Os dejo la versión online de mis dos primeras columnas de Febrero en ElMundoZen.

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(07/feb)

Anteayer. Él escogió la estabilidad. Era jugársela entre comenzar con los flirteos o arrastrar a su mujer al deporte. Ella escogió el sacrificio. Era perderlo a él o competir con esas chicas del gimnasio y del grupo de corredores. Otra no ha tenido que escoger sino que es intentarlo o perderá otro tren del amor. Un tercero piensa, igual que ella, que a los dos les vendrá bien compenetrarse en el correr. Que esta compenetración llevará a otras muchas. Así que desde ese preciso instante se los vio corriendo juntos por el parque. En mínimos escuadrones de a dos.

Lo de correr juntos es un decir. Todos los habéis visto. El, brutal y afilado especialista de las carreras. O bicicletero de montaña rey del enduro. Ella, ellas, muchas veces unos metros por detrás. O montadas en versiones femeninas de bicicletas, tres mil euros más baratas que las de su chico. Artificialmente juntos.

Fue anteayer. A la caída de la noche los volví a ver corriendo por las sendas del arroyo. Él trotaba. Miraba hacia detrás. Esperaba. Ni siquiera llevaban una conversación. Otras veces he podido ver parejas que corren equipados con sendos auriculares. Quizá uno de ellos tiene miedo de confesar que, a pesar de este último intento conciliador, él sigue prendado de esa otra grácil corredora del grupo del domingo. Y el otro no quiere ralentizar el ya escaso trote con alguna conversación. No quiere molestar, piensa. “Qué dirá si todavía aflojo más porque me ponga a preguntarle”.
Anteayer, el correoso y duro corredor, el biker de la barba de tres días, apenas sudaba en sus mallas piratas, no había barro en esas zapatillas que han subido y bajado barrancos. Ella, la compañera a la que antecede, corría con una ropa deportiva más ocasional. Sudaba como un pollo. Jadeaba seria y concentrada. Él, suele ser casi siempre él, esperaba al coronar la cuesta. Volvía a mirar el cronómetro.

Uno quiere pensar que existe una resistencia. Aunque yazca en las sábanas de un domingo por la mañana. ¿Por qué correr yo también? A mi chica le encanta pero yo no paso del pádel semanal ¿Por qué correr con él si la realidad dicta que esto ya no es correr, sino un trote cochinero que le carga las piernas? Ellos y ellas buscan en el deporte ese vínculo definitivo, el penúltimo tren.

No culpo a nadie. Si tuviera, me decantaría contra ese fatal empeño en compartir todo en la pareja. Pero sólo cuento lo que vi anteayer.

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(14/feb)

Durante unos años tomé parte en un maravilloso ejemplo del running más social. Aviso que tiro aquí de anglicismo porque los ingleses siempre lo han llamado así. En efecto, se desarrollaba semanalmente en las calles y paseo marítimo de Harwich, Essex. Todo el mundo corría al mismo ritmo esa tarde, por extraño que parezca. Posteriormente se tomaría un té o un zumo de naranja en el mostrador del polideportivo del club de rugby, en el 3 de Wick Lane. A veinticinco peniques el vaso. Y así hasta cerrar la cháchara con un ‘Night, cherries’ de alguno de los voluntarios del club, esa tarde atendiendo su turno de cantina.

Era un rito de club. Obligatorio. Un martes al mes. No importaba que los ritmos bajasen hasta el pozo del trotecillo de Ron y Daphne, porque los más rápidos iban a corretear a nuestro lado charlando. El matrimonio optaba, al menos por un día y durante muchas semanas, a diferentes bromas y chascarrillos que no fueran el mero sonido de sus agitadas respiraciones. Ambos asmáticos, tenían como gala haber terminado un maratón de Londres en algo menos de seis horas. Ese martes mandaban.

Ahora todo es ‘running’. En Reino Unido, en Móstoles, Arcos de la Frontera y en Granollers. Pero los tiempos han cambiado. Para mi enfado, la expansión del hecho mundial del trote ha producido variaciones locales del pelaje más obtuso. Los mismos Harwich Runners han adaptado las tardes de los martes para que los novatos empiecen su propia rutina una hora antes. Pero no van por ahí los tiros. En mi entorno cercano, la versión española ha sido adaptada como un envoltorio lleno de costurones. Por esos agujeros se le va el aire, la esencia de correr.

No sé de algún día de trote social en algún grupo de corredores españoles. Lo siento. ¿Lo conoces tú? Dales la enhorabuena. Hazlo público. Los grupos que he frecuentado, y te aseguro que no soy yo el problema, operan de otro modo. No hablo de un incauto que asoma por primera vez a un grupo, sin saber si es suficientemente rápido para aguantar la sesión. Me refiero a un grupo de entrenamiento establecido para acomodarse a los más lentos.

Espera. Al paso de tus ojos sobre la línea anterior, el diablillo que hay sobre tu hombro acaba de leer “una tarde de entrenamientos tirada a la basura”. Dale un toque, hombre. Si eres de los que ha pensado “por fin, alguien que vela por los más lentos”, te vaticino días difíciles.

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