Cuando me embarqué en echar una mano a Roberto Leal en su camino hacia las pruebas en montaña se me descolocó un 2015 que suponía tranquilo. De nuevo tocaba mirar algunos fines de semana para salir a correr a lo tonto. En el calendario se nos cruzó una buena ocasión de conocer nuevos paisajes a escasamente media hora de coche de Madrid. Correr una cincuentena de kilómetros mostrando las perrerías de las largas distancias a Roberto, mientras uno para a ascender un barranco, bajar una pista, acelerar después de un tropezón o buscar la señal de marcaje del día: un monigote azul al que llaman Genaro.

¿Quién era ese tal Genaro al que dedican un GR completo y que se dedicó a dar la vuelta al embalse del Atazar?

Aparentemente era un mero muñeco recortado en una plantilla de cartón. A lomos de unas yeguas, un grupo de una treintena de senderistas marcó hace años un conjunto de sendas medio perdidas y las unió a pistas preexistentes y caminos de acceso a esa obra de ingeniería que regula el acceso de agua potable. Madrid necesita agua para sus madrideces. Esto es así.

Como monigotes, aunque totalmente colorados por el primer baño de calor del día, llegamos al Berrueco tras dar la vuelta a esos cincuenta kilómetros. Genaros éramos cada uno de los que salimos equipados con mochila y comida y bebida. Genaro era, lo descubrí luego, el tipo que llevaba a mi lado durante toda la mañana. La ‘genarización’ de los corredores en monigotes fue integral.

Unos correrían diez kilómetros, otros veintiseis y nosotros cincuenta. Sendereamos todos la estrella de cinco puntas en dirección de ese pueblo de fantasía (cuidado con las fantasías) y pizarra llamado Patones de Arriba. Nos hartamos de pizarra y jara entre los pinares y cerros de la sierra que tapona el Atazar completo. Bajamos a los barrancos con nuestra pinta de muñeco azul contrahecho a pasar todo el calor del mundo. Remontamos las faldas de innumerables quebradas, vimos panales de abejas, se nos desataron cordones y bebimos todo lo que nuestras mochilas permitían.

Así pasamos el día uno de Alcalá de Guadaira y yo. Entre buena gente, caminos y tropezones. Me pregunté muchas veces sobre qué habría detrás de esas majadas abandonadas y las sendas de herradura. Cuánto monte solitario rodea Madrid y sus seis millones de blandos urbanitas es un misterio complicado de comprender. Solamente cuando alejas el zoom de nuestra supuesta importancia y ves el vacío en cien kilómetros a la redonda lo entiendes.

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Las historias de hace setenta años son diferentes a las que escribimos ahora.

Imaginamos que subir desde abajo del todo hasta el poblado del Atazar debió ser costosísimo cuando eras el médico y te desplazabas en mula. Que enterrar las penas o a los seres queridos sería una pelea contra la pizarra o que, si el terreno no daba, muchos echarían el cierre a la casa y se irían a la prometedora ciudad.

Hoy llegamos por ocio. Llegamos en moto. Llegamos sudando pero con un avituallamiento garantizado. Cuando coronábamos la calle de la Cuesta nos reímos con esa tranquilidad de saber que los chicos de la organización nos mimarían. Metíamos la cabeza en el pilón fresco porque ya hay agua garantizada en el pueblo. Olía a mesón-asador incluso en día fuera de celebraciones. Y si hubiésemos llegado de noche a cualquiera de los rincones de la zona, alguna farola nos alumbraría. Son diferencias sustanciales entre viajeros, entre Genaros.

Siete horas son muchas o son pocas para dar la vuelta al Atazar completo. Dar todo ese rodeo también es parte de esa forma de vida de hacer deporte de manera exagerada, innecesaria.

Pero engancha. Las largas distancias son cada día más accesibles. Roberto iba superando sus previos topes de distancia corriendo y en horas de esfuerzo. Con una mochila fantástica en la que metes lo básico para sobrevivir y apenas pesa, todo es más fácil. El calzado del correr en el monte, el conocimiento de uno mismo, todo son pequeños factores que aseguran una cosa: cada día estamos más capacitados para ir a hacer el bestia y que, a nuestro regreso a casa, siempre haya gente preguntándose si la aventura no era quizá tan bestia.

Genaro es ese monigote azul que llega a casa y sonríe tras la paliza. Genaro debió ser un personaje de la zona al que los retos le parecían barreras absurdas.

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