Fui reclutado para echar una mano a unos compañeros del trote y de las teclas. Como si de un anuncio de una expecidión polar de sir Ernest Shackleton se tratara, me ofrecían a cambio una incierta gloria, y un retorno ajustado a cumplir con mi cometido. Es decir: se me sugería devolver enteros a tres periodistas a los dominios de la Avenida de San Luis. Bien es verdad que he guiado a decenas de corredores inexpertos pero nunca sobre tantos kilómetros. En plata, pastorear periodistas en una prueba pedestre de cien kilómetros trasciende el pastoreo. Es un áspero modo de jugarse los huevos y el prestigio.

Afortunadamente los implicados tenían algún bagaje maratoniano, como Jose María Robles. Incluso uno de ellos, Juan Fornieles, ya había saboreado los caminos de Ronda algún año atrás. El único punto de duda era saber hasta qué cuesta, curvón o pueblo llegaría Quique Falcón. Un voluntarioso corredor pero algunos escalones por debajo de lo exigido para las más tremendas rectas de la campiña de Ronda (Málaga). Correr y caminar bajo el sol. En esto el pasado y el presente siguen abrazados. Sin trucos ni atajos.

En los largos diez años desde mi anterior participación en los 101km en 24h de la Legión (2004-2015) he visto cambios. Siempre para mejor. Siguen siendo los mismos kilómetros. Las reglas del juego están ahí desde que se creó el formato. Tienes veinticuatro horas por delante para completar el circuito que te pongan sobre el mantel los organizadores. Estos, el Tercio Alejandro Farnesio, también son los de siempre. Si han sabido adaptarse a misiones en Líbano o Afganistán, lo han hecho con el aumento de participantes. Un ascenso gradual de la popularidad del evento sobre el que luego querría explayarme.

Territorio cientounero

El tablero es un clásico formato de campo, olivar y pendientes del interior malagueño y gaditano. Porque en los 101 da tiempo hasta a cambiar de provincia.

Los topónimos echaron raíz hace siglos y el polvo blanco de los carriles, como son denominados aquí, se mete en cada poro y orificio del cuerpo. Uno contra uno. El corredor (al que aquí denominan marchador, por motivos de epistemología militar) contra la distancia. Y así debe ser. Ni el paso de las modas ni la preparación puede suplantar al esfuerzo. No lo hace. Con el tiempo uno no ve corredores más rápidos ni pájaras o desmayos menos monumentales. Las horas pasan igual de lentas y la gota malaya del paso de la tarde a la noche taladra nuestras cabezas del mismo modo.

En cierta medida yo estoy encantado que esto sea así.

De todos modos, hay cosas que no cambian. Mi preferencia por las zapatillas trotonas y cómodas (mis blandotas y cómodas Skechers GoUltra) se acerca a un acomodo patológico. Qué ironía. Llamamos ‘comportamiento comodón y adocenado’ a tics en un deporte que puede llevarte a consumir hasta diez mil calorías, machacar las plantas de tus pies y poner los riñones contra la lona.

Otras, sí. La mejora evidente del material hace todo más fácil. Mochilas del calibre Salomon Skin Adv 12Set, bastones quien los quiera usar o la evolución de la alimentación en carrera. Como contrapartida, esas mejoras llegan cuando tenemos más años y más dolores. Y por mucha experiencia que acumulemos, la mejora se quedará en un alivio temporal del sufrimiento. La vida misma.

¿Momentos mágicos?

Abstraído por el laboreo de los chicos de la redacción, corrí pendiente de que todo funcionase. Así que me perdí muchos de los apasionantes momentos que uno vive en una de las carreras más bestias del calendario español. Recuerdo que pasamos bajo la puerta grande de una antiquísima plaza de toros, que los participantes paraban a hacerse fotos en cada esquina, vitoreaban enseñas, nombres de amigos, canciones de aguerridos cuerpos militares.

Del mismo modo recuerdo desmayos por el calor, tipos grandes como montañas sentados en un banco del comedor de mandos del cuartel con la mirada perdida, corredoras acalambradas y conversaciones llenas de dolor al teléfono. Ese teléfono que nos permite pedir auxilio emocional y nos ofrece una ventana al desahogo, la ira o el pitorreo. Maldito seas, teléfono.

Los momentos mágicos se disuelven cuando uno tiene una responsabilidad, estamos corriendo con 32º al sol y todo ha de encajar. Decir cuándo beber y cuándo caminar al grupo. Callar para que disfruten de su valentía o hablar para que no se den cuenta de un momento de debilidad o un fallo en carrera. Por cómo discurrirían las primeras cuatro horas, era primordial dejar a Quique calmado y en buenas manos. Corría con cierto miedo. Era también su primer abandono rondeño Rondeño o cientounero, como se dice ahí. Algo normal, pero desconocido para dos de los tres amigos (ya convertidos en amigos del alma, evidentemente).

