Dejo aquí el artículo que El Mundo sacó en su versión del 4 de Septiembre.

  • Lo que se inició como una filiación aventurera del deporte de correr ya es en una pandemia

  • Se calcula que hay más de 400 pruebas ‘ultra’ sólo en Europa

  • A la UTMB ya se la compara con el Tour de Francia y el Maratón de las Arenas

  • España aportó 700 participantes a la última edición, con 77 países representados

Varios participantes en un tramo de la prueba.

Varios participantes en un tramo de la prueba. © The North Face® Ultra-Trail du Mont-Blanc® – PASCAL TOURNAIRE

LUIS ARRIBAS (*)

Actualizado: 04/09/2014 18:56 horas

En el tiempo que usted emplea en madrugar, desplazarse y cumplir la jornada laboral, recoger la casa y salir a hacer unos recados hay un ramillete de deportistas superdotados que suben y bajan 10 veces a un pico de 1.000 metros. No es una cuestión de que su ritmo de vida sea el de una tortuga. De manera sucinta, lo que ocurre es que las facultades deportivas de gente como François d’Haene, Kilian Jorneto Iker Karrera están lejos de toda normalidad. Son los atletas más rápidos sobre las distancias más largas. Observará que no estoy mencionando los archiconocidos apellidos africanos del maratón. Ni Bekele ni Korir, Gebreselassie o Kipchoge. En unas líneas entenderá la razón de ello.

Me explico: el otro día participé en una prueba en la que lo normal era subir al trote una montaña durante dos horas para bajar, volver a ascender y bajar y así, mientras llovía y se hacía de noche. Es el ‘trail running‘, el nuevo reto: más duro, más lejos. Lo duro, más desnivel acumulado, en argot, es sinónimo de espectacular. Olvidando la premisa del comienzo del texto, la de nuestra inferioridad de facultades físicas ante los Jornet o d’Haene, lo que se inició como una filiación aventurera del deporte de correr se ha convertido en una pandemia. Hoy es un hecho la existencia de una generación de urbanitas que se ha lanzado a imitar a los campeones de lo extremo.

Era la autodenominada cita cumbre de las carreras de ‘trail running’. Si usted es un profano, son las carreras de larga distancia que se celebran lejos de la ciudad, en montañas, valles, sendas perdidas o bosques. Si es un corredor habitual, poco tengo que decirle. Efectivamente le hablo de los eventos alrededor de esa prueba monstruo que surgió en 2004: el Ultra Trail del Mont Blanc (en adelante UTMB). El príncipe de los Alpes y el prefijo ‘ultra’, asociados en una especie de geografía del dolor voluntario y ocioso.

El UTMB mide la friolera de 168 kilómetros, que consisten en rodear el perímetro de todo el macizo alpino, saliendo y llegando desde la localidad de Chamonix. Sitúese en mi lugar: me considero un corredor entrenado pero no lo suficiente. Voy a disfrutar de semejante monumento del deporte y de la geografía de los glaciares pero estoy un buen trecho por debajo de los superentrenados deportistas de acero como Jornet, Ryan Sandes, Núria Picas o Tófol Castanyer.

© The North Face® Ultra-Trail du Mont-Blanc® MICHEL COTTIN

Los retos y las etiquetas

Soy uno más dentro de esta nueva fiebre. Nuestros mayores corrieron en los años 80 para sentirse mejor, de manera barata y fácil y, probablemente, para dejar de fumar. Más tarde empezamos con el bendito ‘running’ vestidos con colores e influidos por una corriente de aire fresco que venía de las revistas norteamericanas. La siguiente oleada llegó con Internet y, con ella hemos descubierto cuantas exageraciones contaban otros y la posibilidad de contar las nuestras propias.

La superación de escalones y etapas en el deporte aficionado es evidente. Ya no basta completar distancias desde los 10 a los míticos y festivos 42 kilómetros y 195 metros. Y se plantean peros. Éticos o de conciencia, afectan a esta aparente maravilla del esfuerzo humano.

