Os brindo la recopilación de todo el mes de enero. Son las columnas de El Mundo Zen.

Carta a los Reyes Magos.

Estimadas Majestades, disculpen a este incrédulo republicano (de la república de su casa) por patalear el protocolo. Pero tengo que soltarlo. Salgan del discreto retiro y díganlo a voz en grito y pelo en pecho. Arreglen esto al trote. Ustedes llevaban veinte años de ventaja a todos los demás reyes magos del mundo. Qué veinte. Treinta. Sus majestades ya eran seres corredores antes que Cameron o Paco Roncero fueran runners.

Pensarán los cuatro despistados que llegan a esta última columna que he caído en un proceso febril. Que la deshidratación me ha machacado después de beber poco y mal y con aditivos raros. Pero, de lo que pocos lectores de ZEN son conscientes, es que hablo a las majestades mágicas de este planeta corredor. Son su Majestad número uno y su Majestad número cero en la era de los nacidos después de Franco. Y eran portada del número inicial de una revista en 1982. La publicación atronaba a vida nueva. La dirigía Bernardino Lombao; un bien posicionado preparador físico de presidentes del gobierno. Trotaban, no es coña, en chándal por los bosques del recinto más seguro de Madrid. Si a estas alturas el lector sigue pensando que estoy de pitorreo, coja aire.

No vengo a pedirles. Tengo de todo. Vengo a que aireen aquel chándal. Nos hemos enredado y no hay actitud. Ya ven, una carta austera. Pocos españoles recuerdan que el número uno de la revista Jogging sacaba a un padre y un hijo corriendo por las carreteras sombreadas de la Zarzuela. Hay que decir que los textos de los cajetines adyacentes eran extremadamente amables. Yo hubiera sido despedido tras insertar interjecciones mucho más reales en boca del padre. “Vamos, coño, Felipe. No racanees que te vas a tener que duchar igual”. Y probablemente habría sido detenido por dibujar bocadillos al pequeño Felipe en plan “Me duelen los pies, las piernas y hasta la cacha del culo, es la última vez que me dejo liar para correr con mi padre”. ¿Demasiado familiar, no?, me lanzan desde redacción. No. Con uno de ellos he compartido hasta evacuación de la facultad por un aviso de atentado. Él sabe.

Den ejemplo. Actitud corredora. Si por aquellas casualidades alguien les puede acercar un ZEN a los reyes número cero y uno de nuestra era, hágalo. Ellos son de los pocos que pueden solventar este erial ético. A golpe de gesto zapatillero. Aquí en la calle se habla de ingobernabilidad. No estoy seguro si, lo que falta, es runneabilidad. Firmado, un indio ‘tendones viejos’.

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GUARROS

Unos cientos de metros después de aparcar, se toma la senda. Pasas de una embarrada pasarela, pegada a una acequia, a una traza casi imperceptible. Cuando las ramas de chopos y álamos se comen la anchura del caminito, lo vi. Ahí estaba el recipiente del gel deportivo. Reciente. El del puñetero guarro del deporte. De nuevo.

Descarté automáticamente varios grupos de excursionistas. Una familia habría arrojado papel aluminio de los bocadillos o una bolsa de plástico de los gusanitos de turno. Una pareja habría tirado el kleenex o el preservativo con los restos de su revolcón. ¿Qué me quedaba? Solamente un corredor o un ciclista de montaña podía ser el usuario habitual de ese tipo de recipiente. Por la anchura del sendero, casi perdido y sin roderas, la vergüenza propia del gremio. No había sitio para trazar con una bicicleta de ruedas gordas. Salvo un error de estimación, y no suelo equivocarme mucho, aquello venía de otro corredor, un marrano que había decidido soltar el lastre de su actividad. Y lo había hecho donde más escuece: en mitad de un pequeño paraíso.

¿Sabéis la de literatura que hay por la red sobre el amor del runner a la naturaleza? No podéis haceros una idea de las conversaciones sobre el corredor de montaña que huyó del asfalto. De la visión de mesías salvador del planeta que no quería tener nada que ver con los capitalistas enemigos de la burbuja del correr. Del que sale por senderos para no verse empaquetado en las carreras de diez kilómetros organizadas por bancos y piratas.

