“Tengo un plan”. Mal asunto. Así empezaban muchas de esas escenas de película en las que todo tiraba hacia el bien. Era oír la frase y asociarlo a un hecho irrevocable: todo terminaba; todo se iba a desencadenar. Adiós a la amortización del dinero de la entrada. “Busco plan” es un comienzo prometedor hasta que se completa con el “para bajar de no sé cuantas horas en maratón”. Yo ahora me comería un plan. Un gran plan de huevo con su caramelo.

[Haces bien. Existen columnistas mucho más estrictos generando información de utilidad. Adiós]

Mejorando lo presente, “¿Tienes un plan?” va camino de convertirse en mi segunda filiación. La primera, por tantos confundida, es la de viejo con mucho corrido. Mientras salen o no mis memorias a la luz, tengo que decir que sí. Que tengo uno. En realidad atesoro varios. Para rápidos, para derrotados por el muro, para impetuosos y para jóvenes gacelas cargadas de calidad. Planes no me faltan para guaperas, para contumaces, para medio lesionados y para vigoréxicos. Tengo un plan hasta para los que quieren fugarse de su entrenador como si quisieran escapar de Alcatraz.

Y un amigo que viene algo escaldado de una relación corredor-preparador aseguraba que sí, que ha aprendido. Que quiere uno. Ha dejado de lado las premisas que le supusieron un tormento. Está cometiendo la imprudencia de preguntarme si podría pasarle mandanga de la buena ante un objetivo cronométrico que se le ha metido entre ceja y ceja.

Llevo dos días pensando en si desvelarle las verdades del barquero. Claro que tengo un plan. Su objetivo no es el que me preocupa. Ni su base física. El muchacho tiene una edad en la que todo entra y todo se asimila. Series cortas, cuestas para incrementar la potencia, fortalecimiento, rodajes a ritmo sostenido. Pero si tiene diez años menos que yo.

Tengo un plan. Martin Luther King tenía un sueño asentado en el sueño americano. Contra lo que podría pensarse, no es anárquico, ni recomienda la vida alegre ni está basado en hincharse de vino tinto y torreznos. Mi plan está asentado en casi cien maratones y ultras. Y este amigacho -de los buenos- confía en ello, en todos los planes y esquemas de los que le hablo.

En realidad no le hablo de planes sino de preocupaciones. Un plan podría estar dentro de un plan y, todo esto, metido en una caja de sueños y circunstancias. Lo exigente para mí es hacérselo comprender. Necesita toda esa energía para vivir. Para él y para su novia. Hasta su trabajo necesita de todo ello. Nadie admitiría un joven que se ha dado de morros contra dos planes ya. En su oficio, menos. “Me tienes que hacer de liebre”. Dice. Ahí vuelve. En Colombia llaman a este insistente comportamiento “ser tenaz”.

Podría encargarme que le decorara un chalet pero prefiere pedirme que tire de él a cuatro minutos cincuenta y cinco segundos cada kilómetro, así durante cuarenta y dos kilómetros. Palabras tan prosaicas que no pueden ser la base de una amistad. Lo de “ayúdame con un plan o me haces de liebre para bajar de tres horas y media” es algo tan prosaico y tan árido que no remonta ni encargándoselo a Góngora. Que también era sevillano. Como el lugar del encarguito.

Total que le he dicho que vale.

 

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