Soy hombre de pocos bancos. Somos en mi familia un grupúsculo poco de bancos. Mi hijo Martín, cuando tenía tres años, consiguió que desmantelaran los bancos de piedra del patio de su colegio. Lo logró abriéndose la ceja contra uno de ellos. Mi padre tiene pendiente una monumental con los del osito blanco. En general evitamos pronunciarnos sobre encuestas financieras porque, tanto mi santa esposa como yo, acarreamos un saco de imprecaciones siempre listas para ese momento.

Aún así, hay veces que toca comerse el tiempo disponible e ir. Joderse y cerrar la puertecita de esa torre de cristal.

-“No. Yo es que lo hago todo por internet” – E ir.

Hace unos meses saqué del uso público y deportivo un par de zapatillas de mis buenos compadres de la marca Salomon. Vivieron estas zapatillas tal número de perrerías que fueron fruto de analítica, no financiera sino deportiva. Se habló de ellas aquí, aquí y en algún otro artículo donde me dio reparo. Las vi, a las coloradas aquellas, ir perdiendo lustre.

¿Qué pinta aquí la historia de unas zapatillas usadas si hablo de bancos?

¿Quién ha tomado el hilo de la historia de una familia que bufa contra la banca para terminar hablando de las CrossMax?

Permiso.

Aquellas rojas y negras vivieron el generoso destete de la cajita y del olor a nuevo. Vinieron desde la sede donde los chicos de Salomon asignaban material a esta escuadrilla de alimoches. Fueron niñas y empezaron a correr por raices y rocas. Adolescentes rebeldes que rozaban cuando no se las pedía. Machacaban al progenitod, al probador de materiales donde más daño hacían.

En la delicadeza de domarlas se cometieron abusos. No los declaré todos. No era más que un caso de estudio de este experimento llamado Field testing. La prueba de material zapaticida incluiría el rozamiento, la mutilación de las plantillas y, finalmente, el abandono.

Bancarse las ganas de llorar por ellas fue el penúltimo paso. El viaje estelar que nos llevó a mis chicos y a mi hacia las tierras de Santiago. En aquella semana de Agosto en que la meseta se sacudía el polvo, las zapatillas realizaban su último cometido.

No. Un penúltimo, entiendo ahora.

Nicolás, el otro gemelo, tiraba de las crossmax hasta llegar al punto de conexión de todas las cosas. Al campo de estrellas de cada uno. Si peregrinaste alguna vez, sabrás que todo lo que no tiene sentido, lo cobra de repente.

Al punto generador de los siglos de este país y al que todos regresan ,en sueños o a pie, acababa de abrir el carrete y conectar el hilo de dos historias. Porque las historias son madejas almacenadas en casilleros infinitesimales. Y un demente con tiempo infinito y escrúpulo cero suelta el hilo y es capaz de mandarlas a la puerta de un banco.

A esas zapatillas rojas y blancas de la puntera desgastada. De las que no se ven muchas.

De hecho solamente se ven cuando alguien las transporta. Yo apenas las transporté a un contenedor bajo mi calle, apoyándolas contra el lateral. A la hora que fueron depositadas no transitaba mucha gente. Incluso los banqueros habían dejado de merodear hasta la más ínfima posibilidad de negociado. El contenedor de basura les debía parecer yermo de oportunidades.

Igual ahora no.

Porque comienzan a brotar las grúas de nuevo.

Pero no entonces. Era un lúgubre mes de Noviembre y ni el presidente de los presidentes veía claro lo de las grúas.

El abuelo sí lo vio. Tiró del hilo de la historia y era cuestión de que alguien parase a leerla.

Hoy las he vuelto a tener delante. Sostenían dos piernas arqueadas de loneta azul de trabajo en el campo. Había donde mirar. Al escaparate rococó de la panadería. Pero no. O el bastón de la esgrimista octogenaria. Pero tampoco. No. La vista se me cayó de modo inmediato al embaldosado.

Ahí estaban. En su penúltima prueba de material. A la puerta de la entidad bancaria donde nadie dirá al abuelo que gaste en zapatillas. Si existe algún corredor de monte en la agencia probablemente se le haga la mañana más corta. Aún.

Se lo comento con urgente sorna a mi esposa. Si los chicos de Salomon ven esto…

Deberíamos empezar a creer en tubos inmateriales por los que se cuelan las historias de las zapatillas.

§

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