Hay cuarenta motivos para abandonar las crónicas extensas pero apenas uno para caer en la tentación de contar una aventura. Cuando la microdifusión tuitera se mostraba como suficiente para ir manteniendo al día al personal sobre la nueva edición de esta estúpida Napoleónica, me levanté esta madrugada y cogí el reloj. Reposaba sobre un gurruño de camisetas y de libros. Marcaba las seis y veinte. Un seis y un dos.

Era hora de extenderse sobre esos dos números. El seis y el dos forman los sesenta y dos kilómetros que hay por la ruta que trazamos el sábado entre Buitrago, la amurallada, y el momento en que se acercó mi santa a recogerme en la linde de Alcobendas y ‘el campo’, como lo llamaría mi buen manojo de amigos manchegos.

El dos con el seis son divisores del doce. Diciembre, el duodécimo mes, vio en 1808 cómo las tropas del ya emperador Bonaparte cruzaban a fuego el paso de Somosierra y continuaban por el camino viejo de Francia, en dirección a Madrid. Lo que pasa es que en aquellos días iba todo algo más lento. “Hemos tenido actividad”, escribía Napoleón a su hermano José I desde una noble casa de Buitrago, “mi caballería persigue al enemigo por San Agustín”. Diciembre, qué menos. Todo tan alejado de los ultras organizados siempre con el calor sofocante. Las condiciones eran perfectas para rememorar que siguen existiendo caminos que conectan y recosen siglos y momentos. Eso y más sandeces pensé en 2010 y de allí salió esta Napoleónica.

Seis también fuimos los que aparecimos subidos a la línea 191 el sábado. Juan, Anaime, Edu, Jose Antonio, Alberto y el convocante. Blogueros, tuiteros, corredores de vieja afición y acomodados a las velocidades 4G para compartir, reaccionar y navegar, bajamos en Buitrago con no más de cero grados y mil ideas. Ropa fuera. Mochilas a la espalda. ¡Ah, cómo han cambiado las mochilas en apenas cinco años! Arrancamos a trotar en dirección contraria para no perder la esencia. Es obligatorio no salir de la villa sin atravesar su muralla, asomar al Lozoya, encajonado, y saludar por el mercadillo de los sábados.

Foto: Anaime Perez

Como la A-1 nació de la mente de un ingeniero trazador a caballo entre el burro y el GPS, tuvimos que ajustarnos a los pasos, cañadas y senderos aún más viejos. El cañadón de casi 120 metros de ancho (dos por sesenta) que corona el arroyo de la Tejera en el que Anaime sacó la foto donde se ve el frío que duerme sobre la hierba. Las sendas del espaldar de la Cabrera o un trazado viejo de una carretera hoy muerta y que sorprende por sus dimensiones. No faltaron las risas, la charla y los primeros desfallecimientos. Para eso contamos con una red de transporte público, para recoger los restos óseos de los caminantes. Aunque estén embutidos en ropas del siglo XXI y por dentro circulen las patatas al alioli y las cervezas de la ruta.

Foto: Juan Seguí

Y es que en una Napoleónica se trota, se camina pero, sobre todo, se para. A mirar las cosas, a pedir bollería industrial indispensable, cerveza con limón o sabe dios qué pediríamos con días eternos y piernas incansables. No es casualidad, de todas maneras, que éstas se cansen. Somos, jugábamos, mejor, a soldados imperiales con prisa por llegar a Madrid con la luz del día. La prisa, ya se sabe, cansa.

Jose Antonio me contó su historia y yo seguro que le aburrí con algún fragmento de la mía. Sendereamos por caminos fantásticos, por dominios del Canal de Isabel II, por orillas de ríos como el Guadalix, que viene de alimentar las mil y una urbanizaciones. Este Jose Antonio es un mostoleño duro de pasado reciente intenso. Volveremos a coincidir. Seguro. Cuando lo dejé en San Agustín pensé que nos veríamos en bastantes de estas. El tiempo dirá.

Nota al margen, los números del día, seis y dos, tintinearon en el cronómetro en forma de hora y minutos para recordarme que estaba siendo sumamente rácano con el comer. Por haber cargado de sobra en días previos y sostener el físico con sales y líquido (vale, y un par de donuts de chocolate en Lozoyuela), las tripas exigieron una parada en un supermercado. Breve y al asalto. No os preocupéis. Pagué. Pero quería -de nuevo- no tardar más de dos horas en el tramo final. Dieciséis kilómetros por delante con monte de encina y poco más, rodeando el Soto de Viñuelas, el sol cayendo a mi derecha y cincuenta kilómetros en mis piernas.

Adornaría este párrafo con dolores, contracciones involuntarias de músculos fatigados y visiones mágicas de un sol inexistente, pero esto, en definitiva, es poner un pie y luego otro. Llevamos con el mismo gesto millones de años. Y dos horas con dolor de piernas son el cero absoluto en la eternidad.

Ocho horas y media después de haber bajado del autobús, contadas un tanto a lo burro, llegaba un soldado sin afeitar al final de todo, despojado de su brillo imperial, del hilo de la historia, de sus acompañantes. Y sesenta y dos kilómetros más viejo.

L’Empereur.

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