En capítulos anteriores ocurrió poco. Pasó que tuvimos el encontronazo de una conversación que parecía sacada de una de serie de televisión, tres mozos que se dejan llevar por los cantos de sirena de una carrera y un biberón. El biberón duró nada y menos y se suprimió del script.

Quedamos los del canto de sirena, gente simpatiquísima que se dedica a organizar carreras en el monte, y quedamos los tres de madrí que, por si no lo saben, es un apócope de Madrid que se usa sin malicia y se presta a todo aquel que lo va a tratar con respeto. Tal que nosotros tres.

El primero de ellos es Roberto, sevillano. Más que de Sevilla, de Alcalá de Guadaíra. Como ven, de madrí de siempre. En Bilbao presumen de nacer donde les apetece y de extender sus dominios hasta Indonesia si fuera necesario. Pues parecido. En el caso de Roberto, llegó a este sumidero de energías madrileño para trabajar y para encontrarse con otro pieza que le levantaba de la cama a las cuatro de la mañana para ir a correr a la montaña. Topó conmigo sin querer. Así ha ido acumulando transvulcanias y genaros y demás carreras con las que soñaba hará un par de años. O quizá ni sabía de su existencia.

-Cuenta que un día me viniste a sacar de la cama a las…
-Lo acabo de contar- le tengo que frenar.

El segundo ha resistido y aún no hemos sido capaces de sacarle de la cama a esas horas de demente. Raúl, otro de madrí nacido en Santa Coloma de Gramenet, vino para sacarle el jugo a la ciudad. Para jugo el que está exprimiendo de sus musculadas patas. Patorras. Es el tren inferior mejor dotado para pegar patadas a los botes que conozco. Aunque se le acalambren corriendo por Londres o Nueva York, sigue con su sistema personalísimo de saltos de cabra, acelerones y camisas locas. Así entrena él nuestra cita de los Pirineos.

-El domingo vuelo a…- y nadie sabe cómo entrena o dónde lo encaja.

Dónde lo mete es un misterio, como dicen esas madres preocupadas porque acudas a correr con los mofletes bien sonrosados y pata gorda.

-Caballeros, a mí no me hagan madrugar- así está siempre.
-Tranquilo. Quedamos a la hora del café en la T1- le apostillo. Siempre anda volando. Cosas de su programación, su Maratón Man y de que no le guste madrugar, ya digo.

Un tercero es servidor. Está consiguiendo que los otros dos queden como los buenos. Solamente les aprieto, les cuento alguna batalla, intento que cale en sus cabezas la idea de que esto no son cuatro días. Que corremos porque queremos seguir haciéndolo durante treinta años más. Y los saco de casa a deshoras.

Madrí no se anda con pamplinas. Brodel.

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