Eran poco más de las 10 de una soleada mañana a los pies del Mont Blanc. Cargados como locos subíamos todo recto a buscar las praderas alpinas de la Téte de la Tronche (2.571m). La mayoría, callados. Se observaban pocos síntomas de camaradería de las montañas. Más comunicación con las alertas de los móviles y el seguimiento de Facebook de la carrera o los whatsapps de los familiares que con tu colega de trote.

Y aquí es donde vengo a exponer las reflexiones de una decepción. El entorno digital y narcisista de la ciudad moderna manda en nuestro ocio. Ya no corremos o nos inscribimos en una prueba popular, buscamos retos. El hecho de terminar una carrera ha pasado a la necesidad de engrosar un parcelario exclusivo: ser‘finisher’. Etiquetas. Claro que todo el mundo tiene derecho a correr como y cuanto quiera. Pero son etiquetas.

La organización del UTMB ha dado con la fórmula de sacar el animal competidor y extremo que llevamos dentro. No es la única que lo hace, puesto que se calcula que hay más de 400 carreras ‘ultra’ sólo en Europa. Pero es equiparable a la de un Tour de Francia o del Maratón de las Arenas, curiosamente todas carreras-gigante francesas. En 10 años de formato han conseguido que el mundo del correr sepa de su existencia. Y de qué modo. Se ha generado una especie de necesidad. Si no se corre tal o cual ‘ultra’ algún día, te faltará algo. No serás consciente hasta que, quienes sí lo hicieron, te lo recuerden en un ejercicio de sadismo y de superioridad.

¿Todo pasa a ser colosal o desmedido?

7.500 personas conseguimos un dorsal para alguna de las diferentes carreras de la semana. Por el camino habían quedado la otra mitad de los 14.000 aspirantes. Nos presentábamos en la salida para triturar nuestros huesos por las sendas de gran recorrido de Francia, Italia y Suiza. Ha leído bien. Se trata de una carrera que atraviesa tres países que, precisamente, no son las onduladas áreas fronterizas de Bélgica y Países Bajos ni el estuario del Guadiana entre los lados portugués y español. Ascendimos al pie de glaciares. Nos vapulearon descensos eternos hasta los valles en Arnuva o La Fouly. Subir y bajar.

¿Cómo explicar el significado de esta carrera y de sus homónimas ‘ultra’, sin caer en el dogmatismo ni en la ciega épica? Estos son mis pensamientos, masticados durante horas subiendo praderas y collados colindantes con nieves perpetuas, bajando con los músculos de las piernas doliendo como si los estuvieran cortando con cuchillas de afeitar o sentado mirando el fondo de un cuenco de plástico lleno de sopa caliente.

© The North Face® Ultra-Trail du Mont-Blanc® FRANCK ODDOUX

Superada la ladera que mira al lado sur del macizo, mientras corríamos por una senda hacia el espeluznante Grand Col de Ferret(2.527m), pensé que todo se resumía en un juego de adjetivación. Juguemos a los académicos.

Es fácil plantearlo en estos términos: arrastrar el cuerpo por curvas y contracurvas bajo la mirada de un glaciar puede ceñirse a dos grupos de calificativos. Bien a la fila de lo épico, titánico, monumental o sobrehumano que, como todos sabemos, expulsa de su lado todo cuanto hay de meramente humano. O bien a lo innecesario, soberbio y arriesgado.

Me posicioné a favor de someter al ‘ultra trail’ a un pequeño juicio público. Con independencia del resultado. Sin tener en cuenta mis pensamientos descendiendo durante dos horas por barro y hierba hacia La Fouly o calculando en qué kilómetro me caería la noche, húmeda e implacable. He estado en otras similares. La distancia me ha vencido en algunas ocasiones y se ha dejado ganar en algunas otras. Pero los sondeos previos y posteriores me dan pistas inequívocas.

