Por su particular interés educativo y porque no cayó en las actualizaciones web de El Mundo Zen, cuelgo mi columna del domingo 27/9.

Salgo de Madrid a pie a las cinco de la mañana. La gente nos aplaude por las calles. A las ocho y cuarto de la tarde llego bajo el acueducto de Segovia. La gente aplaude por las calles y en las redes sociales. Se puede ir de Madrid a Segovia en tren, lo sé. Me lo dicen continuamente. Pero no es igual de trascendental. Vende menos.

Miren. Cuando mi abuelo aprendió a montar en bicicleta lo hizo porque tenía que ir a currar. Mi abuelo Restituto se mercó una bicicleta con las dimensiones de una vaca de labor. Decía que se la habían prestado, sea cierto o no; en 1939 no había para compras. Su padre había ido a comprar un futuro a Buenos Aires y se lo quedó todo para sí. En fin. Mi abuelo aprendió a montar en una cuesta abajo en la que los carros habían apisonado la nieve. Y es que al día siguiente de Febrero tenía que ir a cortar piedra a las afueras de Ávila. Cortar piedra a mano y desplazarse treinta kilómetros a pie eran incompatibles. Tenía que escoger entre alguna extremidad. Era la bicicleta o salir de casa dos horas antes para recorrer cinco horas caminando. Sin twitter.

Ahora afrontamos como retos espectaculares las carreras de diez o cuarenta kilómetros. Hemos convertido los caminos que unen valles o ciudades en senderos con franjas horizontales. Caminos por los que siempre se corrió. Otros, por los que nadie sensato lo hubiera hecho. Coloreamos la dificultad de modo pueril. Cuando más rojo, mejor. El amarillo lo dejamos para el pequeño recorrido y, el rojo, para el grande. Grande puede ser el título de un estreno de una sala de cine. Grande es la cúpula central de Santa María Maggiore en Roma. Y no. Bautizamos como grande e inmenso un recorrido como el de correr a pie la distancia entre Madrid y Segovia.

Sí. La prueba es preciosa. Me ha costado quince horas. Pero nuestra épica es nimia. Somos infantilmente superficiales. Los romanos ya tiraron una calzada entre ambas. En época de los Habsburgo se echaban cuatro jornadas y los ganaderos cruzaban la sierra apenas sin parar. Sin abrigo y con poca comida. A pie. Sin calzado específico para los altos kilometrajes. Sin 4G. Todo lo contrario a cómo afrontamos el sábado pasado la carrera que une las dos ciudades. Ciento dos kilómetros por medio. Verán, amo correr pero no entiendo parte de nuestro delirio. Quizá el próximo domingo tengo todo algo más claro. Sin mis fibras musculares machacadas.

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