Todo empezó una tarde, frente a una pantalla de ordenador. Fuera, el viento arreciaba y lanzaba cubos de agua contra los cristales. Comencé, un tanto desganado, a contar cuántas veces había terminado un maratón.

Debía ser Abril de 1999, si no recuerdo mal. En mi despacho de Amsterdam faltaba la luz exterior. Había estado leyendo sobre las tontadas de siempre. Sobre mi mesa había una taza de café de oficina y la perspectiva de hacer algo mientras paraba el chaparrón. Era eso o cerrar la jornada. Era calarme en la bicicleta hasta los huesos camino de casa.

El listado de todo esto comenzó un Marzo de 1988. Para el año de mi mayoría de edad, mi padre corrió en Barcelona. Yo hacía mis kilómetros con el grupo de los veteranos ochenteros y, francamente, en casa apetecía. Pero tanto Barcelona como Madrid se celebraban antes de que yo cumpliese los 18 años. Todo se precipitó de una manera mucho más natural al año siguiente. El debut, en Madrid.

Las cosas han cambiado bastante, lo cual es comprensible aunque todo se reduce a lo mismo. Antes se corría un solo maratón cada año. Antes, todo era más ‘antes’. Corrí mi primera vez y vi que los cuarenta y dos kilómetros eran igual que son ahora. Son largos y uno atraviesa por fases, diría un psicoanalista, donde aceptas la carrera y te desnudas ante ella. Eso no cambió con el paso de los años. Lo que ocurre es que la desnudez es cada vez menos obligada, menos de consulta de pediatra o de proctólogo o de obstetra. Se va pareciendo más a desnudarse con amantes. Muy al final la carrera de larga distancia es como quedarse en pelotas en un gimnasio. Entre despreocupado y exhibicionista.

Las carreras iban creciendo y modificando los perfiles. Los maratones… ¿por qué contarlos únicamente como tal? Pronto decidí meter dentro del saco las carreras oficiales y, finalmente, los días en que yo era el único juez e instancia.

Decidí que el Lunes pasado tocaba otra. La número cien. En realidad lo tenía decidido apenas una semana antes, pueden preguntar a mis amigos de trote diario. Correr mucho -largo- solamente necesita una excusa. Una excusa, material adecuado y horas por delante.

Atención, este es un párrafo de marcado tinte comercial. Mi excusa de Lunes era que debía regresar de casa. Igual que aquella tarde de Amsterdam en que llovía a mares. La trampa era tan simple como haber ido hasta Coslada (para desconocedores, periferia este de Madrid) en tren. Para superarla metí en el lote el mejor material con el que cuento. Tengo la suerte de poder contrastar las mochilas y textil, así como el calzado que Salomon saca al mercado en España.

Tras esto, solamente quedaba no perderme y correr hacia el centro de la ciudad. Gracias al carácter absolutista del diseño urbano de la capital no fue difícil escoger el eje de la calle Alcalá. Hasta el mismísimo palacio de Correos, hoy Ayuntamiento. Entre medias, sendas donde los vertederos y la drogadicción marginal siembran el camino de miseria a la espalda de la terminal de contenedores de Coslada, las aleluyas del nuevo comercio en el nombrado y atascado plenilunio, y esa entrada majestuosa en Canillejas, donde uno amasa el recuerdo de viejas carreras populares, los chaletitos sesenteros de las calles Dos y Uno, y la vitalidad caótica de la vieja carretera de Barcelona.

Uno de los placeres de correr sin dorsal es poder detenerse en cualquier lado. Los semáforos, los avituallamientos improvisados, todo es aprender a ir sumando horas y horas. Uno de los rincones más solicitados de Madrid, la Puerta de Alcalá, me sirvió para una merienda pasados 15 kilómetros. Bueno, digamos que una cafetería a su lado. Dudo que los asesinos en potencia con traje y auricular que guardaban la puerta me dejaran sentar en la terraza, sudado, en pantalón corto y con una mochila. Ellos qué sabrán.

Saber, saber, creo que seguimos sabiendo poco. Todos, tanto a ese otro lado de la barrera como a este. ¿Contar maratones como un objetivo deportivo o la exhibición estúpida de los galones? Ni ellos, los que no entienden de salir a correr, ni nosotros, inmersos en intimidarnos unos a otros con nuestra sabiduría. Y la escena intermedia no da grandes respuestas.

En los últimos noventa, una minoría vivimos el adevenimiento de una esencia hippie en toda la esfera runner. El mundo del correr se agitaba y en Europa teníamos un equivalente cercano: los traileros franceses. ¿Por qué no hacer lo mismo, teniendo un país con las tasas de urbanización más bajas? Todo esto hizo que cada vez me apeteciera más coger un transporte y regresar a casa cruzando sin rumbo. Vale. Rumbo sí, pero no un plan. Realmente no soy un aventurero. Mis riesgos están calculados seis veces. La premisa es “Ok, hoy correrás doce horas pero mañana hay que hacer vida normal”. Así acumulaba las tonterías del listado de las (hoy) cien maratones. Así tracé mi paseo del lunes. Por encima pero con un conocimiento milimétrico de qué podía permitirme.

Porque, el martes, tocaría madrugar para lo de siempre. ¿Qué sentido tenía hacer un maratón a las seis de la tarde de un lunes de invierno? Me lo preguntaban ayer. El mismo sentido de siempre. Parece una locura diseñada por una mente desestructurada. Pero es un hueco en el tiempo que está muy controlado. Un hueco en mis horarios y en mis fuerzas.

Espero que se entienda mejor ahora. Roberto se espantaba que pudiera decirle a qué hora pasaría a tomar la cerveza del avituallamiento del kilómetro treinta y dos. Decírselo con un margen de error de diez minutos. Y reducirlo a cuatro en la realidad. Es esa experiencia de la que muchas veces hablo. No es talento o un físico privilegiado. Es experiencia. ¿Escuchar el cuerpo? Soy un tanto impaciente y un mucho bocazas. Pero sí. Escucho.

En resumen, rondaban las once de la noche cuando llegaba a mi casa. En la periferia Norte de Madrid. Entre medias había ido por los distritos de Coslada, Canillejas, Ciudad Lineal, Ventas, Retiro, Cuatro Caminos, Plaza Castilla, Barrio del Pilar, Fuencarral-El Pardo, Las Tablas y Alcobendas. Otros cuarenta y dos kilómetros a la saca. A un kilómetro de mi portal encontré a un viejo amigo decidí pasar del trote a la caminata. ¿Quién determina que un kilómetro ha de hacerse escupiendo el corazón? ¿Por qué no charlando de la adaptación de Osage County de Tracy Letts al teatro?.

En fin. Habréis llegado al final de este post si todo esto supone para vosotros mucho más que un pequeño deber diario y ya es una forma de vida obsesiva. Pero aquí viene el regalo exclusivo. Ese es precisamente el mejor resumen que puedo hacer de mi modo de correr. Dejar que correr sea el vehículo, no el fin. Tomar un café, un croissant, la cerveza con rabas o la tertulia sobre una adaptación de teatro mientras el gps sigue grabando datos.

Nadie dijo que contar maratones fuera sano. Correr, lo es. Como dicen por ahí, lo preocupante es pasarse a las distancias demenciales.

Anuncios