Y desde hace años intento explicar que no somos esos salvadores del mundo. No quedan. Los que corremos somos, por mucho que te joda, tus conciudadanos. Para trotar no es necesario un talento especial. Sí un poco más de paciencia y humildad. Pero corre quien te pita en el semáforo, te roba en la facturación o tu amable vecino del bajo. En esencia somos un país que todavía no ha salido totalmente del subdesarrollo ecológico. Y seguimos tirando un envase de veinte gramos, vacío, porque lo vemos hacer a los ciclistas. O al descuido. Un envase que, lleno, pesa ciento ochenta. Pero lo transportamos porque es fundamental para la hidratación o alimentación a lo largo de nuestro entrenamiento. Y hasta ahí llegan las miras del guarro. A su entrenamiento. El del guarro que ha descubierto la belleza del correr por el delicado paisaje.

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TROPEZAR EN LA MISMA PIEDRA

La tercera oleada de desportillados y contusos del mundo del correr crece como la masa madre. Es un contingente de carne fresca. Nuevos corredores que acuden a las miríadas de consultorios y expertos. “Me he cascado la rodilla”. “El tendón de Aquiles me llora por las mañanas”. “En caliente no, pero cuando dejo de correr cojeo”. Acudís al facebook de algún fisiotearapeuta o al canal de whatsapp de ese osteópata. Viejos problemas encuadrados en nuevos modelos de información.

Me preguntaba si vale de algo la experiencia de las dos remesas anteriores. Desgaste de cabezas de fémur y cartílagos en aquellos salvajes años ochenta. Barbas apestando a tabaco negro. Obreros industriales escapando del estrés o de los vicios en los maratones de la época. Se corría a lo burro. Hoy vintage pero, antaño, camisetas de batalla, de tirante. La primera remesa de lesionados se graduó en sobreentrenamiento, una casi absoluta falta de estiramientos y los riesgos evidentes de ser los pioneros, los conejillos de indias del deporte en el que no circulaba información. Sólo sabiduría tosca, de taller.

Diez años después aparecieron las revistas especializadas. Y más y mejores entrenadores. Y del frente volvió un segundo ejército de doloridos. ¿Alguna diferencia? Ya no se llevaba barba ni bigote setentero. Absolutamente todo lo demás era un calco: kilómetros extra, falta de descanso y esa guerra de guerrilla entre deporte y trabajo sedentario. Ante los mismos síntomas de fatiga y dolor de 1986, los lesionados de 2001 incidían en los mismos errores. Si cabe tenían más delito porque ya existía un contingente de escarmentados. Había más información que nadie leía. Si se leía, no se ponía en práctica.

Tercera oleada. Llegó internet y llegásteis más. Miles. Más que nunca, todo estaba ya escrito. Toda la sabiduría de 2016, el calentamiento necesario, el descanso, el fortalecimiento. Masajes, osteopatía, alimentación, teníais todo a mano. Y ya habéis empezado a hacer crac. Lo de siempre: forzar. Llegar al entrenamiento “que toca”. Superar el reto de ese minuto.

No son los mejores veteranos de todas estas guerras pero tienen las claves. Llamo a la legión de viejos corredores. Piernas de liebre y tendones machacados. Pero con un remordimiento: saben qué fue mal. Tan valorado ahora, sois el capital humano que puede ayudar a que esta gente joven no se dé el mismo hostión. Los mismos errores. ¿Dónde estáis, rotísimos míos?

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EL RETO

No tenemos memoria histórica. Nos apañamos con un tablón de corcho, un muro donde claveteamos nuestros logros deportivos. ‘Doble finisher en’. ‘Top 50 de’. ‘Sub H-horas’. ‘Mi enésimo medio maratón’. Quitamos las chinchetas viejas y ponemos encima lo último en nuestro meritar. Seré sincero. Creo que hemos perdido el norte de qué estábamos practicando y qué poco nos movíamos hace tres o cinco años. Ese segmento de la memoria la hemos mandado al cuarto trastero, con la ropa noventera y un par de teclados viejos de ordenador que ya no van. Dicen que borramos las penurias que pasamos en los comienzos. Pero el comienzo nos recuerda el punto cero.

