Luis Arribas. Runner’s World. En 1951 un grupo de excursionistas organizan una marcha de dos días que une Saint-Ètienne y Lyon. Sesenta años después todo se les ha ido de las manos. 14.000 participantes cruzan corriendo de noche, varias distancias por delante. La más popular, los 72km a los que acudimos para contártelo.

Afueras de Lyon.
Nueve de la mañana de un domingo de invierno. La dureza de un recorrido sin grandes montañas pero continuados rompepiernas nos tienen clavados unos segundos en mitad de una cuesta infernal. Alguno para y mira atrás, esperando a que se llenen los depósitos como por arte de magia. Al fondo queda el valle del Ródano. Restan aproximadamente unos diez kilómetros hasta meta. Ha amanecido hace apenas cuarenta minutos y los escalofríos acentúan el dolor de piernas. Y sabes que bajar a la urbe no se habrá diseñado siguiendo la ruta más fácil. Esto es puro trail, barro y frío.

Doce horas antes nos apiñábamos 14.000 corredores en pabellones —6.500 participantes en la prueba reina— y carteles indicando líneas de salida variadas. Habíamos sido trasladados al kilómetro cero por decenas de autobuses. Desde Lyon salen decenas de autobuses que te dejan para la cena de la pasta en la línea de salida. Un tinglado mundial donde las formas son exquisitas. Sin prisa, miles de runners comen y descansan.

En la avenida que linda con el palacio de los deportes, una masa abrigada hasta las cejas enciende los frontales. El vaho sale de las bocas en pos del tres, dos, uno que nos haga arrancar. Todo esto discurre cada puente de diciembre en la ciudad de Saint Etienne. De una ciudad a otra se celebra un clásico del trail running en el país vecino. Es la SainteLyon.

Hace sesenta y un años el trail no estaba de moda. De hecho hasta pasados unos años el reglamento separaba caminantes y corredores. Pero dos o tres eventos hicieron que los franceses se tiraran al campo. La ‘sainte’ fue uno de ellos. En la década de los ochenta ya eran cuatro mil los inscritos. Esto tenía yo que probarlo. Y venir a contároslo.

La ruta
Parece difícil convencer a miles de runners para correr durante setenta y dos kilómetros mientras caen copos una noche. Pero se logra. Fuera, niebla cerrada y un cielo que amenaza nevada. Nos salvaremos de ella (no fue así en 2013) porque un viento del norte congela todo bicho viviente. Rondamos los cero grados. Pues, a pesar de ello, el diseño de este recorrido, sin alardes pero con una armonía perfecta entre ruta y bosque, provoca que este sea el evento más antiguo y masivo del trail francés. También quizá el más francés. Jean-Louis comentaba en la salida que “quizá no le ha hecho falta internacionalizarse tanto como el Ultra del Mont Blanc”. Con tres ‘saintes’ en sus piernas, él ha pasado el tiempo de espera en el suelo del pabellón multiuso, metido en un saco de dormir sobre una esterilla y comiendo un plátano con parsimonia. Y es que la espera es larga.

Se puede correr la clásica ruta senderista de cabo a rabo. Por relevos. Incluso los debutantes pueden cogerle el tranquillo al evento corriendo una ‘mini’ de 27km. Un asunto que nos proporciona poco consuelo al contingente de tres corredores españoles. Los tres, debutantes y que miramos en la grada, sentados, qué puede indicar tal o cual cota en el perfil de la carrera.

Las únicas condiciones del contrato son seguir las flechas amarillas y los cientos de luces frontales que te precederán. Miro la tranquilidad que irradian miles de colegas con el peto-dorsal ya colocado, tumbados, cenando o moviéndose con calma para dejar a la organización la bolsa con las ropas secas. No es una carrera normal. No cuentan solamente las fuerzas y las condiciones del día. Al complejo juego de fuerzas hay que añadir la noche. Quizá, el coraje.

Courage
Las contradicciones del campo son así. La visión idílica del silencio de la noche, los perros ladrando y el viento azotando tus oídos queda rota de inmediato. Hay público. Hay rhodaniens subidos en mitad de un bosque con campanas, una hoguera y que han iluminado un trozo de sendero como si fuera una verbena. Hay stéphanoises que llenan el paso por una aldea como si cruzara el mismo Tour de Francia. Se oye el famoso ‘courage’ por todos lados y el corredor se siente parte de una ceremonia de respeto. La distancia y el recorrido, a pesar de no ser montañoso, requieren de respeto mutuo.

