Por su particular interés y porque muchos no os dio la gana leerlo en el suplemento ZEN, os reproduzco aquí mi columna Run & Lemon del 18 de Octubre

Corredores y no corredores estamos tontos. Si apuramos, tontos y temerosos. Un ligero chubasco riega la ciudad y el caos se adueña de todo. Mis tres colegas salen a correr embutidos en capas ideadas contra la lluvia radiactiva de Chernobyl. Dos de ellos acuden en coche al punto de encuentro. Todos varones. La policía hace ulular las sirenas como si Katrina hubiera virado sus vientos y aguaceros hacia Madrid. En España habita una generación blandita y mantecosa.

En el aparcamiento caliento mientras amanece. Rondan unos ideales doce grados. Pero las bajas y los bufidos por el “tiempo de perros” son numerosos. Al tiempo, nos hacemos eco de una flipada llamada Spartan Race, en la que nos hacen reptar por barro, cruzar alambradas y correr en un entorno apocalíptico, ficticio. Nos tapamos con mil capas pero hablamos de carreras extremas. A estas sandeces llegamos. Desconozco si nuestras mujeres son así de idiotas. Pero vivir con estos mozos tiene un trago.

Nuestra esquizofrenia nos lleva a afirmar que las calles son peligrosas y llevamos en coche a los chicos a las actividades extraescolares. En pleno siglo XXI aparcamos y compramos. Aparcamos y tomamos una caña. Aparcamos para ir a correr. Entre tanto, admiramos los documentales de la infancia de los corredores de Kenia y reconocemos lo ideal de trotar dos kilómetros hasta la escuela. E instalamos Apps de vigilancia en el móvil de nuestros hijos para que no se salten la ruta del colegio. Nosotros, Apps que miden nuestro desnivel acumulado en la montaña. Miedo me da pensar cómo nos iría en 1352.

Dice mi otro yo que hay dos tipos de tontos. Los tontos sin posibles y los que tienen mando en plaza y recursos ilimitados. Los peores son éstos. Cada vez que uno de mis entrañables idiotas me pregunta si sé de guantes de correr que permitan usar móviles táctiles, qué carritos de bebé son los ideales para entrenar, pienso si no será mejor perder amistades y contestar lo que me sale de las pelotas. Creo en la libertad de pensamiento y de acción de cada uno.

Pero desconfío del camino que lleva la especie humana. La fetén, moderna y urbanita. Sudo con mi pantalón corto, oigo las sirenas como si fuera el Bronx en los 70, miro las mallas largas y el cortavientos de Miguel y me acuerdo del callejón sin salida en el que nos hemos metido.

Sí. Cuando se me quejan por la climatología adversa se me revuelven las tripas. Y lo pagáis vosotros.

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