Es como un romance necesario. El momento en que decidimos pisar un gimnasio. No es este un post cómico o, por lo menos, no lo pretende. Trágico, más bien.

¿Sabéis cómo pueden quedar unos cuádriceps después de correr durante treinta años?

¿Qué os imagináis? ¿Unas piernas poderosas y unos musculazos de ensueño? Sí. Claro. Lo mismo que esos hombros que sostienen el ritmo y marcan el paso durante miles de kilómetros. Quizá penséis que el deporte desarrolla.

Como decía Mortadelo, “Jefe, yo diría que desenrolla“.

Aquí comienza un ritual de psicoanálisis. Os voy a relatar en divertidos y amargos capítulos sobre el día en que vi claro que tenía que fortalecer varias partes de mi cochambroso cuerpo. Mis peleas con las máquinas llenas de hierro, cables y poleas.

Porque esto no es de recibo. Sin músculos llegan las lesiones en las articulaciones. Pasen y vean.

¿Cuádriceps duros como el acero? Fuera máscaras.

Soy el del centro.

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¿Espaldas con las que ayudar en una mudanza?

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¡Brazos! ¡Compro brazos!

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