Por su particular interés y porque muchos no comprasteis el diario porque no os dio la gana, reproduzco mi columna del suplemento ZEN del pasado 1 de Noviembre.

Viajar quita las memeces y los complejos. Picasso lo hizo. Y Buñuel, y Dalí. Fueron a París. Yo tardé un poco más y hasta 1997 no participé en su maratón. Vivía un tanto constreñido a tener veintitantos años y a correr siempre mirando el reloj. Por alguna circunstancia -y por no tener un pavo- me había sido imposible viajar a las mecas americanas del maratón.

Nueva York se pavoneaba con sus 30.000 corredores. Decían que Londres y París ya eran la bomba. Allí me planté, Prêt au combat. En los Campos Elíseos una hora antes de la salida. En el suelo permanecía sentada una parte de los veintiséis mil maratonianos. “Aquí no se puede correr” fue el pensamiento más recurrente.

Tenía veintisiete años, vicios y marcas adquiridos del pelotón madrileño. Pronto vi que no era posible coger el tren de las tres horas.

Mientras tanto los maratones españoles ofrecían avenidas amplias para tres o cuatro mil duros y rápidos corredores. Podías hincharte a correr, hasta explotar. Sin estorbos. Ni un solo selfie estorbaba esos grupos de finos rodadores. Aquello era puro pedestrismo pata negra. Sería el paraíso de más de un romántico hoy día, trascendental y estajanovista. Si no hacías mil millones de kilómetros a cinco minutos cada uno, eras lento. Así iba todo. Muchos de los exigentes runners de hoy lo pasarían mal.

Volvamos a París y su masa ingente. En el primer avituallamiento era evidente que invadíamos los dominios reales del atletismo. Guillotina en mano, románticos trotones, protagonistas del correr moderno. No tenía ningún sentido tensar el debate. Aquello era una fiesta del correr multicolor. Pasábamos por la Bastilla, Place Nation o Vincennes. ¿En qué otro momento nos reiríamos del desquiciado tráfico de París? Las calles cortadas para nosotros, los parisinos en los costados de la carrera. Sin exagerar pero a miles. Y un sol que invitaba a parar en Roland Garros. Y aquel París con veintipico mil corredores en los que habría, claro, unos cientos de rápidos e invencibles galos, de los que miden el minuto y el gramo.

Qué poco teníamos en España de esa masa recreativa e ingenua. Y qué poco recuerdan hoy aquellos años grises esos que despotrican contra la invasión de la calle por el trote cochinero. El paso de los kilómetros matiza la envidia. Deberían viajar más. Zapatilla en mano. Sentir el bofetón del retraso. En especial los que proponen definir quién merece ser llamado corredor y quién no. Qué soberana pérdida de perspectiva.

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