Cuando recomiendo a la gente que se inicie en el bello entretenimiento de hacer kilómetros por el monte, les prevengo de la existencia de un lado extremo. Prevención que olvidan al segundo dorsal que se colocan. Y es la existencia de determinados organizadores que asustan con canales verticales y descensos inestables por los que participantes llevarán en marcha doce o quince horas. Me sirve hoy de excusa para escribir sobre el papel del cliente final: el corredor.

Obnubilados por la estética del reto y la facilidad con la que su cuerpo de urbanita gana terreno en la batalla, la siguiente hornada de corredores se mete en carreras de montaña donde el más difícil todavía pone en entredicho dos cosas:

Una. La seguridad del corredor. Sin ir más lejos, para recorrer 51km, un experto amigo mío como Anaime Pérez se queja de necesitar veintiuna horas en las que triscó por pasos innecesarios, canchales y afrontó un riesgo inasumible por los Pirineos del Tena. Y Anaime no es un cualquiera. Este loco de la arqueología y la Historia lleva muchas pruebas de más de cien kilómetros terminadas. En llano y en monte. Pero hay algo que no se detiene y es la guerra por el más duro, lo más alto, la acumulación caprichosa de desnivel positivo acumulado.

Dos. La capacidad de disfrutar de la montaña está mutilada por esa acumulación caprichosa. Esto no es baladí. Se presume en el mundo de las carreras por la montaña (el fenomenológico mundo del ‘trail’) de haberse alejado de esa horrible esclavitud del asfalto. De la comunión con el medio. El que pueda levantar la vista so pena de despeñarse. El montañero holla cimas. Respira la consecución de su reto. Y cuenta la finalización con la llegada a salvo a la base. El corredor de montaña es empujado por la velocidad y desniveles diseñados por el organizador. No todo es culpa, como se dice, del corredor, que va como loco.

Sigamos. En las pruebas ciclistas se están viendo recorridos con cuestas de cabras asfaltadas. Todo un escaparate como la Vuelta se presta al mejor postor. El resultado son secarrales desiertos donde afortunadamente nada pasa para el participante porque cuenta con un equipo de apoyo y por su propio entrenamiento exhaustivo. El organizador hace discurrir al pelotón por los polígonos de vivienda resultado del analfabetismo en la ordenación del territorio. Todo se hace en pos del espectáculo. Del dinerario y del rendimiento político de la meta, previsiblemente. Y se sanciona al que se aparta del grupo callado y silencioso porque “afea con su comportamiento” el espectáculo, como se ha sancionado a P. Sagan tras ser agredido por parte del espectáculo. Fue atropellado por una moto de la organización, en plena carrera, dándose el motorista a la fuga (hecho que en España está tipificado como delito).

El concepto del espectáculo es un todo en el mundo ciclista. Han de convivir el público, el sufrimiento respetuoso del corredor, el fondo físico y la belleza del conjunto. Si falta alguno de ellos, ya no hay espectáculo. Una urbanización que trepa por una ladera, saltándose a la torera la legislación ambiental, y destroza una montaña costera no puede ni arrastrar público ni aportar belleza. Un recorrido ciclista profesional, con deportistas a 60kmh metidos por carriles con bordillos de la ciudad de Murcia, provoca riesgo innecesario y la belleza justa. Siendo generosos.

De ética no se habla. La ética queda superada por las fotos de los podios y las autoridades. Las fotos no repasan las vallas ni protegen los guardarraíles. Se vio en la espeluznante caída de la Vuelta al País Vasco. Podría haber sido una carrera local de bicicletas de montaña y el desafortunado ciclista haber caído por un barranco. O un esforzado corredor popular al que no llegasen los medios a tiempo para una emergencia.

La pregunta es: ¿En qué lugar queda el respeto al participante?

¿Se cuida al cliente final de cualquiera de estos espectáculos? Al fin y a la postre, los participantes pasan por donde les meten, beben y comen lo que se les suministra y pagan el coste de la inscripción sin rechistar.

Los clientes miran (poco) al vendedor de servicios deportivos. En realidad se acalla la ración extra de sufrimiento porque el comportamiento de la masa ordena que hay que inscribirse a un maratón después de cuatro meses de ejercicio. O que un corredor debe probar al menos un ultra de 100 kilómetros en su vida. De clientes a súbditos en un paso. La corriente competitiva arrastra al inscrito en pos del reto. El más duro aún. El más largo todavía. La carrera más desértica e inhumana posible. Somos una excelente masa saludable pero también existe mucha ceguera.

En ocasiones deviene en catástrofe. El ciclista profesional que se pega la gran castaña y necesita de ser ingresado en coma inducido. Los rudos ultrafondistas que son puestos en apuros en el duro desierto del Hoggar argelino por un organizador inexperto y, posteriormente, incapaz de afrontar garantías. Las evacuaciones en mitad de un risco montañoso al que un recorrido llevó a corredores de montaña. Otras veces es cabreo e impotencia ante un cálculo ‘por lo alto’ de las necesidades de ropero o marcaje de recorrido en un maratón urbano como el caso de Madrid y su carrera de maratón. O sostener una prueba de diez mil personas con los mismos medios humanos que cuando corrían cuatro mil.