Verán. Mañana cumplo con una de esas cifras simbólicas del correr. Eso a lo que los británicos llaman milestones, que es equipararlo a los miliarios romanos que empezaron a marcar nuestros caminos. Bueno pues en correr. Cien maratones o más. Digamos que un día me puse a contar, como muchos hacen, las veces que había podido completar el mítico maratón. Completarlo o sumar más distancia de una tacada. Sea por campo, playa o carretera, sean 42.195 metros exactos o noventa mal contados. Total, que mañana Lunes saldré por la tarde con una mochila a la espalda y haré mi viaje número cien yendo más allá del famoso maratón. ¿Y qué?

Y nada. Otorgamos a estas hazañas particulares un lugar preeminente. Pero no hay más secreto para llegar a cien que pasar por un comienzo y una reiteración que convierte todo en hábito. Hay gente que sube a diario a cortar leña, a la calle a dirigir el tráfico o baja a la mina. Cada uno es, en lo suyo, exigente consigo, un trabajador fantástico y eficaz o un amante apasionado. O puede ser un manta, despistado o un necio irresponsable. En cualquier caso es la práctica la que da solidez a algo que comienza siendo un mundo. Después se convierte en algo más y más fácil. Los libros hablan de las cien mil horas de vuelo, de la experiencia, del fluir con todo bajo control.

En suma, haced kilómetros por evasión, salud, por ganar a esa compañera de clase o por una promesa. Sean cien o sean siete, haced ejercicio por la razón más estúpida, por lo que os dé la gana, pero no lo hagáis con la intención de trascender. No vendáis el alma al muro de vuestros logros. Ya sabéis lo mal que terminó el bueno de Fausto por andar en tratos con Mefistófeles. “Todo lo caduco no es sino parábola…”

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OTROS MUCHOS MARATONES ESCONDIDOS

Hace unas semanas escribía sobre media docena de fabulosos maratones. Eran los destinos a los que podías dirigir tus próximas vacaciones y hacerlas coincidir con un Londres, Berlín o Tokio. Pues bien. Ahora que el director de Zen no nos lee (es un devorador de maratones clásicos), enumero las pruebas que sí debían haber figurado. Sin la dependencia de un sorteo o de una agencia de viajes.
El otro día tenía que haber escrito sobre el muy campestre maratón de Monschau. Ubérrimo sarao germano. A Frau Merkel no le tiembla el pulso en mandar agua en pleno agosto. Se corre por una zona de bosques, a escasa distancia de las fronteras alemana, belga y holandesa. No necesita glamour. Tiene carreteras vecinales y aldeas alemanas llenas de colorido. Debí haber mencionado el festival alpino de Davos. Sí, el de los ricachones. Paisajes de postal y un par de grandes pasos de montaña donde suenan cencerros y pastan vacas de anuncio. En Davos son tan suizos que asustan: con tu dorsal recibes un billete de tren ida y vuelta desde tu lugar de entrada a Suiza, aeropuerto o estación. Coches fuera. Quién va a perderse eso. Compáralo con la casuística del puente de Verrazzano. Bah, que vayan las ovejas churras.

Hay más. A patadas. Están los avituallamientos con vino y viandas a tutiplén de esa joya del picnic que montan en los Chateaux de Medoc, cerca de Burdeos. Tienes un maratonazo de aspecto de gymkana en Stevenage, a escasos kilómetros de uno de los aeropuertos de Londres. Si crees que lo has visto todo, en la Fairlands Valley Challenge te dan un folio con instrucciones, un recorrido secreto y te mandan a ciegas a cruzar pintorescas campiñas, saltar vallas o transitar por cementerios. Cada año, un recorrido sorpresa y barbacoa con el inconfundible estilo de los clubes locales.

Hay mucho más. Está escondido por los calendarios regionales de media Europa, de los estados más remotos de Estados Unidos. Incluso en casa. Gente que ha decidido adecentar y enseñar al mundo su jardín corredor. Pequeñas organizaciones que taladran los dorsales en un pincho al llegar a meta, lo meten en una caja al lado de las cervezas y no se preocupan en digitalizar los resultados en dos días. Bosques, sendas y barriadas sin la menor intención de llegar al olimpo del running. Si eres de los que aprecian el secreto, acércate. No digas que he sido yo el que se fue de la lengua.

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