Corremos. Lo recomendamos a amistades, conocidos o desconocidos porque es bueno. Es sano. Vendemos incluso humo a su alrededor. Todo es tan idílico que olvidamos que está delimitado por áreas difusas. Oscuras.

Correr en la montaña es una de esas áreas-límite. Hace ahora dos semanas que participé en el Gran Trail Peñalara. Una de esas áreas complicadas de entender. Ciento doce kilómetros, la distancia entre Madrid y Ávila. A pie. Subiendo y bajando. Noche y día. Por piedras y barrancos. Una organización casi militarizada para que todo salga a la perfección.

Hay mucho en juego. Y es que esto ya no es running. La pasión desmedida de las ultradistancias está ya lejos de las fotos de corredores sonrientes y de corredoras riendo y haciendo estiramentos. Tonterías, las justas.

A las diez de la noche, mientras la humanidad descansa de una jornada laboral -el que puede presumir de ella- quinientos corredores preparaban mochilas, ropa, zapatillas. Corredores de los duros. De los que parecen eternamente mal afeitados. Piernas llenas de nervios y duros tendones.

No ‘salen a correr’. Ese término podría ser el remate perfecto de una pesada jornada de junio, un viernes rematado con un trote de media hora y chapuzón en la piscina. Que va.

La música atronaba y el locutor, el inimitable Depa, nos espabilaba para afrontar distancias inasumibles. Treinta horas por la montaña por delante. Cinco, cuatro, tres, nada desconocido. Rock and roll y caras serias.

Tres horas después éramos una serpiente de luces por la montaña madrileña. Habíamos subido a más de dos mil metros de altitud prácticamente a oscuras. Habíamos descendido por una senda de cabras hasta el parque de ocio montañero de la Pedriza. Alguno se había caído de bruces o llevaba enganchones por la roca, los piornales, insistimos. El glamour del running lleva el ‘prénom‘ de trail. El nombre propio del hermano mayor de la distancia sin lógica humana.

Nuestros gestos indican que debemos estar disfrutando mucho pero que lo escondemos bajo una máscara de concentración y de eternas preguntas.

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Fuente: KaikuLand.com

Delante iban los Pedro Bianco o Marcel Batlle. Ellos coronaban collados al galope y bajaban a todo trapo mientras los demás parábamos para pisar bien. Las manos a los bastones, sobre las rodillas. El lógico cansancio de correr, repito, durante las horas de descanso.

A las seis de la mañana amanecía mientras trataba de no quedarme dormido. No dormirse corriendo. No dormir mientras corres por una senda de montaña. A mil ochocientos metros de altitud y después de cuarenta kilómetros. Nunca me había visto tan cerca de un cierre de control.

Nunca me habían abofeteado.

Un amigo me tuvo que espabilar de dos tortas. ¿Dónde está el límite? ¿Recomendaríamos esta épica a un conocido, a trotar mecánicamente después de siete horas y media? Ahora entiendes los gestos ásperos de los cientos de participantes que aguardábamos en la línea de salida.

No es correr. No es el deporte de moda sino una versión inmediatamente inferior al vagar mientras aguanten las fuerzas. Mucho cuidado cuando leáis estas líneas y sintáis que os estoy motivando a una experiencia extrema.

Si sentís la curiosidad de asomaros a ese extremo, hay carreras por centenares. El Gran Trail de Peñalara es una de las más solemnes oportunidades. Perfectamente organizada.

He visto amigos en meta a los que hay que inyectar suero por la deshidratación. Muñecas hinchadas como la de Berna, a la que una caída en la noche supuso una luxación seria y que terminó los ciento doce kilómetros con una mano como una raqueta de pádel. Tipos duros como rocas sentados con la cabeza en las manos dormidos en una silla.

Hasta que luego llega un momento de lucidez y el corredor se levanta y sigue. La concentración es necesaria para no matarte por un barranco. O para discurrir por una cresta como la milenaria pasarela entre bloques de piedra de los Claveles del Guadarrama. Sí, por ahí teníamos que pasar. Llevábamos en las piernas sesenta kilómetros.

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Foto: KaikuLand.com

En ese momento mides el dolor y lo asumes. Lo guardas en uno de los compartimentos de la mochila. Y tiras unas cuantas horas más esperando que las SLab no te machaquen los pies y que tus rodillas sigan sirviendo.

Diecisiete horas y media después, la decisión.

Diecisiete horas y media después de haber salido de Navacerrada paré un momento y me senté. Posiblemente fui otro de esos rostros que aparecen en los grandes reportajes que ahora se elaboran sobre la versión extrema del deporte de correr. Diecisiete horas y media después de un día entero trabajando, el remate de una semana de tensión, y tras haber ascendido la Maliciosa, haber cruzado la Pedriza por la gran Cañada, ascender la Morcuera aún de noche, cruzar el valle del Lozoya y mirar a esa ascensión de dos horas por el Reventón. Diecisiete horas y media más tarde, ascendidas las cimas más altas del Guadarrama y bajados los pinares a La Granja, y sumar cuatro mil metros de ascensión en un sábado de Julio, pensé que ya era demasiado.

Hay que vivir. Hay una familia, unas piernas que tendrán que mantenerte corriendo durante muchos años más. Si es lo que deseas.

Los momentos posteriores, las reflexiones, la estrategia de una semana, de esa carrera, son parte de la gestión de estos titanes deportivos. Podría haberme arrastrado unas cuantas horas más. Tenía por delante treinta kilómetros, todo el Eresma, el cordal de Siete Picos, el puerto de Navacerrada, la Barranca, territorio ya conocido.

¿Apurar la tarde y la anochecida? ¿Intentar ser finisher otras diez horas después?

La gloria de pisar la alfombra de la plaza de Navacerrada contra una segunda noche sin dormir. ¿Hay límite? Esta vez una oportuna concatenación de dolores me puso sobre aviso. Tres horas con los pies machacados, las uñas de los pulgares ennegrecidas por los golpes continuados contra las rocas, y otras tres horas con el interior de la rodilla siendo una sorda tortura.

No hay vergüenza en parar. No hay deshonra en sobrevivir. Afortunadamente, hablamos de un extremo.

En el deporte de moda no se llega a estos extremos, tenedlo en cuenta. Podéis respirar.

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