Como ex-organizador sé cuánto cuesta renunciar a cientos de dorsales que cuadrarían las cuentas. Que un patrocinador retire cinco mil euros y tu prueba se borre de un plumazo. Como cliente final entiendo algunas posiciones. Pero me niego a admitir que todo se ciña a cinco mil euros de diferencia.

Entonces, ¿es un problema de capacidad económica? ¿Mejor una gran empresa que un modesto club?

La escala no lo es todo. En España, añado, la escala es un abismo peligroso.

La gestión de la escala económica en nuestro país es aún más peligroso. La cultura de la gran escala está llena de casos de gestión ineficiente de los presupuestos de un evento deportivo. Solo hay que tirar de hemeroteca. Desde un trail o un maratón hasta unos grandes campeonatos.

A partir del salto cuantitativo de los primeros años del milenio se asistió a un cambio de escala. Vivimos (desde la compra del maratón de Barcelona por la gran maquinaria de Amaury Sport Organisation, ASO) el ejemplo de las grandes empresas que compran carreras existentes para reflotarlas. Fue un modelo para un problema puntual. ¿Fue empero una solución?

ASO es organizador y explotador de los derechos del rentable Tour de Francia, del Dakar, de la Paris-Roubaix, de decenas de pruebas. Rescató el maratón de Barcelona tras la suspensión del año del desencuentro y todo salió bien. Al mismo tiempo, ASO rescata la Vuelta. Vean las retransmisiones de la carrera ciclista y pregúntense si España es tan fea o si el Tour de Francia es otro planeta. ¿Ha perdido ASO toda su habilidad de vender un producto? Las Rock’nRoll marathon series rescataron la carrera de Madrid y la magnitud del evento está comiéndose lo bueno y sacando las vergüenzas de lo malo. Logística incompleta en un evento triple no necesario (10+21+42 km en una misma salida) y una promoción pírrica de la carrera, precisamente en la ciudad que ‘más marcha y gente tiene a cualquier hora del año’. ¿Patina en Madrid todo lo que triunfa en San Diego, Las Vegas o México DF?

Nos deja con la duda si la gran empresa de eventos deportivos es una garantía de funcionamiento. En realidad estos ‘rescates’ suelen ser compras de la marca a cambio de un soporte económico. El ejemplo más similar sería el de la franquicia, entiendo yo. El equipo técnico del maratón de Madrid, el club MaPoMa, recibe una inyección de dinero para hacer frente a un maratón más grande. Pero lo que ocurra dentro de la ahora) Rock’nRoll Madrid Maratón sigue siendo fruto de las destrezas logísticas y técnicas empleadas por el equipo de siempre.

Un asunto de envoltorio.

Las carreras de pueblo vivían y viven del esfuerzo de una dirección técnica. Un club. El mimo de unos voluntarios. El corredor se sentía importante. Llegaron los tiempos de las pancartas y los postes publicitarios. Las nuevas empresas de eventos deportivos bombardean a organizaciones con emails ofreciendo servicios en los que “todo” quedará atado. Deberíais ver cómo corre la información. Casi una década después de clausurarse la carrera que organicé, siguen entrando correos y llegan llamadas ofreciendo todo el paquete. “No te preocupes de nada”, aseveran, “Desde arcos de meta a cronometraje y dorsales”.

Arcos. Servicios añadidos. La gran etiqueta de colores aportará fotos y vídeo en meta. Queda por ver si todo ello redunda en el beneficio del corredor. Al final, la zona de meta se viste de color y de vallado. Según mi opinión, los cruces, el marcaje, los fallos o aciertos de un recorrido, la seguridad del corredor, transportar la bebida y alimento a un punto inaccesible de un recorrido queda siempre bajo la batuta de la dirección técnica.

El nuevo escenario de organizadores es un conglomerado dispar. Están las grandes empresas que organizan carreras con suficientes medios como para cubicar, ordenar y surtir a los miles de participantes. Pero también existe un nivel de supervivencia en el que se adhieren nuevos ‘empresarios’ del deporte. Viejos deportistas que tiran de contactos y de experiencia para organizar una prueba. Gente que se desvive y que muchas veces ha de ocuparse de absolutamente todo y perder el menor dinero posible. La secretaría de la carrera la lleva su esposa. Los familiares solventan una emergencia en un cruce mal marcado.

Hay muchas dudas que los clientes finales saborean con la cerveza posterior a la carrera. No hay tarta para todos. Otro de los síntomas de un mercado irregular como es el capital empresarial español. Es evidente.

Las preguntas se agolpan mientras caen las cervezas después de llegar a meta. ¿Es el mejor servicio técnico que haya dos arcos de meta y podio con photo call? Pues podría ser así o podría ser accesorio. El espectáculo podría ser la meta en Chamonix-Mont-Blanc o ver una cuesta en una carrera de pueblo totalmente abarrotada por los cientos de veraneantes.

¿Es garantía entonces de que una franquicia comercial dé apoyo financiero o es sólo garantía de presencia en los medios? La vieja garantía del mimo al participante, del espectáculo para el telespectador o al apasionado fan en la cuneta,  ¿vendrá dada por el cartón piedra y por el maquillaje o por la solvencia técnica?

He tardado 35 años y he tenido que pagar, organizar y participar como corredor. Pero ya tengo mi respuesta. A los seis meses de empezar a organizar no sabía aún nada. A los diez años de empezar a correr seguía sin saber nada.

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