En pocos deportes queda tan bien plantada la expresión “se agotan los calificativos”. Que un corredor como el mallorquín Tófol Castanyer, que llegó a meta en apenas 21 horas, reconozca que siente una curiosidad insana por saber cómo se comportará su cuerpo después de recorrer 130 kilómetros es sobrenatural. Si lo dijese aturdido por la altitud o la falta de sueño podríamos entender que algo ha fallado en su sentido de la proporción. Pero lo reconocía relajado, confiado en los ritmos brutales que maneja en sus entrenamientos y los desniveles que entrena. Es un corredor de élite del trail planetario.

Lo bestial se muestra no cuando Castanyer o Tim Olson sufran no una sino varias pájaras en una carrera que rodea todo el macizo del Mont Blanc, la cumbre geográfica de los Alpes y 4.810 metros, sino cuando llega a meta después de comprimir en 20 horas una ruta montañera que se hacía tradicionalmente en una semana. Agote ahora los adjetivos que recuerde de sus lecturas y colóquelos detrás de esa demostración deportiva.

Como referencia, con mi experiencia en el mundo de correr, terminadas decenas de pruebas de maratón y más allá, en ese carretillo de horas yo apenas había hecho 60 y logrado entrar en ritmos de cierre de control en el avituallamiento de Champex-Lac. Que ya es otra barbaridad por sí misma. Pregunte ahora a sus conocidos si sus trotes de 10 o 15 kilómetros siguen pareciendo un deporte de locos.

No son, como vemos, adjetivos injustificados.

Lo ultra se come el planeta ‘running’

La Federación Internacional de Atletismo (IAAF) califica como ‘ultradistancia’ toda carrera que supera los 42 kilómetros del maratón. Más adjetivos. Aquello que durante años acumuló los calificativos de ‘sobrehumano’ o ‘demencial’, incluso algo tan ‘dañino’ como correr un maratón es hoy una fiesta que, más lento o más rápido, moviliza solo en EEUU a más de medio millón de personas. Pues bien. Hoy día se estima que 70.000 participantes se embarcan cada año en pruebas de que superan esa distancia del maratón. En la mayoría de los casos se supera con mucho y se generaliza más cerca que lejos sobre los 100 kilómetros.

Es una pulsión planetaria. En el UTMB hubo este año 77 países representados. El país anfitrión no llega a copar en 2014 ni la mitad de los dorsales. Adivinen qué país aporta casi 700 corredores. Lafiebre en España ha multiplicado las pruebas hasta el infinito, ha puesto en alerta a las autoridades medioambientales y ha logrado que las inscripciones se agoten en horas. Sin ir más lejos los 101km de Ronda agotan 3.500 plazas en unas horas. Quizá 10.000 adultos estén pendientes una noche entera de la apertura del plazo delante de sus ordenadores.

© The North Face® Ultra-Trail du Mont-Blanc® FRANCK ODDOUX

Adjetivando: lo extremo es global. Correr 80 o 100 kilómetros concentra multitudes de miles de corredores en sitios tan dispares como la Comrades Marathon (Sudáfrica), Ronda (España) o la SainteLyon (Francia). A lo largo de una mañana y una tarde de carrera hablé con gente de tres continentes y, a la vez, con conocidos de conocidos.

El Facebook del UTMB congrega más fans que los masivos ylegendarios maratones de Chicago, París o Londres. Un factor contribuye a ello y a que, durante la celebración de la prueba, los fans de esa red social hayan aumentado casi en 10.000. La curiosidad y el emocionante seguimiento de los corredores, por razones obvias mucho más excitante que una prueba que termina en cuatro o cinco horas.

Y, por tanto, mucho más viral.

Es evidente que existe una posibilidad cierta. El participante podría abandonar, quedar fuera de carrera o sufrir un percance. La seguridad que mueve el UTMB y la lista de material de montaña que debíamos acarrear a nuestras espaldas -otro factor a unir al hecho de correr tal burrada de kilómetros- no quita la preocupación al familiar o amigo que lo sigue por los canales habituales. ¿Qué tal le va a fulano? ¿Se le puede seguir? ¿No lo traerán con los pies por delante?

