Hemos corrido por tres razones a lo largo de la historia. Reduciéndolo mucho todo a los sentimientos de las tripas, de los de verdad, creo que teníamos todo inventado y ahora nos ha dad por tirarlo abajo. Es así. Es nuestro destino fatal, inconfesable.

Corrimos por pavor. Por escapar de las especies depredadoras. Por salir a cazar con los nervios en el estómago. Por huir al primer zarpazo y de la primera dentellada. Se corrió con la base del miedo en cada guerra, en cada invasión, ganáramos o perdiéramos. Correr, para llevar o traer horrorosas noticias, para gritar en casa que están quemando la aldea, para huir monte arriba a los primeros disparos. No se suele tomar en cuenta lo mucho que se metió en el cerebro el miedo para poder generar la adrenalina suficiente. Al ver que no comprendíamos, echábamos a correr. O corríamos hacia la solución a nuestros miedos, hacia el profeta, hacia el experto gurú.

Una alternativa. Si no por miedo, se corrió por hambre. Para salir del hambre a través del deporte. Para trabajar, corriendo, a pie, como correo, soldado, siervo. Cada contrato que nos tomaba por corredor surgía de la necesidad de alimentarnos. Aceptar una propuesta porque el hambre aprieta. Matar por hambre pero bajo la tutela de un señor. Llevarle pescado fresco al rey cruzando las montañas del Perú. Comer un trozo de pan seco mientras la competición de la vida continuaba. Convertirse en corredor profesional en 1906 por unos chelines. Aceptar estricnina y brandy para matar la combinación de cansancio y hambre en el deporte de la época en que reinaba el hambre. Pisos donde se hacinan atletas que cruzan a Europa para escapar del hambre.

Esperaba que nos hubiéramos dado cuenta. Correr está grapado al hueso. Al nervio.

Entre el miedo y el hambre se cimentaron unos pilares sobre los cuales correr era una defensa, una reacción vital. Correr es de cobardes, dicen todavía. Así las cosas, nadie suponía que en los años 70 se comenzaría a correr por placer. Millones se lanzarían a correr sin más motivación telúrica que la de hacerlo. Para que el almuerzo entrase mejor y que su síntesis se reordenase. Por el mero hecho de sudar con un amigo. Por sentir el aire. Por reinterpretar, si me permiten estirar la analogía, el martirologio de los dolores de las articulaciones y convertirlos en un peaje sano de cara a un envejecimiento idílico. Correr era placentero, tanto como el orgasmo, tan buscado cuando no había tiempo como el escarceo amoroso en una pradera.

Se corría porque sí. Algunos corredores, miles, claro, aún tenían hambre y miedo en sus ojos. Pero éramos millones más.

En esa plácida laguna de correr, qué demonios, por que nos diese el sol en la cara, se estaba tan bien que nadie vio venir la hecatombe. Del cuarto escondido con los lienzos del aprendiz, de la caja con los secretos del adolescente, de las conversaciones escondidas entre las amigas, del garaje donde el abuelo pasaba sus horas privadas, de correr para sentir ese rato personal e introspectivo. De todos esos ‘ahí’ nos sacó el correr para ser contado. Visto.

Correr para escribirlo. Para tener lista la foto. Correr por la obligación de seguir un plan de entrenamiento establecido. Correr por un reto, una marca, una consecución. Que ya no son placenteros o privados. Dije en una de esas columnas sepultadas en un bocadillo de pastas amarillas (con limón) que correr duele. Correr cansa. Mucho. ¿Quién nos manda salir del placer de echar un trote? ¿En qué momento se nos metió en la cabeza la idea de que ‘tocaba’ correr aun cuando el cuerpo no tuviese la menor intención? ¿Correr para que se nos vea que lo hacemos?

Me pregunto si pasar del placer a esa siguiente esfera no nos llevó a correr por dolor. Temo, al menos, que se confirme una cosa: estamos volviendo a correr por miedo.

Un nuevo miedo pero idéntico, en su base, al de la fase inicial. A que nos da miedo pasar desapercibidos en la era de la hiperconectividad. De escribir palabras inventadas como hiperconectividad con el miedo de ser descubiertos como pedantes adoradores del neologismo. El miedo a no ser de los del perfil de facebook, de la posición ideal del sol para la foto de instagram. Se corre porque, si no lo hacemos, nos quedamos atrás en el plan de entrenamiento que nos dicta el smartphone. Temor a descolgarnos del culo que nos precede. Temor a que la zapatilla pierda la amortiguación. Miedo a que las tallas sigan encogiendo y que tengamos que añadir otra tortura más al ejercicio.

¿Zen? Olvídenlo. Una ola de temblores tras otra. Ondas magnéticas invisibles ante las que nos caemos como enanos de pies de fango que somos.

Corremos, ahora ya sin remisión, cuesta abajo contra el abismo de haber perdido el norte. Gritamos contra el aire al idiota que caza Pokémons y, éste, placentero en su esclavitud paralela, nos mira y sonrie mientras piensa que ahí va otro que vendió su libertad, corriendo.

Usted pensará que no. ¿En serio ha parado a pensar si se siente usted fuera de esos ejemplos contemporáneos?

Sí, ya que asegura que corre por pasión. Por lo mucho que le llena. Por haber encontrado la verdad. Bien. Pero elija bando rápido. Yo le recomiendo (al fin y al cabo ha accedido a leerme) que elija placer. Pero hágalo para usted mismo, para dentro, porque dos demonios, el miedo y el hambre, y un sacerdote digital, la egolatría, esperan su turno para hacer lonchas de su carrera.

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