Ogni corre come può.

Otra cosa es cómo recorras esos 42.195 metros. Pero Roma te da la oportunidad de inventar un millar de rutas. Rómpelas como si fragmentases una galleta. En dos o tres días, en cinco o seis meses.

Un mantel de cuadros rojo y blanco. Es el comienzo de las hostilidades. Servidor, bajo, los mandos de la organizadora y líder espiritual de la escapada romana. El dilema que nace de cocinar en el apartamento o tragar por los menús de espagueti con tomate. Roma sacude duro. Es su sistema y les permite apiñar turistas en mesas a la puerta de sus restaurantes. ¿Por qué cambiarlo?

Kilómetro diecisiete, la via del Corso es larga. Sol implacable. Paseamos buscando las sombras desde hace día y medio. Callejeamos por via Coronari, por la via Giulia, sufrimos el nuevo y emputecido Trastevere. Todo el sector de la Nerópolis y la vieja laguna del Palatino no es suficiente para una cuadrilla de energúmenos tragones de largas distancias.

Javier Reverte mentía. Quizá en su otoño las mejores vistas fueran desde el Gianícolo. Desde un subvencionado stage en la Academia de España todo se ve mucho mejor. Almorzar con el agregado cultural del país en la Santa Sede distorsiona la percepción de las vistas. Mi santa supo de la balconada del Pincio. Por goleada, la segunda mejor vista de la ciudad. Luego supimos de la primera: el terrazón del Castel de Sant’Angelo. Kilómetro treinta sin rozaduras ni ampollas.

A pesar del adoquinado milenario.

Tres referencias para un avituallamiento asesino. La organización ha dejado lo mejor para las horas de más calor. Sales ciego de Santa María degli Angeli por ver las barbaridades cometidas por el cerebro de un genio como Miguel Angel. Bien. Es normal. No estás acostumbrado a semejante demostración. Pasaste de puntillas por los Museos Vaticanos porque lo supremo te marea. Vamos con los tres imprescindibles de la Roma que me atrapó.

Referencia uno. Dagnino. Gelatteria y cafetería siciliana establecida en los dos polos del universo. Palermo y Roma. A escasos cincuenta metros de Reppublica. Canoli, helados y bollería que compite con la estantería del salado. En este bando refulgen las sólidas arancine. Imagina que tienes restos de tu paella. Haz una pelota y empánala.

Referencia dos. Muere con la untuosidad de Giolitti. La heladería que te recupera para la confianza en el ser humano. Muy cercano a nuestro kilómetro cuarenta. Sabores imposibles. Qué cerca estamos italianos y españoles del gusto por rechupetear un helado, de pie, acodados en una barra o sentados en un escalón de la calle. A la espera que los carabinieri nos llamen la atención. Zona de seguridad. De acuerdo. Pero estate por la seguridad y deja de mandar mensajes por whatsapp.

Referencia tres. El Boccione del Ghetto. Si Jehova hubiera organizado una prueba de larga distancia por esos pedregales sagrados habría encargado a la abuela del Boccione unos pedazos de bollería hebrea. Habría castigado al inventor del bramido pizza ebraica con vagar durante dos mil años buscando un manual de estilo. Pero esa combinación de pan, fruta escarchada, piñones, almendras y pasas es demasiado cercana a nuestros dulces. Demasiado bueno como para preguntarse por el quemado de la bandeja. Cenizas, pasas y piñones: la dolorosa recompensa de los últimos metros.

¿Qué mejor imagen? ¿Qué otro modo de resumir unos días en la ciudad eterna?

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