En una de las pausas para sacar ropa de abrigo y dar un respiro a las piernas se lo comentaba con cierta sorna a un participante británico mientras me abrochaba de nuevo la mochila. Estábamos ascendiendo por encima de los 2.400 metros y soplaba un fino aire desde los glaciares del Mont Dolent. “Hay más gente pendiente ahora de si desaparezco que el día de mi boda“.

En las pruebas extremadamente largas un participante debe añadir a su peso corporal no menos de dos kilos. Todo ello es debido a que la organización, además de experiencia demostrable, exige siempre un material obligatorio y específico para aguantar temperaturas y meteorología de alta montaña, venda elástica, luces frontales, alimento y bebida para llegar al próximo punto de avituallamiento. “Debe ser desagradable llamar a casa de un corredor para explicar que se les ha despeñado”. Humor negro de cerebros en deuda de oxígeno.

© The North Face® Ultra-Trail du Mont-Blanc® FRANCK ODDOUX

Se exige un seguro al participante porque, desde 2009, se han producido no menos de 15 evacuaciones de corredores en helicóptero y 70 traslados a hospitales. Por tanto, como por arte de magia, se unen la expectación, el miedo y la admiración por la aventura casi épica. Espíritu trail en estado puro.

La escala de valores del esfuerzo

De cara a la voraz sociedad urbana, correr es un mero entretenimiento de oficinista. ¿En qué queda el atletismo de ruta, los medios maratones o los grandes pelotones de corredores populares que cubren el centro de las ciudades varias veces al año? ¿No quedamos que la aspiración superior era emular -de aquella manera- a los galgos del continente negro? Etiopía contra Kenia, el surgir de los maratonianos casi suicidas del país del Sol Naciente, los ligeros maratonianos españoles e italianos de las décadas de los 90 y siguientes. Pero nos hemos instalado en el más allá. No hay una proporcionalidad.

El periodismo cantaba la dureza del maratoniano y las crónicas igualan a las de los ciclistas y sus jornadas. Pero hoy día, probablemente siempre, desde los orígenes del pedestrismo, existen corredores de ambos sexos capaces de recorrer los mismos kilómetros que un ciclista. Campo a través.

Sus 10 kilómetros se convierten en infinitesimales. Se ha enterado de que un conocido correrá 70 kilómetros, qué se yo, en pleno invierno y por la noche. Y se produce un terremoto en considerar qué es épico. Cuando corremos monte abajo se produce una agitación nerviosa en el escalafón de valores de todo el deporte de correr. Montañas abajo, encarando una carpa donde podrás sentarte en un tablón y la lluvia o el sol impío dejarán de empapar tu gorra y pantalones. Podrás comer trozos de plátano cortados con sabe Dios qué y cargar tus botes con agua que fluye de un depósito montado en caballetes. Nadie se ocupa de si sudas, vas embarrado o de tus ojos enrojecidos.

Como si una parte del confort urbano nos expulsara al disfrute ascético. Disfrutamos gastando toneladas comodidad en pos de una ‘maravillosa experiencia’. Más calificativos.

© The North Face® Ultra-Trail du Mont-Blanc® PASCAL TOURNAIRE

El lado oscuro

Recuerde que al principio jugábamos a colocar adjetivos. Faltan los de este otro lado. Los que probablemente no quiera leer su amigo o familiar corremontañas.

Antes mencioné la experiencia que exige el UTMB para admitir su inscripción a trámite. Bien. Es de las poquísimas que lo hace. Carreras más largas no tienen filtro alguno. La existencia de un material obligatorio en todas las pruebas podría estar jugando en contra de la seguridad. La estúpida suficiencia del deportista engreído se une a la justificación de que todo está controlado. Además ha gastado dinero en el mejor material. Pero la montaña no es justa. Es cruel.

Existen los engreídos y los temerarios hasta en el más puro y ecológico de los deportes, no se confunda. En julio pasado un montañero norteamericano, Patrick Sweeney, se vio sorprendido por una avalancha mientras escalaba el ‘corredor de la muerte’ del Mont Blanc con sus hijos de 11 y nueve años. La mezcla entre temeridad, suficiencia y la búsqueda de batir un reto, un récord de precocidad.

