Os voy a contar una cosa. A quienes no tenéis aún cuarenta. A las parejas de los que sí.

A quien quiera seguir leyendo.

Llegar a los cuarenta con un cuerpo de cincuenta y siete es jodido. En varón. Lo del pelo se podría solucionar con un corte de pelo a lo Vinnie Jones, pero la lorza, la tos sanguinolenta y la barriga son una marca de la decadencia. Sobre todo cuando los ojos de varón se nos van tras las de cuarenta que -admitámoslo a ciegas- se han deteriorado mucho menos.

En estas que uno de la cuadrilla llega y se pone a correr. Y en cinco meses pierde once kilos.

Un día se presenta en una terraza, al cañeo, con unas gafas de sol en plan diadema, un polo talla M y cuenta que esa mañana ha ido corriendo hasta el cerro Garabitas o hasta el Pagasarri o hasta la Carretera de las Aigües y que ha hecho una hora de trote.

Y una camarera le sonríe creyendo que así cumple con lo que el dueño del bar le mandó. Además la camarera sonríe para hacer más agradable el momento de pedir bebida de esos mastuerzos. Y el cuarentón-en-modo-corredor devuelve la sonrisa.
La camarera bastante tiene con centrarse en trabajar por seiscientos euros, que es lo que le van a agradecer.

Los demás cuarentones malinterpretan la señal. Todo viene de una interpretación errónea por parte de los cerebros de los cuarentones, en realidad.

Y la idea de ponerse a correr maratones pasa soplando la nuca de los allí sentados, erizando el vello de todos.

Es más o menos así. En vuestra mano está el creerlo.

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Fuente: Spanjaard.

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