Gracias a Antonio, un lisboeta serio y socarrón como pocos, pude comer un cerdo a la alenteixana en un mínimo segundo piso de Luxemburgo. A aquello lo denominaban restaurante y mi sexto sentido me dijo que no lo discutiese. Meses antes, en un destartalado coche que conducía un tunecino muy marchoso, viajamos hasta las fiestas de Lieja para terminar medio desayunando en la ciudad brabancona de ‘s Hertogenbosch. Toda esa conjunción de personas dispares se produjo porque una ciudad nos acogió como refugiados. Más aún. Un viejo continente, que malvive como una prenda llena de dobleces y rotos, dejó que nos colásemos por todas las rotas costuras.

Tengo el deber de pasar ese recado a mi próxima generación. La riqueza que seamos capaces de ofrecer y vender a una sociedad hará que ésta no pregunte. La permeabilidad entendida como el mejor escenario después de cientos de años de guerras. Aire que corre por las puntadas, agua que se va entre los dedos. Y por ese agua circulamos los pececillos de nuestra generación.

No es un mar inmenso. Europa es algo parecido a un mínimo patio trasero al que miran todas las ventanas. En unas da siempre la sombra pero, a la mayoría, llegan a diario los ratos del sol y los vecinos salen constantemente a interrumpirse, a interpelar al otro, a odiarse. El sol -a falta de otra hipótesis válida- los aglutina. Para unos es la excusa, el escenario de la crítica, el sol que a unos da demasiado y obliga a poner cortinas y a otros, de refilón, el sol como aspiración de bienestar, algo a lo que no oponer resistencia. Pero sigue siendo un patio donde todos cojean del mismo pie. El de Hull y el de Bergamo. El de Évora y el de Plzen.

Like The Wind Mag, issue #8 (2016)

Sin esa percepción, corremos el riesgo de sobrevalorar este esquinazo al que lamaron un día viejo continente. Y perder los años acomplejados. Pensando en que nuestra situación sí que es grave. Y acabar acogotados por categorías que dejaron los botánicos en un libro abierto sobre alguna gran mesa y que, después, algunos políticos copiaron para clasificarnos como si fuéramos begonias o sicomoros.

Sin ir más lejos, esta semana vivo con la felicidad de ver unas líneas mías en una revista británica. En ellas hablo de Barcelona y de su maratón, de los presidentes y procesos parlamentarios y de los periódicos. ¿He tenido que salirme de Cataluña para hablar desde la distancia del Reino Unido? ¿Aprovecho la distancia para tomar una perspectiva?

¿Distancia? Estamos locos. De Londres al aeropuerto del Prat hay dos costuras mal cerradas. Eso no es distancia. Pregunta a un argentino qué son las distancias. O a un mongol. Con toda la intención del mundo, describo mucho más que cuestiones políticas de la ciudad en que nací, o las perspectivas de costarricenses o argentinos frente a una confrontación con un conflicto social. Hablo de ese patio lleno de vecinos absolutamente hartos de pelearse por quién recibe más sol. Y de gente que pica a nuestra puerta pidiendo sal y se encuentra un corral alborotado por quién tendrá la ropa más oreada.

Así lo expresé en versión original ibérica en el diario Expansión pero se entendió a medias. Comprendí que una parte del patio no aceptaría nada que viniese timbrado como españolazo. Y crucé la corrala para ver cómo se interpretaba aquella pelea de vecinos amargados desde otras balconadas. Las británicas.

Es incorrecto pretender que ha sido la lejanía de Barcelona la que ha facilitado entender el problema catalán. Hablando de ello con un amigo holandés concluíamos lo siguiente: en la redacción de Like the Wind han entendido que alguien les proponía un problema cercano. Tanto, que lo han situado al lado de otros temas de patio de vecinos, aparentemente dispares. Correr alrededor del Mont Blanc, los cross country británicos o si una corredora suiza vive enamorada de las sendas de cualquier país que pisa.

Dicho todo esto a uno le queda vivir eternamente empeñado en pasar a los hijos una doble idea: (a) Europa es canija. (b) En Europa nadie es más que nadie. Sí que somos peor encarados unos que otros. También tenemos los despreocupados. Los estrictos y los que no se enteran, pero siendo todos un patrón homogéneo. Tanto, que asustamos.

Para tener una visión de esto hay que salirse unas horas de avión. Desde fuera nos podemos ver; estamos arrinconados. Peleando por mantener las lindes del huerto con el compás y el mapa en la mano, mientras un movimiento brusco hace que atravesemos esas lindes sin querer. Nada lejano hay en un viaje iniciático a las costas de Galway. Nada exclusivo en desembarcar en Gatwick o en reservar una casa en Taormina. El patio es el patio.

Podríamos ponernos imposibles, tercos, e insistir en que ese continente contiene mil subcategorías, mil entidades y mil acercamientos etnográficos. Cuando lo más que variará todo será el arco que describa el sol sobre los cuatro tejados que cierran ese avejentado patio.

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