¿Qué teclas ha tocado lo extremo en nuestro interior? ¿Ha dado en alguna neurona equivocada?

En la fila de la recogida de dorsales del UTMB se comenta, se chequea y se trafica en contra de la seguridad determinada por la organización. Pronto aparece un experto que recomienda un cambio, una reducción. Estoy de pie detrás de dos participantes de Cerdeña. Les pillo en mitad de chanchullos para pasar el control de material pero luego ahorrar en peso. Horas más tarde la directora de la prueba, Catherine Poletti, nos recordaba en la plaza de la italiana localidad de Courmayeur todas las responsabilidades que adquiríamos. Poletti manejaba dos argumentos de peso: el cielo con amenazantes nubes y las 24 horas que pasaríamos subiendo a esas mismas nubes y bajando a los torrentes. ¿Por qué trampear por el hecho de ahorrar medio kilo a las espaldas?

Finalizada la paliza evaluaba junto con el bloguero y corredor-aventurero Sergio Fernández las tripas de esta partida de blancas contra negras. A nuestro alrededor no había camiseta o chaleco que no acreditasen haber terminado la prueba más larga, más correosa. A más prefijos ‘super’, ‘gran’ o ‘ultra’, a más ‘extreme’, más consideración en aquella pasarela que eran las terrazas de la Rue Joseph Vallot. Era el escenario de los machos-alfa que se puede ver repetido en cualquier carrera extrema, o paseando por el aeropuerto o las cafeterías en las horas siguientes a su finalización.

El dolor de piernas me encaminaba a pensar si aquellos compañeros míos del alma, con quienes había compartido el privilegio de correr por las sendas del UTMB (insisto, no la prueba completa), valoraban más el hecho de terminar a toda costa que el proceso que les llevaba a la prueba. El resultado frente a la preparación.

Los márgenes de riesgo que maneja el participar en una carrera popular, en general, son reducidos. Salvo el propio esfuerzo y tener previsto afrontar distancias normales a ritmos adecuados, no hay riesgo alguno en inscribirse a carreras populares. Tampoco en salir a correr, si se desea y con cabeza, todos los días de la vida de uno. Pero estamos hablando de estirar la fina cuerda del riesgo. Kilómetros verticales en los que se asciende a pie desde el valle hasta la cumbre, récords de velocidad en ascensiones y descensos de los picos más emblemáticos, agencias de viaje que ascienden a sus clientes al Himalaya…

Le aseguro que perdí más de media hora por las precauciones que tomé en cada uno de los momentos en que este ‘ultra trail’ podía cobrarse su peaje. Un tobillo roto o una clavícula desencajada son la diferencia de volver con el orgullo y el físico herido o con ganas de seguir corriendo en los montes. Pisar firmemente en lugar de saltar un arroyo sobre la caliza mojada me alejarán de poder batir mis propias (y tristísimas) marcas en estas carreras.

Sentarse un momento a mirar lo que rodea a la aventura no tiene precio. Tirarse al suelo un minuto en la pradera del refugio Bonatti y masajearse los gemelos castigados nos unió para un buen rato aJoao, corredor ultra portugués, y a mí. Al instante compartíamos filiación, aspiraciones, comentarios sobre sus doloridas plantas de los pies y lo bueno que estaba el caldo que ofrecía el avituallamiento.

Son los valores del ejercicio compartido, aun casi inhumano, los que podrán sostener las carreras de ultradistancia. Desde mi experiencia y ya en el sofá de casa, la deificación del esfuerzo extremo habrá de ser puesta en entredicho. Total, solo hace falta un chaparrón nocturno helador, un fallo con el cálculo de lo que comes o bebes o un tropezón que haga caer mal sobre un brazo para que todo, épica y esfuerzo previos, no valga nada. Al menos, que valga mucho menos que una vida disfrutando de todo lo que nos rodea.

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