Millones de unidades de luz en mitad de la noche e imágenes cautivadoras. Viajar a este trail marca en la estética de lo percibido. No hay grandes panorámicas alpinas. No hay casi grandes panorámicas. Está la interminable fila de puntos blancos que festonea cada cerro y cada granja. La estética del preciosismo de las aldeas galas que creaban en los cómics de Asterix o un cañón de aire caliente en un puesto de avituallamiento. El bardo atado a un árbol frente al pitido de los chips cuando pasan por el lector. Correr con los poros abiertos para sentir y los oídos para que te guien en la noche. Pero esto no oculta un hecho. Queden sesenta o veinte kilómetros por delante, el coraje, los cuádriceps y tu sistema térmico tienen que continuar trabajando. Quemar hidratos y grasas y lo que lleves dentro.

Parar es comenzar a temblar. Los vencedores rondan las cinco horas y media. Su entrenamiento les permite volar por los avituallamientos que tú esperas para encontrar una silla y un cobijo donde no haga frío. En el palacio de deportes de Lyon la meta acoge a todos con una auténtica sinfonía de música y rayos láser. Pero, para los miles de corredores que peleamos contra senderos embarrados, andar en pantalón de correr y cargado con una mochila a las cinco y media de la madrugada es una exigencia rara del guión que hemos elegido. No aclara todavía ni el viento gélido da tregua.

La meta cerrará sus puertas cuando discurran quince horas. Finalmente el participante encuentra que el gran Ródano está ahí. Solo hay que bordearlo, subir las escalinatas del puente, cruzar a la otra orilla y arrastrar los restos óseos, llenos de barro y de dolores, hacia el parque lineal en que está enclavado el palacio. En un detalle de sensatez, también derivado de las múltiples distancias, en la línea de meta confluyen nuestras variadas experiencias. Los locutores cantan a todo trapo todas y cada una de las llegadas. Correr embozado con gorro y tener los músculos de la cara medio entumecidos por el frío nos obliga a componer la mejor de las sonrisas cuando subimos la rampa del arco de meta. En ese momento olvidas la dureza del sueño, cada rozadura de la mochila, las caídas en el barro y el llevar cocidas y empapadas las plantas de tus pies.

Del mismo modo es irónico que en esa ciudad se esté rindiendo un homenaje a la iluminación en todas sus formas y que solo pienses en tirar tu frontal a tu mochila. El alivio de llegar a un sitio cobijado, caliente. Que tras la puerta del pabellón haya una ciudad viva y no un camino que serpentea, de nuevo, a oscuras entre bosques. La luz que te ha guiado, agotado tus ojos y se ha clavado en tu frente, permitió que una aventura considerada demencial hace décadas sea nuestra nueva muesca en la mesa de las experiencias como corredores.

Días después aún repaso el perfil y el mapa, intentando reconocer algunos tramos y situando sensaciones que bordeaban lo onírico. Creo tener todas conmigo si aseguro que las 9h47 que estuve corriendo y reptando por las tierras entre Saint-Ètienne y Lyon pasaron como un suspiro.

Un suspiro de viento helador. Si sentiste un escalofrío en algún momento de esta lectura, habré sabido transmitirte algo.

Texto aparecido en la versión iPad de www.runners.es
INFO PRÁCTICA
Distancias 72k y 27 (mini). También relevos de 2, 3 y 4 corredores.
Web http://www.saintelyon.com
Terreno: caminos, asfalto y sendas por bosque. Es fácil coger el ritmo de carrera en un diseño que huye de los grandes collados alpinos. Barro y nieve están siempre presentes debido a las fechas en que se disputa. Por las bajas temperaturas, escoger ropa adecuada fundamental. Difícil abrigarse mucho y romper a sudar, y también difícil pasar horas al crudo frío invernal. Los dorsales se agotan en unas semanas. Precios de alojamiento y billete de avión muy solicitados. Coincide con gran fiesta del invierno en la ciudad.
LUZ, MÁS LUZ
Vas a correr y, además, puedes conocer la segunda urbe francesa en uno de sus momentos de esplendor. El puente de diciembre coincide con la Fête des Lumieres. Se celebra el día de la Inmaculada desde 1852. La ciudad de Lyon se engalana con un despliegue increíble de iluminación. Es el complemento ideal para pasar el puente en la ciudad del Ródano. Calles, plazas, shows, fachadas iluminadas, vino caliente y, para comer, churros, salchichas, guisos y tartiflettes en puestos callejeros. Cuentas con varios vuelos diarios desde los aeropuertos principales (1h40 desde Madrid y 1h desde Barcelona). Al fin y al cabo, correr mientras los demás componentes de la familia duermen es el sueño de muchos.

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