A lo largo de los últimos meses hemos vivido la definitiva inundación del “correr para contarlo”. Ser corredor (y que trascienda) por encima de correr. Ser algo antes que hacer cosas.

El signo de los tiempos.

Por un lado está la tentación de gritar “¡Pero corre y deja eso!” al runner (sic, con perdón) que para en la cuneta a ajustar su artefacto en el brazo. De pedir por favor que bajen todos los bastones de las goPro porque no se ve el arco de salida ni el ambiente de todas esas cabezas que se extienden hasta el final. De apagar, en definitiva, toda conexión a internet.

Por otro se mira con simpatía la final eclosión del correr. Del runear, del jogging, qué más da.  Qué queréis que os diga. Por fin esa ciudad atocinada que era el Madrid de los ochenta ha comprendido que se está mejor corriendo que frenando.

O no. Que quizá la cosa sea tan sencilla como que nos han enganchado con las herramientas de mercado adecuadas y que, gracias al cielo, el cuerpo aún funciona.

De cualquier manera, se corre. Y se escribe de ello. Mirad este mismo post, si no. Tanto hablar de correr, tanto escribir sobre la importancia en la economía, estirar las cifras de hace dos años porque interesa mantener un rinconcito del correr en los medios de comunicación… ¡vale ya!

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Corre y calla, como dice mi padre.

Hay un grupo de los años setenta, Alternative TV, que caricaturizó desde dentro todas las contradicciones del movimiento punk. Cantaban ridiculizando “How much longer will people wear / nazi armbands and dye their hair“. Era un resumen sintomático de los años de lucha de un movimiento musical espontáneo y las estabulaciones del mercado de la cultura. ¿Cuánto duraría aquello? Qué mas daba, si se perdía la frescura del mismo desde el momento en que crecían industrias y agentes alrededor.

El mismo hecho de sacar el disco superaba el legado DIY (háztelo tu mismo) de juntarse a reventar las cuerdas de una guitarra. Cuando John Lydon, el cantante de Sex Pistols reflexionaba a toro pasado en su No Irish, No Blacks, No Dogs sobre los jóvenes que acudían a los conciertos semiuniformados con las crestas, las medias rotas y las cadenas de perro, encontraba que había movimientos que se deglutía a sí mismos.

La actitud era la de ser innovador y resistente ante los uniformes. Doscientos punks mimetizados en la estética eran ya el primer error. También eran el más fatal de los síntomas. Parece que, por cada nueva sístole de la locura humana, cientos de capilares están deseando retornar la sangre de esa locura, besada, adorada, asumida como propia y con la etiqueta “recuerda, corazón, yo también soy de los tuyos”.

Correr nos deja vivos. Nos demuestra que hace falta muy poca energía para saltarse las barreras de la vida (sic) del siglo XXI. Sofá, coche, comida empaquetada y electrónica doméstica saltan en añicos con la primera zancada. Con dos pasos se inicia un trote. Todo está en marcha.

Pero nos empeñamos que, con la tercera zancada, todo un cuerpo teórico esté comiéndose el trabajo de liberación sencilla que nos han regalado las dos primeras. Qué manía. Si es un reto, si es un objetivo, si tiene que conducir a algo, si la identidad de ser corredor…

Absolutamente emperrados en no ver la libertad que tenemos delante de nuestras narices.

Probablemente no tengamos tiempo ni de analizar qué viene alrededor de que salgamos a correr. Los de Alternative TV terminaban su canción con la conclusión “we all don’t know nothing / and we all don’t fucking care“. Si convertimos el sanote correr en una tendencia más, preparémonos para verlo languidecer como una tendencia más.

Corre y calla.

En virtud de una infancia austera, imagino, tiendo siempre a desmitificar. Correr es seguir echando paso tras paso mientras se hacen otras cosas: hablar con un compañero, escuchar una historia interesante, oír música o imaginar hasta dónde llega esa montaña, qué hay detrás del último árbol. ¿El anglicismo inexcusable? ¿Por qué? ¿Necesita un trote de cuatro horas de modo imperativo un par de adjetivos épicos o medievalistas? ¿No es ese el paso previo para despreciar el simple hecho de salir a correr alrededor de un campo de fútbol?

Fijaos en qué se ha convertido. Lo que no lleva ribetes rimbombantes no es un reto. Si no calza un tú puedes es un entretenimiento pachanguero, indigno.

Las castas.

Luego nos extrañan comentarios insultantes a Cristina Pedroche porque tardó cinco horas y media en un trail de 32 kilómetros. Claro. Los supercampeones de la hormona o el burpee ya son otra categoría. Dejaron atrás el estamento del sanote trotecillo.

Ya no corren. Ya no callan.

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