En agosto han ocurrido cosas terribles. Pregunten en Hiroshima. Otras han sido menos espantosas. En dos horas escribí Celetná, mientras los mismos personajes discurrían por las mismas calles de Praga. En realidad eran personajes secundarios trasladados a una Praga anterior, en la que se fusilaba a la figura de Kafka según los códigos ficticios de Borges. Presumiblemente, los alemanes no fusilaron mucha gente en agosto de 1939 pero, 70 años después, yo rondaba por esa ciudad y escribía cuentos sin parar, peleando contra el tiempo muerto de las vacaciones.

Agosto significa Juegos Olímpicos, torneos preparatorios de fútbol, kilometradas previas a las grandes carreras de septiembre, no lo olvido. Llevamos dos días de Río’2016. Ya. Y también siete del fallecimiento definitivo de la ciudad. Porque es el marco combinatorio en el que se sitúa el día quince, esa cumbre en las fiestas de los pueblos italianos y españoles. Al menos mientras duren España e Italia según las conocemos: tórridas, desquiciadas y con todo cerrado. Cé chiudo per ferie.

Y miren que la costumbre de la muerte cerebral en agosto siempre me ha puesto de mala leche. El mes del ferragosto y del “cerrado por vacaciones” hace sucumbir la civilización desde tiempos inmemoriales. Los menos exigentes echan cuentas, el cierre, dejan los clientes, el esfuerzo ganado durante el año entero y hastas ristras completas de followers y de lectores. Yo no puedo con ello. Es como dejar secar cabezas de ajos hasta que una intervención divina restituya el orden de todo. Pero nadie viene a restituir nada.

Como consuelo, este mes tengo la fortuna de contar con más tiempo en estas cuatro semanas de invierno nuclear. Los medios que acogen nuestras columnas tienen que tomar carrerilla y nosotros aprovechamos para teclear como posesos. Quienes escribimos leemos, visitamos la nevera y escribimos sin final. Mi agosto de 2016 está siendo un ínterim entre la salida a las librerías de Run con Limón y la nueva temporada y los nuevos artículos van viento en popa. Así que aprovecharé para contar algo en primicia y, es probable, por última vez.

Bien. La única razón por la que no empuño las armas, además de la tradicional cobardía del español de cara a los enfrentamientos armados, es porque este año encadeno veinticinco agostos enamorado. Estar loco de amor y loco de atar es perfectamente compatible, como sabrán. Durante todo este tiempo han sucedido siete Juegos y no he acudido a ninguno. En veinticinco veranos ha dado tiempo a que maduraran siete generaciones de Pokemon y se escribiesen siete libros de Harry Potter.

Veinticinco agostos, mi gran medalla de plata olímpica, han supuesto veinticinco veranos en que correr, pensar o pasar calor estudiando para septiembre pasaba a ser secundario. Todo estaba un escalón más abajo, como las bajas civiles de las guerras. Y eso que mi santa me conoció ya metido en maratones y en la facultad -una de ellas. Tampoco, o casi, dejé la universidad, para tranquilidad del sistema educativo español. Durante un cuarto de siglo el siete de agosto asoma entre las calles ya vacías y el sol cayendo en vertical por las aceras desiertas de medio país. Años feliz tras año feliz llega el anochecer y el romántico enamorado propone salir de nuevo a retozar al parque en el que todo empezó.

No hay secreto sobre la longevidad amorosa ni lo voy a desvelar aquí, en caso que lo hubiera. Está todo escrito y relatado. Son quintales de libros escritos por los más expertos. Las peores frases están recopiladas en internet. A mucho de ese material se le ha adosado un colorista papel pintado de fondo. No tiene desperdicio, échenle un ojo. Pero la chispa que enciende cada día esa longevidad es una libélula revoltosa que no se deja atrapar. El órgano encargado de bombear sangre para impulsar la caza de esa chispa tiene temporadas de flojera. Los veranos, dicen, son malas épocas para el corazón.

“Por dejar al corazón que cierre por vacaciones”, ha dejado escrito el cerebro en una nota adherida a la nevera.

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