SLab ADV Skin 12Set. Probablemente sea el último dedostontos en escribir una prueba sobre las bondades de esta mochila. No. Bueno. Habrá otras posteriores. En cierto modo internet se retroalimenta del conocimiento popular. Dicho lo cual, aviso también que no será ni la prueba más sensata ni más completa.

El código es rojo y negro. Salomon, aunque malvive en mi espectro cromático incrustando blancos por ahí, blancos que solamente quedan bien a los veloces galgos del trail, Salomon -insisto- nos hace firmar un código de color rojo y negro. Un código de colores salvaje como la explosión de estilo de los anuncios de Campari. En este punto es donde este review diverge de las demás visiones. Aquí tienes un punto y aparte como puerta de salida.

La mochila. Más de 400 kilómetros y 90 horas de prueba, de cóctel. Escoge tú cómo llamarlo. Cuando nos colocamos una mochila con la que vamos a convivir durante horas, los parámetros son ajuste, capacidad, y accesibilidad a los bolsillos y elementos de hidratación. No hay desacuerdo en que “la 12” ofrece todo eso. A carretillos.

Foto: Salomon.com

Absolutamente todo lo que seas capaz de meter dentro de sus compartimentos irá pegado a tu cuerpo esmirriado mejor que la manera en que te quedan los trajes de tres piezas. Por descontado, cabe lo suficiente como para embarcarse tanto en vueltas al cerro de tu pueblo como en travesías de varios días. Es un tejido elástico a la que llaman Malla Power y Sensifit. Ligero, resistente a los embates del monte.

Y, si tienes brazos con codos flexibles 270º, podrás llegar a todos los rincones de la mochila sin necesidad de sacarte todo de la espalda. Yo no los tengo y además se me sale el hombro izquierdo.

Sea, entonces. Todo lo anterior está fantásticamente glosado por las referencias habituales de prueba de material de montaña. Pero yo quiero hablar de los colores. Y del amargor alcohólico de un buen gin-Campari.

Dulce es tener todo ese tejido elástico adherido al cuerpo. La manera en que lo negro del anuncio se ajusta, no se mueve durante las batallas por las montañas y los reposos en la silla de los cafés. Me gusta decir que una prenda es cómoda cuando reparas en ella al final del día, sin darte cuenta que la llevas durante horas. La sensación de no llevar mochila es eso mismo. Llegar hasta el fondo del vaso, oscurecido por esos reflejos color caramelo.

Amargo es el regusto de parar a colocar las famosas botellas flexibles dentro de sus bolsillos pectorales. El Campari que colorea esa mochila deja la sensación de “Ay, se calentó demasiado pronto el vaso”. El derretir los hielos en una tarde al Mediterráneo extremadamente cálida. Calzarse “la 12” es como ser un adicto a los cócteles torturadores. Cuantos más kilómetros y horas pasamos, más corto nos parece ese dulce y más persistente es el rojo, el amargo.

Qué vamos a hacer. El mundo maya moría por el agua amarga del cacao. El clavo de Madagascar, la frambuesa, el limón o la canela de Ceilán, el ruibarbo y la cáscara de naranja. Todo va hilvanándose con la fatalidad de la adicción. Complicado es pasar a las otras grandes mochilas-chaleco del mercado. A las prometedoras Raidlight Ultra Olmo o las tremendas Ultimate.

El ácido de la ginebra es la única explicación posible. La bebida del imperio británico. La reina de las bebidas holandesas. Es casi imposible saltar del balcón de la gran señora de las mochilas.

La combinación de rojos, negros, dulces, amargos. Un par de grandes bloques de hielo y una piedra suficientemente grande para descansar un minuto después de remontar un col de 2.400 metros. El vestido ajustado y los tacones imposibles. Los arañazos en las manos y las uñas de los pies destrozadas por los descensos. Hay tan poca diferencia entre todos los momentos exclusivos…

Anuncios