Domingo tarde. El primer viaje viene de USA. Tyson Gay ha dado positivo en un control. El tipo que más rápido corría al norte del Pecos.

Jamaica aprovecha para anunciar otra bomba. Los caribeños, en cuyos campeonatos nacionales compitieron más de dos docenas de héroes olímpicos, anuncian que sus dos flechas del año han tomado substancias prohibidas.

Todavía resuenan los nombres de ciclistas cazados en la última temporada. Más rocambolesco ha sido el caso de la cadena de distribución de drogas  deportivas en Guadalajara en la que caían implicados atletas españoles.

En plena época de retos superados, ciclistas que escalan puertos como cabras desbocadas y que miden en kilovatios sus galopadas, tenistas que se recuperan milagrosamente de una semana a otra, los futbolistas mejor pagados del planeta que cuentan con un salvoconducto misterioso que les impide tocar el tema… ¿queda espacio para que todavía creas en el deporte de élite?

Hace dos décadas veíamos en casa una final de Juegos olímpicos de atletismo. Me levanté al baño en plena final de velocidad. Al volver miré al sofá y dos practicantes de atletismo durante décadas coincidían en que les había dejado fríos. El tercero en fanatismo, el que ha machacado los pasillos de saltos, las calles de la pista de atletismo -yo- chequeó su pulso. Flojo. Estable. Nada de adrenalina y eso que los cronómetros habían saltado por los aires. Reyes destronados, canadienses que escupían en la estética vencedora estadounidense, Carl Lewis, Ben Johnson, Christie, nombres de lo imposible.

 

Correr así, metido en esos cuerpos, era una solución mágica al esfuerzo humano. Y las soluciones mágicas son un engaño. Siendo un concepto sobre el que todos estamos de acuerdo, las tenemos a la puerta de casa. En las estanterías de nuestra tienda deportiva favorita. Podemos comprar creatina, proteínas, podemos comprar a escondidas anabolizantes o usar anti inflamatorios para enmascarar lesiones y dolencias. Pero el esfuerzo de cada uno tiene un límite.

Y es que el doping te lleva a poder entrenar más al límite. Nadie sube más rápido una cuesta o esprinta más rápido por inyectarse hormona de crecimiento. Pero la combinación de porquería química hace que el dolor llegue más tarde. Hace que el cansancio venga dos repeticiones intensas más tarde.

Ganar tiempo en el entrenamiento de los campeones es un concepto de amplia aplicación. También se gana tiempo mientras los especialistas trabajan en el laboratorio para una substancia que camufla la trampa. Cuando surge una noticia capturando a un tramposo, se gana tiempo mientras las noticias aplastan la actualidad y se deja de hablar del caso. Tiempo para que los abogados negocien con las federaciones implicadas. El tiempo no es ya únicamente luchar contra las horas, minutos y segundos. El tiempo es la gran trampa del siglo veintiuno.

El tiempo que dedicamos a hacer deporte es limitado. ¿Llegará un momento en que apartemos la mirada de los grandes campeonatos y las escalofriantes marcas?

¿Seremos practicantes que vuelven la cara a la élite?

Y me resulta intrigante pensar en los cimientos del circo. Si las marcas no dan la espalda a la trampa ¿qué venderán?

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