Aviso. Esto es una crónica personal. Posiblemente se hable de todo menos de correr. Incita a la ‘otra’ buena vida.

Aviso segundo. Aficionados al deporte con un enfoque demasiado purista pueden sentirse molestos. Pero esto es un blog, no es obligatorio leerlo. Obligatorio es que hagáis la declaración de las rentas del capital y del trabajo. Y ni así.

Va.

La expedición son cuatrocientos kilómetros de carretera, en mi caso, para comprobar que en muchos sitios se vive mejor que en la ciudad de uno. Sí. Los madrileños corroboramos una y otra vez que nos han engañado y que seguimos picando. A pesar de saber de antemano todo esto, o quizá por ello,  conduje durante casi cuatro horas dejando un peso atrás. Me dirigía a participar en un mito de los deportes de montaña. Los 10.000 del Soplao, sobre los que tanto se habla cada año y que aquí detallé hace unos días.

No es una carrera de 10.000 metros. No es que se asciendan o desciendan 10.000 metros de desnivel, lo que en sí mismo sería una barbaridad, aunque posible. El asunto es que se pretende llegar a los diez mil participantes en las dos modalidades campestres más divertidas, sanas y naturales: corriendo o montado en bicicleta de montaña. Por las primeras estribaciones de las montañas de Cantabria.

Escogí la distancia de 45km por una razón evidente y múltiple, interconetada: es una distancia para la que no tengo que entrenar mucho, máxime cuando hace dos semanas corrí el atónito RNR Maratón de Madrid y en otra semana correría los 43km campestres del Anochecer.

Debo confesar que hay otra. Si termino en siete u ocho horas, tengo la tarde libre para darme un garbeo por la hostelería santanderina. El presupuesto no me da para explorar los michelines de San Vicente (Annua) o del entorno capitalino (El Cenador de Amós, El Nuevo Molino). Además prefiero dejarlos para una excursión con mi familia amada.

Solamente así puedo sintetizar lo que me mueve a correr. Y es el lema de mi vida deportiva: el running me permite comer y beber sin medida, con la garantía que el ejercicio se ocupará de quemar todo exceso.

Ya dije que a muchos deportistas esta perspectiva no les parecería bien. Ni sana. Ni deportiva, puestos a asumir.

Con estas, después de dejarme los cuádriceps descendiendo por la pista de cemento hacia Mazcuerras, con curvones peraltados al 24%, sodomizar mi resistencia mental mirando hacia arriba en el Toral, un ascenso de escasamente mil metros de longitud pero doscientos metros de desnivel, después de pisar barro y caer, tirarme arrastrando el culo por lodazales en la ruta de los Puentes, disfrutar como un bellaco (así lo muestra la Foto de Jairo Niebla) en un descenso homicida, riendo por primera vez en mi vida mientras  caíamos por un cortafuegos deslizante, después de todo eso, pude aparcar el coche, contento, feliz por haber terminado en un honorable puesto 234º de casi 400 llegados a meta, tras siete horas y cuarto de batalla.

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Luego me costó más tiempo encontrarlo. Llovía y me perdí un poco (algo hay que decir).

Entre medias, pude conocer el nuevo sitio de vinos y tapas llamado Las Hijas de Florencio, en el nobilísimo Paseo de Pereda, justo frente a los barquitos de juguete de la real clase aristocrática del país de juguete. Me costó acomodarme en un taburete de la barra (debo recordar que venía de correr cuarenta y cinco kilómetros por la montaña) así que tiré de anticoagulantes naturales. Probé un fresco verdejo Palacio de Bornos, que me sirvieron con una tapita de un queso aparmiggianado. Ideal.

A la media hora me dolían los cuádriceps. Le eché la culpa al taburete pero, en realidad, la culpa la tenía un tramo de barro que tuvimos que ascender después del avituallamiento de la campa de Ucieda. También que me empeñé en bajar al galope del Toral y debí agitar las fibras musculares más de lo debido.

Todo esto son excusas para decir que de segundas paré en la franquicia de tapas Al Punto, en Hernán Cortés con Gándara. La cosa es que tenía bastante tiempo hasta la hora de cenar y me seguía informando de opciones de moda. Ante el momento, un rioja me hidrató y probé si la lista de precios era un gancho o realmente la diferencia de precios con Madrid se mantenía compensada con calidad. Así las cosas, me apreté una de minihamburguesa (sic) con queso y otra de morcilla de Sotopalacios con pimientos de piquillo. Recientes de la plancha.

Cada vez me dolían menos las piernas. Habían desaparecido los espasmos involuntarios de los gemelos que me dieron rematando los dos kilómetros de asfalto que conducen a la abarrotada línea de meta de Cabezón de la Sal y ni me acordaba, vaya, de una rigidez en las cervicales que me da en el trabajo.


Foto: Facebook El Rochi

Haciendo tiempo para cenar, paré en el Rochi (c/Florida). Es un conocido restaurante cercano a la zona del Ayuntamiento y que tiene un ala gemela con el formato de bar de pinchos. Se nota cierta cercanía a la costumbre vasca del pintxo en la barra. Me gustó y entré para leer un poco la prensa y conversar con su camarera. Resultó que transmitían el Festival de Eurovisión en la televisión de casi todos los españoles (exceptuando quienes defraudan fiscalmente, cuyo dinero no va a financiar la televisión pública, obviamente). Por tanto, mientras fuera llovía lo que no había llovido durante la celebración del Soplao, me sirvieron una copa del tempranillo 828 y dos pinchos. Uno era un pudin de cabracho y el otro un pincho de tortilla con verduras y salmón.

Si espiritualmente ya estaba recuperado de los cuarenta y cinco kilómetros a pie, físicamente empezaba a sentirme en paz con el cosmos. Evidentemente, era el vino.

Por recomendaciones, cené en La Vinoteca. En calle Floranes, al lado de la plaza Numancia. Ojo al lugar, regentado y atendido por Koldo y Luis, amén de su joven y atento equipo de sala.


Foto: sobremesa.es

A ver si sé contarlo. Tienen un Menu gastronómico (sub 30€). Eliges tres platos de carta y un postre. Con una copa de Pitaccum, esa mencía tan chula de 2008 y que estmamos disfrutando de la producción  berciana, me dejé recomendar y llevar. Total, llevaba así todo el sábado, dejándome llevar por las indicaciones de cántabros con sentido común.

Una terrina de conejo y foie con guisantes frescos y un poco de cebollino. Su punto de pimienta y de -quizá- comino.
Canelón con falso relleno de cigala. Salsa blanca de vino. Amabilísima.
Un interesante rabo de cerdo ibérico, deshuesado, también presentado como terrina. Con sumo gusto y con un puré cremoso y sabroso.

Postre, crema de limón sobre migas de bizcocho y helado de nata y una fresa y una hojita de menta.

Todo excelente. Por un momento llegué a pensar que me estaban tratando demasiado bien. Quizá creyeron que era un crítico gastronómico. Pero deduje que la cosa es como es. La calidez de La Vinoteca.

Debo decir que, en ese momento, pensé en pedir un certificado de empadronamiento en Cantabria. Pero habría sido injusto para mi familia, habría sido innoble para esa urbe que tanto amamos, Madrid.

Además, se habría terminado la posibilidad de viajar a sitios de los que solamente has leído, oído. Se habría esfumado la aventura.

Y no saldrían posts tan jugosos ni inocentes como este. Aunque a algunos les parezca que lo que cuento es indigno, que fomenta el alcoholismo y que está en contra del espíritu del corredor de las cumbres.

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