Hubo momentos de crisis. Según va la literatura épica del correr serían esos en los que tiras de la motivación. Prefiero recordarlos como momentos en que te acuerdas de los tuyos. Más bien, de los antepasados de los de otros. “¿qué hago yo aquí?”. Sin ir más lejos, el fenomenal repaso que nos dió el tecnicismo trailero. Desconocedores como éramos del recorrido en detalle (sufre cambios desde aquella edición hace diez años), nos metieron por ese eufemismo llamado “zona muy divertida”. Una zona muy divertida supone que, cuando llevas ochenta y cinco kilómetros en las piernas, se cambia totalmente la esencia de los caminos de la zona. Se buscan las sendas verticales y los pasos entre arbolado. ¿Divertido? Claro. Y precioso. Pero no al final.

Más y más cientouneros.

La masificación me sugiere varias preguntas. Las bicicletas han tomado la delantera y la prueba acoge miles de ciclistas de ruedas gordas. ¿Puede el Tercio con la doble masa? El evento duplicado pasa del éxito total al abismo del caos. ¿Esa coexistencia de los dos pelotones más enfervorecidos del deporte al aire libre nos libra de criticar la gestión de la basura? No quiero imaginar al legionario con el que pegué la hebra a la una de la madrugada en el cuartel. Si se quejaba amargamente sobre no poder ver a su crío ese fin de semana, qué sería si le encomendaran tareas de limpieza.

Porque, amigo, siete mil deportistas montan un marraneo supremo. Y es que somos unos cerdos. Sí. Los salvadores de la civilización ociosa y sedentaria. Los bikers y los runners y los trailers. Así, como concepto.

El aspecto de la zona de avituallamiento del campo de maniobras era peor que un concierto. Los caminos ofrecían esa señal indeleble del tragamillas que decide comer el gel ahí mismo y, ahí también, deshacerse del envoltorio. Acarrear 480 gramos de mierdas varias desde la salida y ser incapaz de regresar a meta con 35 gramos de envoltorios.

Es indiscutible el impacto saludable del magno evento sobre Ronda y la zona. Los tan conocidos estudios de dineros que riegan las ciudades en día de carreras están ahí. Se come. Se cena. Se desayuna, echa gasolina y toma una caña. Recomendable es probar un año en estos 101 solamente por intentar encontrar ese alojamiento. Y hablar con Paqui y descubrir como la venta frustrada de viviendas tiene un fin de semana de alivio con el alquiler a los deportistas.

Probablemente esa marea de visitantes mueva sola la energía que necesita la prueba. Ronda ya va sola cada año en busca de su fiesta de la kilometrada. En los primeros días del invierno salieron 7.000 dorsales y a ellos acudimos 21.000 opositores. Cifras que duplican el evento al que asomé la cabeza hace ahora once años.

Sin duda alguna. Los 101 siguen siendo un evento absolutamente mundial. Mundial de aquella manera. Porque Andalucía es un mundo. Yo diría, a falta de estadísticas fiables -mi falta de tiempo en buscarlas- que un 80% de los acentos que uno oye en carrera son orientales u occidentales, costeros malacitanos o de los olivares del interior. Pero es evidente que, por encima del pujante Maratón de Sevilla o de los movimientos ciclables por sierras y antesierras, el espectro del deporte al aire libre andaluz sigue viviendo por y para esa enorme fiesta.

Curioso. El mismo fenómeno que encontré en la SainteLyon (de Saint Etienne a Lyon a pie). Apenas acuden corredores de fuera de la zona de influencia. Apenas algún extranjero y eso que la Legión y la ciudad de Ronda tienen un caramelo exportable de dimensiones considerables. Habrá que dejar que todo lleve un ritmo y un camino trazado por los organizadores. Dos décadas de evento les respaldan.

Entre tanto, iremos y regresaremos para contarlo. He tenido el privilegio de participar de una manera especial. Ayudando. No fui el único. Vi curtidísimos corredores guiando un grupo al igual que hacía yo. Acumulamos historias esa suma de kilómetros de todos nosotros, lo mismo que nuestras trazas repasan a rotulador cansado esa recta con apenas cuatro encinas que dan sombra. Los 101 de Ronda son los kilómetros-álbum de nuestra juventud, las imágenes de la bajada asfaltada que destroza los cuádriceps en dirección al cuartel o los dos caballeros legionarios subidos en el pozo zacando agua de la garrocha.

Sacri, Quique, Juan y el bicicletero Luisfer son ya parte de mi bagaje. Son más que página y media. Vedlos pies en alto. Vedlos dormidos al llegar a meta. Viajando despreocupados en la furgoneta o trasteando con los teléfonos a la salida de un área de servicio en la A-4. Hoy cuentan a sus familiares y amistades que un día compartieron aventura con los soldados del verde oliva.

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