Hay algo en presenciar una retransmisión moderna de atletismo que lo hace similar a merodear por la galería Borghese. Uno se ve desbordado ante tanta multiplicidad y tanta belleza. Si no se acude a este museo romano con la mirada limpia y no se han aparcado los prejuicios en el hotel, la derrota es definitiva.

Las cámaras logran poner los explosivos músculos a temblar como un flan. El cuádriceps de un velocista queda pinzado por la cámara del mismo modo que Bernini logra ablandar el mármol. En cuarenta y dos pulgadas y alta definición. Los gestos se congelan y esas chicas nervudas, esos mastodontes musculados, se quedan mirando a la cámara del infinito. Agotados, sin saberlo, porque hay cientos de cámaras ofreciendo al mundo la máxima exposición de la evolución humana. La piedra habla. El eco de todas las estatuas hace correr su voz.

Hasta aquí, el triunfo de la belleza. El espectador pasa a la siguiente sala. La cámara te lleva a la siguiente final de la retransmisión.

Y se vuelve a correr más rápido, se salta más y se lanza con la mayor de las potencias. Multiplíquese por cada una de las finales que tiene el programa de un gran evento como los Campeonatos del Mundo de Pekín y trasladen esta ansiedad a la atención pura por el deporte. Se genera de manera constante un vencedor frente a una retahíla de derrotados.

Imagino que esto es, para los medios de comunicación, un caramelo a medias. Un regalo de helado de dulce de leche en una temporada de brackets. ¿Qué ensalzar? ¿Hacia dónde encaminar el titular de ese diario? ¿Qué cortar para abrir el noticiario del día?

Debo decir que esto genera algo que no me gusta. Los conceptos primigenios del atletismo son manoseados por un motivo puramente primitivo: el campeonato es la guerra y sobre la guerra tenemos que hablar.

Desde que en mi casa se empezó a hablar de atletismo, nos hemos alineado con el momento que ofrece cada participante. Cuando en 1977 mi padre llegaba sudoroso de sus entrenamientos por los arcenes de la vieja N-I, preguntábamos y él contaba sobre los dolores, los camiones que pasaban sin vigilar siquiera un margen de seguridad o algún dolor puntual. Nadie hablaba de tiempos o consecuciones. La novedad del esfuerzo nos comía el tiempo de ocuparnos de otras cosas.

Era disponer el proceso por delante del resultado.

Corrimos carreras de todos los colores. Saltamos en aquellos areneros del viejo estadio Vallehermoso. Quedamos en mil posiciones diferentes salvo en una (confieso que solamente vencí en una carrera de las fiestas del pueblo de mi padre). Y así acudíamos a las gradas o a los márgenes de las sendas o carreteras donde se producía ese hecho evolutivo. Adaptarse a correr con la mejor de las herramientas que proporcionaba el cuerpo.

“Ese corre ladeado”. “Hay que ver qué zancada lleva esa veterana chiquitina”. “¿Te has fijado en las espaldas del martillista?”. Por ese camino aprendí a sentarme a ver el esfuerzo deportivo del héroe de la prensa. Apreciar los entrenamientos repetitivos en los que no se hablaba de puestos. Parar el vídeo y regresar a disfrutar del paso de valla de Renaldo Nehemiah, el latigazo de Steve Backley.

Deduzco que esto me blindó frente a los debates sobre medallas o títulos. La pena de sentir que se hacen trampas fisiológicas en pos de unas centésimas, pues no sé, desaparece cuando veo la repetición a cámara super lenta de la salida de tacos de ese sprinter de la calle ocho. En realidad sé que no me engañan. Tampoco debo nada a los medios que dirigen el discurso contra unos u otros deportistas.

Puestosa extremar la asepsia, sentarse a ver atletismo es como aislarse de los debates sobre si hubo envidias o reconocimiento cuando el protegido de los papas terminó de esculpir El Rapto de las Sabinas. O si la Federación de Atletismo sobreseyó o ignoró el daño que un cuarto positivo de Onya podía hacer a muchos de sus atletas federados. El atletismo es más importante que Coe y Gatlin (agrupados en esta línea sin intención alguna) o sobre si las avenidas desiertas de Pekin están pensando en los desfiles militares y no en los Campeonatos del Mundo.

Mi atletismo es sentir los vómitos de Carles Castillejo o los dolores de espalda de Borja Vivas. Es esa mano que sujeta el muslo de la sabina raptada.

 

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