Crees que estamos totalmente perdidos o que no nos hemos alejado demasiado de esa herencia corredora primitiva?

Para terminar, un regalo a la vista. Del canal de documentales de la BBC (BBC Earth), una de cazadores a pie.

Anuncios