La madre de un adolescente español se explica pidiendo, casi, disculpas. Reciben un estudiante del norte europeo. De intercambio. “Pero”, gira su tono hacia la letanía, “claro, mi hijo baja caminando al Instituto. ¿Tendrá que bajar el chico de intercambio con él? Son veinte o veinticinco minutos andando“. La vergüenza por delante. En pleno 2015 seguimos con la hiperprotección del nido familiar español y su eterno complejo de inferioridad. ¿Qué va a pensar el chico alemán si le hacen ir caminando al centro? Ese es el nivel. No mostrar la realidad. Creer que lo mejor es el chófer y que caminar es vagabundear.

¿El mismo entorno que se inscribe en la necesidad obsesiva de hacer deporte después de la jornada laboral o educativa? Sí. Precisamente, el mismo español que inscribe a su hijo en una opción escolar en la que su hijo saldrá del huevo (español). Un tercer idioma que debería desembocar irremediablemente en viajes y contacto con el extranjero.

Pero luego los principios rectores chirrían en casa. Dos principios aparentemente racionales como la mejora educativa y la vida sana. Por alguna razón hay una generación de españoles que es capaz de recular a la hora de aplicarlos. Hay un dilema del prisionero, pero a la española y el fiscal, que les muestra que la cooperación entre ambos principios será beneficiosa, se está volviendo loco.

Da lo mismo si la metáfora del fiscal es un experto nutricionista o un artículo de prensa a favor del ejercicio físico diario. El español, en sus cuarenta, clase acomodada-hipotecada y que extiende sus piernas a los 80 caballos de su vehículo, tira por tierra su juventud y la de su hijo.

Y es que las cifras de obesidad y sobrepeso infantil y juvenil en 2003 ya anunciaban las consecuencias de la expansión urbana y la ceguera cultural de la burbuja. La prevalencia de obesidad en España era del 13,9%, y la de sobrepeso y obesidad, del 26,3% (sólo sobrepeso, 12,4%). La obesidad es mayor en varones (15,6%) que en mujeres (12%). Según las cifras del estudio Aladino (2013) el exceso de peso infantil en España va a más. En población de 6 a 9 años de edad, es del 44,5% (18,3% obesidad y 26,2 sobrepeso).

Y todas las conclusiones apuntan a que el sobrepeso está directamente asociado a un bajo nivel cultural y rentas bajas.

Debería suponer esto que las rentas más altas y el nivel cultural más elevado cambian las formas de moverse por prisión (me ha gustado la analogía, vayan acostumbrándose). Paseen por la puerta de un centro educativo de nivel exigente a cualquiera de las horas de entrada o salida. Dobles filas, transportes grupales, cayennes y lunas tintadas. El mismo comportamiento sedentario. Y en Madrid no hay bandas de narcos secuestrando adolescentes en el barrio de Salamanca o la Moraleja. Admitan al menos que viven en zonas deshumanizadas.

Por las que da pavor salir a correr, dice la teoría y el historial de crímenes desde hace décadas. Pero son paraísos para pasear y correr a horas normales, quizá mejor acompañado que solo. Aunque esto sea discutible.

Mientras, nos maravillamos con los vídeos en los que se cuenta la historia de los grandes atletas africanos. La locura del correr nos deja con el aspecto folclórico del corredor natural. El niño que camina todos los días cinco kilómetros hasta la escuela. Qué bucolismo. “Claro, están preparados genéticamente para el deporte”. Nos hacemos crudiveganos, corremos con sandalias y nos subscribimos a revistas deportivas.

El niño español camina todos los días cinco dobles filas. La madre de la reunión del grupo de intercambio sigue con cara preocupada las indicaciones de las profesoras, pragmáticas ellas (es el departamento de Alemán). Otro padre emplea lo mejor de su intervención en la reunión en preocuparse por una aplicación que permita contactar con el chaval sin pagar datos. Un tercero, ante la primera expedición del muchacho fuera de las fronteras (a punto de cumplir catorce ya), sobre la conveniencia de la facturación online y por teléfono de cuarta generación. Las profesoras han dicho ya dos veces que ellas facturarán lo de todo el grupo.

Me pregunto siquiera si los padres escuchan.

Los chicos irán como vayan sus familias de acogida. Si caminan al centro, mejor. Así charlarán media hora más por la calle. Si en metro, en metro. Si usted se empeña en llevarlos motorizados, haga lo que quiera. Algunas caras reflejan que esos padres están perdidos. Han ido a una reunión para que les ordenen unas directrices cristalinas. Órdenes. La generación mejor preparada de la historia de España es un conjunto de padres que busca órdenes. Guías para todo. Las mejores extraescolares de la zona. Los mejores centros deportivos para ello. Los diez destinos más buscados para sus hijos en el extranjero. Los colegios que encabezan la oferta de idiomas en Madrid. ¿Y luego?

Luego ya harán ellos lo que convenga. No lo que el fiscal les sugiera.

Mientras, mis hijos bajan los dos kilómetros y medio que les unen al centro “a pata”. Así se decía en los ochenta, cuando no éramos ni la mitad de europeos. Y nos lo ahorramos en la ruta, en dietista y en un coach para que les enseñe a ser independientes.

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