Dos veces o tres que he ido de carreras por Bilbao y sus alrededores, dos veces o tres que me he topado con el nudista de Sopelana. El artista, corredor de maratón de los rápidos, se engancha el dorsal en el morcón ibérico y corre, con el permiso de los organizadores, como dios lo trajo al mundo pero con un metro ochenta de más.

Bien. Pues el día que me estreno con un trote por la ladera sur del monte de Abantos, día que me asoma un señor mayor, muy mayor, con todo colgando. Aparentemente no es cosa nueva. El fotógrafo Juan Regaldie ya lo ha pillado y el susodicho, a su vez, nos pilló a Ángel y a mí. Nos pilló trotando. Si es que resulta pertinente aclararlo.

Podría argumentarse que he tenido muchos estrenos más plácidos. Podríamos desmembrar la mínima ambición de esta entrada. Claro. En este caso terminaría relatando horas y minutos y litros de líquido isotónico consumidos. Muchos disfrutarían y se verían aliviados. Preferirían que me ciñese a lo buen chico que es Ángel. Que lo es. Y además está su persistente y simpatiquísima tarea tuitera bajo el alias de ‘Contador de Km‘.

Para ese segmento de lectores, decirles que corrimos bien, no mucho, pero alegre y despreocupadamente. Él tiene sus 45km de montaña en Septiembre y yo mis ciento y pico en la misma fecha. Pero de este tipo de posts encontráis a carretillos por la red.

Volvamos al pellejo. El asunto de la desnudez en público anda jodido. Sin ir más lejos, la carrera nudista que se celebra todos los años en la villa vizcaína de Sopelana no se celebrará este verano. La desnudez también sufre la crisis económica. Irónicamente, se solía decir que a menos dinero, menos tela. Menos tela, más cacha. Micromachismos de agencias de prensa, imagino.

Por el contrario, la desnudez de puertas para adentro y de tráfico de personas no la está sufriendo. Aparentemente y con la calor, el español medio y varón sigue yendo de putas. Por mucho que la alcaldesa de Madrid inste al Vaticano y éste pida perdón por los delitos sexuales y muchos digan que no son estos, que no son. O sí lo son. Pero todo gira como en un círculo lleno de goznes, tras cuya cuarta parada creo que ya no saben ni qué se preguntaba o dónde empezó todo. Que empezó cuando el primer tío decidió pagar por meterla.

A Ángel y a mí, plim. De lo del puterío y de lo del setentón nudista. Ambos -esto lo sacamos a colación mientras corríamos- hemos ido más de una vez a playas nudistas y estamos bastante toreados con el cuerpo humano. El corredor convive con esa ducha improvisada, esa puerta abierta de un coche tras la que el deportista se cambia con el culillo al aire, y con tener que compartir duchas unisex, que es una palabra intrascendente pero inventada para decir que los sexos estamos para chocar, pero que los seres modernos ponemos cara de viajados y miramos a los ojos para olvidar esa fantástica obra de ingeniería evolutiva. De ella o de él.

Y todo tuvo que empezar a las faldas (sic) del monte de Abantos. En cuyas cimas y antecimas y cerrillos y roquedos han aparecido una escuadrilla de cruces. Hacen compañía al vaquerío. Nudistas, cruces y ubres, todo asomado a esa reserva del catolicismo posconciliar que es San Lorenzo del Escorial. Invito a reflexionar sobre la que se lió cuando alguien pensó que el monte no está para llenarlo de exvotos y cruces. Qué diría si supiera que ahora se está poblando de nabos.

Sobre el café Comercial y el nuevo pujadismo de algunos usuarios de la ciudad no diré nada. Para qué.

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