Entre el 7 y el 14 de Agosto de 1983 la antigua Unión Soviética ganaba veintitrés medallas. Una menos que el total del archienemigo norteamericano. La antigua República Democrática Alemana reinaba en las disciplinas de velocidad y lanzamientos, situándose en el puesto más alto del medallero. Ocho títulos mundiales, siete de ellos en una categoría femenina de la que años más tarde se contarían historias cruentas. Era la edición inaugural de los Campeonatos del Mundo de Atletismo. El gran circo mundial que la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) añadía al ínterim entre juegos olímpicos y campeonatos continentales.

Comprender el pasado reciente (y no tan reciente) del deporte es fundamental para disfrutar de su presente. Por eso y  por que -en definitiva- es el deporte que todos amamos, comenzamos una serie de reportajes en 20Minutos donde conoceremos más sobre este evento planetario.

Treinta años después es la vieja esfera moscovita la que organiza los Mundiales. La primera edición estaba llena de simbología; era el año previo a los Juegos de Los Angeles’84. Los segundos Juegos en los que la política había decidido inmiscuirse sin remedio, tras los de Moscú’80. Rusos contra americanos, como en las películas de la Guerra Fría. Hoy nos preparamos para los Campeonatos del año posterior a los Juegos de Londres’12.

¿Ha cambiado el atletismo? ¿Los Campeonatos siguen apelando a los mismos principios?

Algunas cosas son totalmente diferentes y otras peligrosamente paralelas.

Helsinki’83 supuso una antesala. El año previo a la confirmación de esa generación angelina. Reinaban los dioses norteamericanos de la velocidad como Carl Lewis y Calvin Smith. El vallista estadounidense Greg Foster subía como la espuma mientras que no había humano capaz de batir a aquel tipo con barba y zancadas gigantescas llamado Edwin Moses. Se dió un dominio absoluto en el foso de salto de longitud con el triplete Lewis, Grimes y Conley, y se destrozaron las posibles evidencias de cualquier comparación entre los tipos más rápidos del planeta. Tanto las alemanas del Este como los explosivos norteamericanos. Si no, recordad el vídeo del relevo 4×100 femenino.

 

Moscú’13 proporciona al mundo un crisol de naciones muy diferente. Antillanos que copan la velocidad pura, africanos y árabes de reluciente pasaporte y nacionalizaciones monetarias. Incluso aquel chispazo de brillantez que Kenia aportaba al mediofondo, con el malogrado Kipkoech o Boit, está hoy eclipsado por el cuerno etíope y eritreo. Los lanzamientos no están copados ya por rusos y alemanes.

China es más que una simple medalla de bronce y vive una resaca complicada después de sus Juegos Olímpicos y de acusaciones. Sobreviviendo a todos, Reino Unido convirtió la tradición de las carreras de estrategia en un equipo demoledor, con especialistas sólidamente asentados en todas las pruebas. Incluso la creciente Europa presenta banderas de decenas de viejas repúblicas que fueron agrupadas por el régimen que construyó el estadio olímpico Luzhnuki.

Una cosa no ha cambiado. Y es que este deporte sigue relacionado inevitablemente con los éxitos de Estados, regímenes y banderas.

Las consecuencias de la tensión a la que someten a los atletas los negocios y las instituciones gubernamentales trae al recuerdo viejos ejemplos. En los años 50 los países comunistas vuelcan en el deporte el esfuerzo del prestigio internacional. De manera inmediata EEUU comienza a invertir en tecnología del entrenamiento y, en décadas, la cosa se pone más que fea. Las prácticas de doping sistemático ensombrecen las décadas de los 70 y 80.

Pero la historia se repite. La federación turca hace pública esta semana un listado con una treintena de sus atletas pillados en prácticas dopantes. El mes de Julio supuso la tormenta desatada sobre la velocidad afroamericana. Jamaica es sospechosa de una red sistemática de trampas farmacológicas. Los grandes sprinters estadounidenses eran conejos de indias voluntarios de un sistema drogado. La Operación Puerto se cierra en España con opiniones encontradas, trayendo a la memoria los sistemas institucionales de fármacos y deporte de Grecia o Italia.

¿Tiene armas el atletismo para reponerse a todo ello?

Con estas premisas y por el bien de la afición a este deporte, es necesario apelar a su pureza. ¿Podrá vencer el deporte a la trampa institucionalizada? Es el deporte rey y hay que pensar que tiene que sobrevivir a sus problemas. La misma federación internacional anuncia que cada día se estrecha más el cerco a los tramposos. El escaparate de los campeonatos del mundo ha dado siempre escenas de brillo inusitado. Helsinki’83 supuso la oportunidad también de disfrutar de Robert de Castella y su victoria en un maratón con aquel sabor casi de los setenta.

Se necesita creer en los atletas. Voces desde todos los rincones, de las escuadras de atletas de los cinco continentes, denuncian que la trampa solamente podrá emborronar el evento. Correr, saltar o lanzar son actividades que se pueden acercar a la perfección máxima también con limpieza.

Helsinki significó un adiós a los viejos conceptos del atletismo amateur. Cuando el dinero pudo compensar oficialmente los entrenamientos diarios de los atletas se cerró una herida. ¿Se abrió otra con la pugna mediática por el récord y los premios en metálico? El tiempo ha ido dando respuestas que no siempre han gustado. Ni a público ni a los gobernantes del atletismo mundial.

Los campeonatos mundiales de Moscú están girando hacia una nueva etapa en la que tendremos que creer. Sospechas de que los controles antidroga serán mucho más serios podrían aumentar las listas de bajas previas al campeonato. Igual que los sospechosos dolores de rodilla del pelotón ciclista, el anuncio de controles sanguíneos a todos los participantes podrían haber desencadenado casos como el de Turquía. La diferencia con la etapa oscura del deporte es que el planeta deberá observar y saber diferenciar. En esto también serán unos Campeonato Mundiales diferentes. La sociedad participará y criticará a través de los medios de la información.

Pero la información deportiva deberá ser crítica. Va a serlo. Tanto si Asafa Powell o Tyson Gay son cazados por drogas, como si los héroes actuales deslumbran con tiempos o marcas de otra galaxia. Si solamente se escucha al titular de la prensa cuando se bata un récord o se consiga una medalla, el espectador tendrá una imagen mutilada del gran espectáculo. Observar la foto de felino que proyectaba Greg Foster sobre una valla ha de mostrar al mundo la belleza del atletismo. Negar que estuvo implicado en casos de dopaje sistemático será quedarnos con el periodismo deportivo más fácil.

Y el atletismo no es fácil.

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