Agosto es un mes con montones de horas de luz. Pero en invierno se han escuchado historias terribles. Los corredores han afrontado sombras, luces, hasta -casi- avistamientos UFO.

¿Nos cuentas tu extraña experiencia mientras saliste a correr?

rruner

Mi “ese día” está relacionado con la guerra.

Afortunadamente no vivo en un país con un conflicto armado declarado. Solamente exiwsten los fines de semana con crucial ‘derby’ futbolístico. Ni los debates políticos son guerra ni de guerrilla.

Pero una madrugada transitábamos los del grupo de las seis de la mañana. Esa heladora matinal de Enero tocaba variar el recorrido que habitualmente movíamos entre parques y avenidas del periurbano de Madrid. Desolados, como siempre, no presentan problemas de atropello.

Uno bajo cero. Variamos a la puerta del polideportivo. Los dos antonios y servidor vuestro. Rodaje o trote lleno de charla, apenas hubo que mencionar la luna llena como iluminación suficiente. Nos atrevimos a adentrarnos unos metros en las anchas pistas de tierra de la Dehesa Boyal. Barrera de entrada, las encinas dejan apenas un pasillo de claridad al que nuestros ojos se acostumbran con cierta rapidez.

Diez segundos más, las retinas pueden enfocar con comodidad a la blanca arena, claramente delimitada por lo negro, por la hierba casi quemada por el hielo. Y, de repente, una sombra.

Dos sombras, cuatro, seis. Y puntos rojos.

El frenazo, ahora que lo pienso (y nos hemos reído de ello muchas veces ya), podría haber puesto alguna de esas sombras en situación de alarma. Y una sombra alarmada podría ser un incidente. Gordo. Aquellas sombras eran soldados de los cercanos acuartelamientos de Madrid-El Goloso. Estaban haciendo ejercicios nocturnos y se habían metido encinar adelante hasta el mismo borde de la ciudad.

¿Y si nos da por gritar o asustarnos más? ¿Estaban avisados aquellos militares de qué hacer si alguien gritaba o si un civil se cruzaba como un conejo?

Imaginad la adrenalina, cómo corría de regreso a las heladoras calles del barrio.

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