Hace once años se nos ocurrió a Yoli Jiménez y a mí la buena idea de celebrar una carrera por los caminos que conocíamos en el entorno de la sierra de las Parameras de Avila. Le colocamos el nombre ‘trail’ porque el mundo de las carreras de montaña se autodenominaba así: carreras de montaña. También existían ya en aquellos días los ultrafondistas 101km de Ronda y algunas otras versiones por diferentes comunidades autónomas. De hecho Yoli está ahora a la cabeza de una prueba similar en el Canal de Castilla.

Para mí, aquello tenía una ligera cojera. Unas carreras eran puros eventos monteses. Las otras se acercaban a lo que me apetecía organizar. Estaban más en consonancia con las pruebas norteamericanas donde, como muchos sabréis, porque somos bilingües de facto y decimos coaching, runner y GPS, a los senderos se los llama ‘trails’. Senderos y caminos, y no riscos y ascensos radicales.

Así en 2004 se celebraba la primera de las tres ediciones que organicé bajo el formato de los Castillos de Ávila. Le cayó la etiqueta del trail porque -confieso- teníamos que venderlo de la mejor manera posible. Cincuenta kilómetros mal contados en los que no importaba cuántos kilómetros hubiera sino el hecho de discurrir por dos fortalezas de la provincia, y terminar en las murallas más famosas de Ávila.

Posteriormente vimos que aquello se vendía solo. El éxito era evidente y terminó por crecer hasta un punto en que ya no había sitio para tanta gente, ni autocares disponibles para trasladar a todos a la línea de salida en Solosancho, ni chuletón ni mesas para la cena posterior en el hotel. Porque, amigos, aquello no era una comida de la pasta, era un bodorrio inmenso donde entregábamos los trofeos y deglutíamos carne de la zona. Sí. Macarrones, también. Pero de los macarrones apenas hay recuerdo ni fotos.

El otro día llevé a tres amigos a esos caminos. Los susodichos, procedentes de la casi llana Ciudad Real, tienen acumulada mucha experiencia en el correr por el monte. Pero mucha. Y a lo bruto. No sacaremos los méritos a relucir. No hace falta. Pero desconocían la zona.

Tampoco sabían que se podía acumular tantísimo granito en unas laderas. O que la adusta presencia de los abulenses es cosa de rascar un poco. Que algunos propietarios de bares de pueblo tienen mucha más estima por los deportistas del monte que en algunas áreas urbanas. Desconocían el secreto molecular de las patatas revolconas, coronadas por torreznos magistrales.

Había que sacarlos de gira. Hablamos, nos partimos la caja por varios lados. Trotamos cuando se podía y paramos a mirar “cómo estaba el campo de bonito” donde era preciso.

Casi cincuenta kilómetros después volvíamos a los coches con la sensación de que el tiempo se había detenido mientras corríamos. Lleva detenido cientos de años, si uno se para bien a pensarlo.

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