Las columnas de Run&Lemon de ElMundoZen. Todo el mes de Diciembre.

EN SERIO ¿QUÉ ESTAMOS ENSEÑANDO?

Una persona con una vida por delante y ganas de disfrutar de su tiempo libre no puede hablar de su tiempo en una carrera como un fracaso, frustrada como si fuera una mala empleada o como un inversor catastrófico.

El maestro Mendicutti tiene su Susi y mi amigo Zapata tiene una psicóloga que se llama Fernando. Yo tengo una colega en la oficina que se llama Sonia y que vino el Lunes hecha un trapo. Había corrido diez kilómetros en una hora y diez minutos y se vio absolutamente abrumada por la poca gente que quedaba detrás de su esforzado trote. Apenas veía los cincuenta o sesenta nombres por detrás en las clasificaciones. Lo que terminó de sofocarme fue que comparara sus trotes recreativos con mis ritmos. Se sentía una birria deportiva mientras me subía en un estúpido pedestal de entre los runners. Todo porque muevo las piernas algo más rápido que ella.

En serio. ¿Qué mensaje estamos lanzando desde las tribunas del deporte, el odio y la vida sana? Nos estamos dejando llevar por la competitividad del resto de las parcelas. Vivimos al ritmo de piñón fijo con el que conducimos, engullimos un montado de lomo o llamamos al siempre lento camarero de la playa. Así que, como no tenemos otro modo de hacer las cosas, ¿aplicamos baremos espartanos para progresar de la única manera que conocemos? ¿Midiendo minutos y segundos? ¿Contabilizando el reto de los kilogramos perdidos en la oficina, como se podía leer en Zen la semana pasada? Y ¿qué ocurre por participar simplemente? Es más. Practicar deporte de modo pachanguero durante veinte años más que el resto de los morales ¿no sería otro modo de victoria?

Los últimos clasificados en el deporte tienen más mérito que los primeros que decidieron quedarse en casa. Los últimos han decidido erigirse en participantes. Al que le pique, que se rasque. Desde Enero de 1980 hasta el verano de 1981 llegué sistemáticamente entre los cinco últimos de todas las carreras a las que me apuntaba. Así que sé de qué hablo. Por los archivos de la federación deben estar aquellas hojas escritas a máquina. El Luis Arribas regordete aprendía a pasar lo más rápido posible el trago del deporte. En las competiciones por equipos en pista, Luisito rellenaba el expediente en los lanzamientos de peso y disco de aquel césped del estadio Vallehermoso. Sustituyendo la ansiedad de vencer por esa utilidad cruel del gordito. La paciencia o la despreocupación infantil debieron hacer correr el tiempo sin más. Si no hubiera últimos, los primeros correrían solos y serían, estúpidamente, los últimos más veloces de la carrera.

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EL CORREDOR DE MUNDO

Vengo de pasar unos días de una ciudad donde los corredores fluyen. Lo hacen por su carril, por parques y por sendas y, en ocasiones, hasta corren por las aceras. ¿Dónde está lo extraordinario? Lo extraordinario es que no chocan con los usuarios de otros carriles. Sin conflictos. Visto así parece una solemne idiotez. No lo es. En esa ciudad no existen los corredores que usan los carriles bici. Esos que llamaré el running dead. No hay zombies en zapatillas que tomen caminos ilógicos para correr. Del mismo modo, no hay ciclistas que invadan las áreas de paseo.
Es una ciudad amplia. Con su laberinto medieval, donde correr es incómodo pero atractivo. El turista corretea tanto por las riberas de sus ríos como por las escalinatas que conducen a las callejas de las colinas. Pero básicamente es una ciudad con mucho espacio renovado. Igual que ocurre con los cauces reconvertidos de Madrid y Valencia. Los mismos parques y avenidas que Barcelona o Bilbao. Y atascos de mil demonios, claro. No es una aldea.

¿Se portan mejor sus corredores? Sí. Sorprende, pero hay coexistencia. Quien usa la bicicleta se adapta a los carriles. Los conductores tienen paciencia y no invaden. El acceso inmediato y ágil queda para el patinete o bici. Los peatones cuentan con la tranquilidad de saberse a salvo. Así que el quinto jinete, el corredor, no es más que un peatón al que no le cuesta esquivar a los lentos, y siempre por su espacio. Me lo confirma Etienne, que espera al semáforo en verde, y a quien asalto, como sociólogo foráneo del correr.
Cierto que, por las prisas, somos una peste. Solo hay que ver cómo nos comportamos como ciclistas, peatones y runners. Pero me resisto a pensar que todo se reduce a nuestra natural e irreverente actitud de hacer lo que nos sale de las pelotas. Y mira que me tentáis. Tenemos que descartar que los habitantes de esa ciudad sean mejores que nosotros. ¿Qué queda? Echarle la culpa al empedrado.

Podemos decir que los diseñadores han tenido mejor mano. No han provocado que uno corra sorteando familias con niños o con bikers embalados. Me sentaba en el río y observaba la fluidez de paseos separados. Claridad para los que pedalean rápido. Separación para tranquilidad del peatón. Sin running dead que valga. Sin corredores haciendo zigzag por césped o escalinatas que aparecen de la nada. Había defensores de la improvisación y del laissez faire por la calle, pero no se abalanzaban sobre los cerebros de los peatones ni los muslazos de los ciclistas. Toca copiar e ir más a Lyon.

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SECRETOS SOBRE PULSO Y RITMOS

Nos acercamos al espíritu navideño y las carreras con gorros de Papá Noel. Por lo tanto llega el momento de aparcar la regañina de corredor viejo de pata de conejo. Quiero compartir hoy con vosotros una de las teorías centrales del runner de mundo: existen tres velocidades. Cualquier intento de complicarlo es una conspiración de las empresas de tecnología del deporte. Pero ellas no te van a dar las claves. Para eso estoy yo, vuestro áspero servicio de información pública. Va.

“Correr y charlar”. Ese ritmo te permite mantener una charla continuada. Corresponde con el ritmo que llevarías en un trote suave. Permite que argumentes a favor o en contra de tus compañeros de trote. Tu capacidad cardíaca y pulmonar te permiten alegrías y podrías incluso contar chascarrillos o debatir sobre los colores verde chillón del pelotón corredor. La recomiendan gurús, médicos y el Pronto. Si corres solo, parecerás un idiota que habla alto o alguien superconectado a la telefonía inteligente. Pero podrás hablar. Como he asumido que toca regañar menos y compartir sabiduría con vosotros, vayamos un paso adelante.

“Correr y responder con monosílabos”. Es, exactamente, tu velocidad media. Cercana a la que deberías llevar en una carrera con dorsal. Para un experto corredor, el ritmo de su medio maratón. A efectos prácticos, en este ritmo has de sacrificar las ganas de rebatir a tus compañeros y apenas contestas con jadeo entrecortado. El sí o el no o el coño ya. Fisiológicamente es más intenso, menos saludable pero también te permite ahondar en esos pensamientos colaterales que surgen del debate. Del que llevan los otros, evidentemente. ¿Existe una tercera velocidad, entonces? Existe, en efecto.

“Correr y jadear”. La más difícil de sostener. En el momento en que solamente puedes intervenir de pensamiento en el cada vez más interesante debate, has alcanzado el ritmo de tope de tus posibilidades. Apurando mucho, querrás lanzar un monosílabo pero se parecerá al ladrido de la mascota de tu anciana vecina. Has de aparcar tus opiniones si quieres seguir el hilo. Tu cómplice silencio a cambio de permanecer en el grupo sin descolgarte. Los hay que no pueden mantener la boca cerrada. Imaginadme en esa situación. Imagínate seleccionando grupos por conversación. Imagina una caída accidental en el ritmo equivocado y mil cosas por decir. Ni un Papá Noel como yo tendría el remedio adecuado.

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RUNNING, PERO, EN ESPAÑOL

¿Has sobrevivido a la primera ronda navideña? Pues haz hueco. Lo mejor está por llegar. Que sí. Que corres y te ves entre los pocos seres humanos capaces de alternar las digestiones de la anaconda con los adelgazamientos. Tu metabolismo, o eso crees, dice que puede con Navidad, los diez kilómetros de la San Silvestre, la cena y sus copas, el trote del día de Año Nuevo, y sus definitivos roscón y chocolate el día seis.
Pon a tu metabolismo runner contra lo que tendrás que pelear: La crema de orujo de la cesta o del mueble-bar de tu suegro, anticongelante que roza lo sobrenatural. La chistorra que te cuelan como entrante previo a la crema de marisco, los langostinos con mayonesa y el cordero. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, sanea mis arterias porque vienen zumbando mantecados, mazapán, polvorones y turrón en todas sus etnias. Cada uno de ellos podría ser tu alimento de una semana. Es más. Podrían acompañarte en tu debut en las carreras de montaña.
Pero esto es Iberia. Tierra que acepta por igual a los hijos con buenos principios y a los nutricionistas. O sea, mal. Hay una especie de coraza teórica al que, o llegas como conclusión desesperada o como principio rector. Ese “comeré de todo porque lo quemaré tarde o temprano”. Nadie ha dicho que el español sea un pueblo con medida de las cosas. Estrabón dejó dicho que somos de ir por libre, “nunca de grandes empresas, porque se niegan a formar una gran potencia ni a confederarse”. El geógrafo griego no nos vio unidos en comer tortilla española hasta explotar o multiplicar por cinco la comida necesaria en una barbacoa.

¿Piensas que estás atrapado entre dos fuegos? Sí. Lo estás. Quemas calorías como un bárbaro y le das a la zapatilla como pocos. Sois el núcleo más resistente de corredoras del gimnasio. Acumulas kilómetros en tu app de móvil igual que amontonas ropa en un cajón de la cómoda. Pero eres español. Runner, pero español. En tu cena de nochevieja habrá cinco platos. Conoces qué significan cachopo, atascaburras y arroz caldero. Pedirás blanco con el marisco y tinto con la carne. Y cava o champán con los postres. En plural. Y comerás uvas y beberás más champán. Tu cuerpo de corredor te hará ir alegre y con el piloto automático hasta las tres de la mañana.

El tiempo me ha enseñado que ninguno de los extremos será el correcto. Ni ‘poder con todo’, ni enrocarte desde el talibanismo deportivo. Las fiestas navideñas españolas, kilo arriba kilo abajo, son algo contra lo que no puedes estamparte. O las tomas a pitorreo o te dejas llevar. Hay más de trescientos cuarenta días al año en las que puedes reorganizar los nutrientes, contar calorías y pesarte hasta tres veces al día.

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